Viviendo sin temor, en medio del terror…

Adobe SparkNos ha tocado vivir en la era más activa del terrorismo, en todo el sentido de la palabra. ¿Y qué es terrorismo? El diccionario de la Real Academia Española lo define como: «Dominación por terror; Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror; Actuación criminal de bandas organizadas, que reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretenden crear alarma social con fines políticos.» Así que según esta definición, el terrorismo no es solamente un acto violento perpetrado por individuos para provocar terror (método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria) y la pérdida de vidas inocentes con fines «religiosos»; sino que todo aquel que pretende dominar, aterrorizar y alarmar a la sociedad de forma organizada e indiscriminada es un terrorista. Por lo tanto, según esta definición, podríamos clasificar a los gobiernos, las más grandes empresas y a muchos de los medios de comunicación como las bandas organizadas más sobresalientes entre los terroristas más influyentes de este tiempo porque a pesar de que no se caracterizan por fines religiosos «ni provocan la pérdida de vidas inocentes con violencia física, (aunque en algunos caso sí)», quieren dominar, aterrorizar y alarmar a la sociedad de forma indiscriminada y sensacionalista, sembrando incertidumbre y temor para tener control de ella.  Pero, ¿qué dice la Biblia acerca del temor? En la primera carta de Juan encontramos lo siguiente: «…Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Ese amor se manifiesta plenamente entre nosotros para que en el día del juicio comparezcamos con toda confianza, porque en este mundo hemos vivido como vivió Jesús. En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero.» (1 Juan 4:16-19). Así que los que hemos sido perfeccionados en el amor de Dios y vivimos esforzándonos por imitar la vida de Jesús, no debemos vivir en temor y no esperamos castigo, pues su sangre nos limpia de todo pecado, nos ha dado salvación y vendrá a buscarnos para que reinemos con Él en las moradas celestiales para siempre. Ésta es Su promesa, y es nuestra esperanza.  En esa misma carta de Juan más adelante dice: «En esto consiste el amor de Dios; en que obedezcamos sus mandamientos. Y éstos no son difíciles de cumplir, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el hijo de Dios?» (1 Juan 5:3-5). Por eso somos más que vencedores y no hay por qué vivir con temor por mucho que soplen los vientos del terror, pues debemos vivir confiando en las promesas de Dios, que son nuestra esperanza.

En estos últimos años, han salido a la luz los fraudes y vicios ocultos de varios gobiernos. Éstos, junto a las grandes empresas, que son los más grandes intereses económicos, y muchos de los medios de comunicación han manipulado la información para disfrazar, favorecer y adelantar las agendas ocultas de algunos, que invierten mucho dinero sobornando y enamorando a los amigos de las ganancias mal habidas, para poner en marcha sus maquinaciones ambiciosas y egoístas aunque afecten perniciosamente a la sociedad. Utilizan la psicología a través de los medios de comunicación (periódicos, revistas, noticieros, televisión, redes sociales, billboards etc.), para introducir sus ideas y planes como un virus infeccioso que al principio no provoca síntomas, pero termina convirtiéndose en una epidemia mortífera. Ese virus menoscaba sutilmente el carácter de los individuos, y les va debilitando sus sistemas de defensa (principios y valores), fundamentales para el buen funcionamiento de la sociedad, y terminan completamente infectados y resignados a vivir así el resto de sus vidas, esperando que el tratamiento para su enfermedad, algún día sea provisto por aquellos que de forma infiltrada se la ocasionaron premeditadamente y para el beneficio de algunos.

La manipulación es tan efectiva que la gente nunca llega a entender que los daños colaterales son fatales, y se suman a las campañas a favor del virus y la enfermedad enérgicamente. Pues al fin y al cabo, se acostumbran a vivir con los síntomas que ya ven como naturales y normales, sin darse cuenta de que están firmando su sentencia de muerte y procuran animar a otros que también la firmen, sin saber lo que hacen. Y es que en este tiempo a nadie le interesa medir las consecuencias a largo plazo, queremos vivir el hoy y el ahora, sin considerar los problemas que estamos provocando para nuestras generaciones futuras, nuestros hijos. Ésta es la única forma en que estos terroristas pueden lograr con éxito llevar a cabo sus planes, pues de no ser así, nadie estaría de acuerdo con ellos. Y estamos hablando de forma metafórica y también literal. Pues la epidemia mortal ocurre en las mentes y los corazones de una sociedad que ha sido trastornada por la manipