Como puertorriqueño, reconozco y entiendo por qué el racismo no figura como un problema social prominente en Puerto Rico ni forma parte del discurso popular, y es que pensamos que el racismo no tiene nada que ver con nosotros por nuestra naturaleza interracial o mestiza. Sin embargo, esta es una noción que no puede estar más lejos de nuestra realidad. Hoy escribo para hacer un llamado a tu consciencia, y en repudio al asesinato de GEORGE FLOYD. Es hora de que los puertorriqueños despertemos del letargo que nos mantiene ciegos, mudos y engañados con relación al racismo que existe en nuestra cultura, y que perpetúa la injusticia, el discrimen, la desigualdad, la marginación, la opresión y la deshumanización de algunos, y que también nos oprime a todos bajo el yugo colonial del imperialismo estadounidense.
George Floyd, fue un hombre afroamericano del estado de Minnesota que perdió su vida el pasado 25 de mayo a manos de los hijos de la supremacía blanca manifiesta en la brutalidad policiaca, y el motivo de las protestas que hoy cubren las ciudades de los Estados Unidos. El detestable y lamentable asesinato de Floyd es el resultado del racismo institucionalizado que existe en los Estados Unidos desde sus comienzos como nación hace cuatrocientos años, que sirvió de fundamento a la supremacía blanca para erradicar a la población indígena americana y para esclavizar a los africanos, y que continúa vigente dentro de todas las estructuras que gobiernan y dirigen al país desde sus posiciones de poder, y que en estos días de crisis se ha manifestado con todo su esplendor en las decisiones tomadas desde la Casa Blanca.
No obstante, el asesinato de Floyd es sólo una gota más que se añade a la ya desbordada copa de la indignación por cuatrocientos años de esclavitud, colonización, asesinatos, injusticias, discrimen, desigualdad, marginación, opresión y deshumanización de todo aquel que no cumple con la viciada creación de estándares que formaron el mito de la supremacía blanca. Por ejemplo, Álamo Pastrana afirma que “históricamente los Estados Unidos ha abordado la diferencia racial puertorriqueña como una formación social no normativa que necesita disciplina colonial.”[1] Esto se refleja en cómo el Presidente actual sólo enfatiza la ley y el orden (mientras la quebranta) apelando a sus raíces de supremacía blanca y a todos sus simpatizantes (muchos de ellos evangélicos conservadores), ignorando el reclamo de las masas que están constituidas por toda clase de razas y trasfondos culturales que son la realidad de la sociedad norteamericana de hoy, y sus protestas no forman parte de la tradición “normativa patriarcal blanca” y “necesitan disciplina colonial.”[2] Por eso, el Presidente no tiene ningún problema en utilizar el poder militar para someter a sus propios ciudadanos, aunque esto sea inconstitucional, porque no le interesa atender las crisis y los reclamos que obstruyen su campaña electoral. Para colmo, atacó injustamente a manifestantes pasivos con fuerza militar y gas pimienta en los predios de la Casa Blanca para abrirse paso, y tuvo la desfachatez de sostener una Biblia en sus manos como quien hace alarde de la ya vergonzosa historia de su país, que manipuló las Escrituras viciosamente para justificar la conquista del continente americano, la colonización, la esclavitud y el mito de la supremacía blanca. Si así ha respondido el primer ejecutivo a la crisis que vive su propia nación, ¿cuál crees que es su respuesta a las crisis que vive el pueblo puertorriqueño y a sus reclamos?
Lo que está pasando en los Estados Unidos tras el asesinato de Floyd, es similar a lo que pasó en Puerto Rico en el verano del 2019, cuando nuestro gobierno se burló de nuestro sufrimiento y nuestro dolor, y el pueblo se adueñó de las calles hasta que el gobernador renunció. Este evento es la más clara y reciente demostración del racismo institucionalizado que ha sido alimentado por la supremacía blanca que domina las instituciones de poder en los Estados Unidos y en Puerto Rico. Ahora bien, en ninguna de las manifestaciones se justifica la violencia que usurpa la legitimidad y el propósito de la lucha contra la injusticia, pero es inevitable que algunos pierdan la cabeza, y que aparezcan intrusos que aprovechan cada ocasión para llevar acabo sus maquinaciones y agendas. La supremacía blanca también ha asesinado a los nuestros cada vez que nos han negado la igualdad de derechos y oportunidades que merecemos como ciudadanos estadounidenses, y nuestra gente ha muerto por la falta de urgencia para atender nuestras emergencias nacionales con la falta de movilización de recursos como pasó en el huracán María, por ejemplo. También ha asesinado a muchos la falta de recursos y sistemas que ayuden a mitigar los problemas de salud pública de los puertorriqueños en la Isla. Además de las prácticas navales de la marina de los Estados Unidos en la isla de Vieques, que contaminaron nuestro medio ambiente, asesinando y enfermando de cáncer a muchos de los nuestros. Otros han sido asesinados por la otorgación de permisos de construcción de proyectos que enriquecen a algunos, pero ponen en peligro la vida de muchos de los nuestros porque viven en zonas inhóspitas o donde no se debieron construir viviendas, y han sido víctimas de los desastres naturales o de el reclamo de la madre naturaleza.
Según Álamo Pastrana, “la relación colonial entre Puerto Rico y Estados Unidos une las ideologías nacionalistas, las poblaciones diversas y las culturas heterogéneas.”[3] Sin embargo, Álamo Pastrana también señala que los estudiosos sobre raza en la Isla insisten en que el racismo en Puerto Rico y en los Estados Unidos es distinto, con la intención de minimizar el racismo puertorriqueño y enfatizar el racismo estadounidense, distorsionando así la relación íntima que existe entre los regímenes raciales de la Isla y la Nación Norteamericana.[4] “Esta comparación desvía dos aspectos centrales de la relación entre raza e imperio en Puerto Rico; la producción de la diferencia racial y el mito de la democracia racial,” añade Álamo Pastrana.[5] Este factor es importante porque “las élites puertorriqueñas han sido las mayores promotoras de la “democracia racial” impregnando todas las relaciones raciales y la vida popular de los puertorriqueños.”[6] A finales de la primera década del siglo XX, los intelectuales puertorriqueños impulsaron la idea de un “inclusivismo racial” que contrastaba con el racismo aberrante de los estadounidenses, de lo cual José Celso Barbosa, el político negro más reverente de la Isla, escribió que “el racismo nunca había existido ni existiría en Puerto Rico,” con la intención de avergonzar a la nación más democrática del mundo, según Álamo Pastrana.[7] Esta retórica de negación a la existencia del racismo en Puerto Rico ha regulado y silenciado la heterogeneidad interna de nuestra variedad demográfica y ha reducido el entendimiento de la negrura y todo su legado cultural en los puertorriqueños.[8] Hemos vivido engañados por una falsa noción de un estatus social que ha servido de plataforma al imperialismo estadounidense para perpetuar su opresión colonial sobre la Isla. Álamo Pastrana afirma que “la producción de regímenes raciales entre Puerto Rico y Estados Unidos terminó poniendo en el centro a la blancura y la supremacía blanca en ambos contextos nacionales.”[9] Es decir, que nuestro empeño por distinguir nuestra diversidad racial para “distanciarnos del racismo norteamericano, se convirtió en nuestra propia versión de racismo y de supremacía blanca, que según Godreau, “la negrura en Puerto Rico es imaginada sólo como un factor pre-moderno compartido por algunos ‘alegres y rítmicos portadores de las tradiciones negras que todavía habitan en homogéneas y armoniosas comunidades;’ por lo tanto la negrura es limitada a cierta gente mientras que sus manifestaciones contemporáneas y heterogéneas son oscurecidas.”[10]
Este breve resumen histórico de racismo en Puerto Rico puede iluminar la razón por la cual los puertorriqueños vivimos “enajenados” de este virus racial que destruye la dignidad de muchos de nuestros compatriotas y nos hace cómplices de la injusticia, el discrimen, la desigualdad, la marginación, la opresión y la deshumanización que hemos heredado de la supremacía blanca. Por un lado, como sociedad multirracial afectada por el colonialismo y la supremacía blanca, hacemos todo lo posible por encajar dentro de los estándares de la blancura que “nos acerca a la similitud y aceptación entre los anglosajones,” queremos ser rubios, de ojos claros, pelo liso, y llevar vidas de abundancia económica que nos llevan a deudas impagables. Esto es producto de una consciencia colonizada y una identidad trastornada e influenciada por la supremacía blanca, que busca el detrimento de nuestra naturaleza racial y nos hace creer que somos menos. Por otro lado, hemos normalizado tanto el racismo que hoy se manifiesta en el argot popular de forma sarcástica, chistosa, irónica, en sobre nombres, comparaciones, críticas, etc., y generalmente se expresa sin intensiones de ofender, pero en realidad es sumamente ofensivo y peyorativo, y no importa cómo se manifieste, se llama racismo y debe ser erradicado en todas sus formas y de todos los estratos sociales, incluyendo la Iglesia (con todos sus apellidos). Vivimos en una constante contradicción que a provocado la desmoralización de nuestra sociedad. Debemos reconocer que hemos sido víctimas y a la vez perpetradores del racismo, aunque en la Isla no sea tan evidente socialmente, pero nuestra relación imperio/colonia con los Estados Unidos es evidencia suficiente.
Los que hemos tenido la oportunidad de vivir en el continente norteamericano experimentamos la gran diferencia de ser ciudadanos dentro del continente, y ciudadanos a la distancia en nuestra Isla. Vivir en el continente nos obliga a la asimilación del idioma y la cultura estadounidense, y esto nos facilita el disfrute de la igualdad de derechos y oportunidades que disfrutan los ciudadanos continentales, pero nos hace vivir prácticamente aislados de nuestras familias y amigos y toda la cultura que nos formó, lo cual es un gran sacrificio. Por otro lado, los derechos y oportunidades de los que viven en la Isla nunca son iguales porque somos considerados ciudadanos de tercera categoría, especialmente porque no estamos dispuestos a asimilar el idioma ni la cultura estadounidense, lo cual representa un obstáculo para que el gobierno de los Estados Unidos atienda al reclamo de todos los puertorriqueños que sueñan con que la Isla se convierta en el estado cincuenta y uno de la nación norteamericana. Este problema se llama racismo, y ha afectado a nuestra cultura a través de la colonización de nuestras consciencias por medio del trastorno de nuestra identidad como pueblo.
La dignidad en los seres humanos es una cualidad implícita de haber sido “creados a imagen y semejanza de Dios” (Génesis 1:27). Nuestra semejanza y adopción como hijos de Dios por medio del sacrificio de Jesucristo, nos hace responsables de reconocer y proteger esa dignidad humana por medio del mandamiento de “amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos” (Levítico 19:18; Mateo 19:19, 22:39; Marcos 12:31; Lucas 10:27; Romanos 13:9; Gálatas 5:14; Santiago 2:8). Jesucristo “…es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que Él es…” (Hebreos 1:3 NVI), y así nosotros “reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, y somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu.” (2 Corintios 3:18 NVI). Este es el propósito de la creación humana, que “todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo.” (Efesios 4:13 NVI) y así vivamos para siempre unidos al Padre. Como seguidores de Jesucristo, la Iglesia (con todos sus apellidos) tiene la responsabilidad de reconocer y proteger la dignidad humana porque ha sido creada con propósito santo, y debe continuar su obra de “anunciar buenas nuevas a los pobres, proclamar libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos, y pregonar el año del favor del Señor (Isaías 61:1-2; Lucas 4:18-19). Cuando la Iglesia no atiende los problemas de injusticia, discrimen, desigualdad, marginación, opresión y deshumanización, peca por omisión, especialmente cuando se aferra a su tradición eclesiástica y pierde el discernimiento del Espíritu para continuar las obras de Jesucristo (Mateo 5:20; 23:23). A mi amada comunidad de la fe cristiana: la institucionalización del Iglesia (con todos sus apellidos) a servido de hogar a la supremacía blanca en muchas maneras opresivas, aunque esto fue exactamente lo que Jesucristo les recriminó a los líderes religiosos de su pueblo (fariseos y escribas,) que hicieron de sus leyes un ídolo opresivo. Es hora de que las instituciones eclesiásticas revisen sus tradiciones, y las sujeten al mover del Espíritu que dirige y continúa las obras de Jesucristo en la tierra.
Los puertorriqueños tenemos que aceptar, valorar y respetar nuestra verdadera identidad como pueblo, reconocer nuestras virtudes y defectos, trabajar con nuestra realidad para un mejor porvenir para todos, y evitar cometer los mismos errores que nos han conducido al estatus en el que nos encontramos hoy. Termino esta reflexión citando al alcalde de la ciudad de Boston, Marty Walsh, que decía esta mañana: “Ver el asesinato de George Floyd es doloroso, no es tiempo para opinar, criticar, es tiempo de escuchar, reflexionar y tratar de entender el dolor de nuestra gente negra. No podemos pasar la página como hemos hecho hasta ahora con muchas de nuestras crisis, tenemos que escuchar y actuar en pos de los cambios necesarios,” y yo añado, en pos de la justicia. Que la trágica e injusta muerte de George Floyd sirva de testimonio contra nuestra omisión, abra nuestros ojos, y nos mueva a trabajar en contra del racismo y en pos de la justicia.
[1] Carlos Alamo-Pastrana, Seams of Empire: Race and Radicalism in Puerto Rico and the United States (Gainesville: University Press of Florida, 2016), 6.
[2] Ibíd.
[3] Ibíd.
[4] Ibíd.
[5] Ibíd.
[6] Ibíd., 7.
[7] Ibíd., 7-8.
[8] Ibíd., 9.
[9] Ibíd., 5.
[10] Isar Godreau, Scripts of Blackness: Race, Cultural Nationalism, and Colonialism in Puerto Rico, Urbana: University of Illinois Press, 2015, 172.
Eduardo Figueroa Aponte

Es interesante cómo muchos de nosotros pretendemos agradar «adorar» a Dios mientras vivimos llenos de soberbia, ignorando lo que Dios ha dicho, porque preferimos vivir como nos place. ¿De verdad creemos que agradamos «adoramos» a Dios así? No lo creo. La obediencia es la virtud más indispensable a la hora de intentar agradar o adorar a Dios. «Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.» Mateo 16:24 (RVR1960).
Hoy celebramos uno de nuestros postulados de fe más poderosos, la victoria de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sobre la muerte. La resurrección de Jesús garantiza el cumplimiento de sus promesas y es la raíz de nuestra esperanza. Por eso Pablo dijo que somos más que vencedores en (Romanos 8:37 NVI), y añadió que “ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.” Este es un postulado que solemos recitar hasta de memoria, pero, ¿realmente vivimos con la convicción y la certeza en nuestro corazón de estas palabras? Tal vez no.
Muchos consideran que la Carta a los Romanos es el Evangelio de Dios. Ciertamente, su composición recoge la profundidad del pensamiento teológico del apóstol Pablo, a la luz de sus convicciones sobre la Escritura y el cumplimiento de las promesas de Dios en Cristo Jesús. En ella, encontramos una disertación reiterada sobre la lucha que Pablo ha venido arrastrando, en contra de la práctica de los preceptos de la Ley de Moisés. Esto, como parte de la insistencia de judíos inconversos y algunos ya convertidos, que insisten en conservar sus tradiciones religiosas, en medio de una abrumadora expansión de la Iglesia cristiana alrededor del mundo. La discusión que nos ocupará en esta reflexión, está estrechamente relacionada con la lucha antes mencionada. El apóstol Pablo tuvo que luchar constantemente contra los judaizantes, y como él, los cristianos de todos los siglos hasta hoy tenemos que librar esa lucha.
En la historia de Dios, los profetas siempre han jugado un papel protagónico. Y es que por medio de ellos, se propuso revelar a su pueblo los acontecimientos que han de tener lugar en el futuro inmediato, cercano o lejano. Estas revelaciones pueden ser motivadas por varias razones: la apostasía y un llamado al arrepentimiento; anuncio de condenación a los enemigos de Dios; el anuncio del cumplimiento de lo que Él había advertido que acontecerá a los desobedientes; y el cumplimiento de las bendiciones que han de manifestarse por causa de sus promesas. Sin embargo, el ministerio de los profetas del Antiguo Testamento nunca fue tarea fácil. El contexto histórico bajo el cual se desarrollaron estos ministerios, era uno lleno de peligros, especialmente por el riesgo de perder la vida, mientras se estaba cumpliendo con un mandato (voluntad) de Dios. Para esto, había que tener agallas, y sobre todo amar a Dios de todo corazón, que implica (obediencia). No obstante, aunque realmente amemos a Dios de todo corazón y seamos obedientes, nuestra humanidad nos traiciona y terminamos en desobediencia, especialmente cuando tenemos miedo, o porque lo que Dios quiere que hagamos no se parece a lo que realmente quisiéramos hacer.
El apóstol Pablo, en su primera carta a los corintios, comenzó amonestando a esa comunidad de fe, porque había cierta rivalidad entre ellos. Según sus planteamientos, la causa de la rivalidad yacía en que cada bautizado seguía al líder que lo bautizó y defendía la retórica del mismo. Debemos estar conscientes de que la ciudad de Corinto era una de las plazas más importantes para la exposición y exaltación del pensamiento filosófico de la época, donde cada filósofo tenía sus seguidores, y los nuevos creyentes estaban influenciados por esa modalidad. El apóstol les reprochó esta costumbre porque a quien único debían seguir y exaltar era a Cristo. Por eso dio gracias a Dios de no haber bautizado a muchos porque, a pesar de eso, había quienes decían que eran seguidores de él.
Somos muchos los que nos hacemos esta pregunta con frecuencia: ¿por qué los seres humanos tenemos que sufrir? La gran mayoría de nosotros miramos este proceso con recelo, porque implica momentos de dolor y angustia que rehusamos atravesar, porque se nos ha inculcado que los seres humanos vienen a este mundo para ser felices. Aunque la «felicidad» no es el fin último de nuestra existencia sobre la tierra, es uno de los beneficios más codiciados en la vida, y en su búsqueda, la humanidad se ha alejado de Dios y se ha vuelto tan egoísta, que cada cual busca la suya sin importar cuánto daño le hace a su semejante. Pero le guste o no a los seres humanos, el sufrimiento es un proceso ineludible que hay que aprobar en la escuela de la vida, que aporta grandes beneficios al desarrollo de nuestro carácter. Pero, ¿qué es el sufrimiento? Con mucha frecuencia, según nuestro contexto cultural, acostumbramos a asignar nuestros propios conceptos y definiciones a las palabras. Pero cuando entramos en el análisis profundo de un tema, estamos obligados a examinar con cuidado los conceptos que dirigen nuestros planteamientos. Por eso nos referimos al Diccionario de la Real Academia Española, que ofrece un sinnúmero de definiciones para el verbo (sufrir). De éstas hemos seleccionado las que se ajustan a nuestros planteamientos, y subrayamos las que entendemos que deben prevalecer en nuestro entendimiento del verbo (sufrir), y dice que es [Sentir físicamente un daño, un dolor, una enfermedad o un castigo; sentir un daño moral; recibir con resignación un daño moral o físico;
Son muchos los que asistiendo a iglesias cristianas y aun sin asistir a ellas se autodenominan cristianos, sólo porque creen en Dios y en su Hijo nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Y no es que esto esté mal, pero no está bien del todo, pues la ecuación no es tan sencilla como decir (1+1=2). Ser cristiano implica mucho más que eso. Y es que con frecuencia podemos escuchar a muchos decir: «Yo creo en Dios pero no soy fanático…». Precisamente ése es el problema, que no se trata de ser fanático o no, se trata de que si crees en Dios, Él espera que le obedezcas, y así demuestras que verdaderamente le amas. Jesús dijo: «Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos.» (Juan 14:15). La carta a los hebreos expone esa obediencia a sus mandamientos en la relación que hay entre los padres y los hijos diciendo: «Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama, y azota a todo el que recibe como hijo. Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. ¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos.» (Hebreos 12:5-8). Con frecuencia encontramos a muchos «cristianos» pretendiendo vivir una doble vida, la secular y la cristiana. El verdadero cristiano está llamado a vivir una sola vida, una que glorifique el Nombre del Señor en todo, como testimonio de que le ha permitido a Dios reinar en su mente y su corazón para ser transformado a semejanza de Jesús.
Sí, así nos llaman ahora de forma clichosa, «fundamentalistas». Resulta que, en la actualidad, los cristianos somos los intérpretes ilusorios de un libro llamado la Biblia, lleno de «fábulas y metáforas que fomentan una cultura de carácter patriarcal, homofóbica, egoísta, discriminatoria y criminal», somos los responsables de las desgracias y tragedias del mundo, y vivimos enajenados de la realidad y en el fanatismo religioso. Esa es la definición que algunos grupos y organizaciones postmodernas le han dado a la cristiandad; nada más lejos de la realidad. Ninguna fábula o metáfora de interpretación ilusoria a logrado abarcar todos los confines de la tierra con su escritura, y ningún otra obra escritural ha llegado a ser la más traducida, impresa y vendida, ni ha transformado a millones de personas como lo ha hecho la Biblia, porque en sus páginas encontramos la poderosa y verdadera Palabra de Dios, compilada durante muchos siglos de historia. El Diccionario de la Real Academia Española registra las definiciones que por el uso ha ganado este concepto de «fundamentalismo» diciendo: «Movimiento religioso y político de masas que pretende restaurar la pureza islámica mediante la aplicación estricta de la ley coránica a la vida social; Creencia religiosa basada en una interpretación literal de la Biblia, surgida en Norteamérica en coincidencia con la Primera Guerra Mundial; Exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida.» Partiendo de esta definición, si se trata de una exigencia intransigente de sometimiento, entonces muchos de esos grupos y organizaciones también pecan de ser fundamentalistas, de hecho, todos lo somos. Entonces, «¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Hermano, déjame sacarte la astilla del ojo, cuando tú mismo no te das cuenta de la viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.» (Lucas 6:41-42). Una sociedad sin fundamentos ni leyes o reglas para la sana convivencia, no sería una sociedad sino, un caos. Todo en la vida tiene un principio, una base o un fundamento o cimiento, sobre el que se construye toda buena obra. Sin un fundamento, difícilmente habrá alguna estructura que se pueda mantener en pie o derecha. Tal fue la ilustración que Jesús usó con sus discípulos diciendo: «Voy a decirles a quién se parece todo el que viene a mí, y oye mis palabras y las pone en práctica: Se parece a un hombre que, al construir una casa, cavó bien hondo y puso el cimiento sobre la roca. De manera que cuando vino una inundación, el torrente azotó aquella casa, pero no pudo ni siquiera hacerla tambalear porque estaba bien construida. Pero el que oye mis palabras y no las pone en práctica se parece a un hombre que construyó una casa sobre tierra y sin cimientos. Tan pronto como la azotó el torrente, la casa se derrumbó y el desastre fue terrible.» (Lucas 6:47-49). Moisés dijo: «Él es la roca, sus obras son perfectas, y todos sus caminos son justos. Dios es fiel; no practica la injusticia. Él es recto y justo. Actuaron contra él de manera corrupta; para vergüenza de ellos, ya no son sus hijos; ¡son una generación torcida y perversa! ¿Y así le pagas al Señor pueblo tonto y necio? ¿Acaso no es tu Padre, tu Creador, el que te hizo y te formó?» (Deuteronomio 32:4-6). Por eso muchas naciones han tenido a bien fundamentar sus estructuras gubernamentales en la Palabra de Dios, la Biblia, fuente inagotable de principios y valores que garantizan el bienestar de las naciones.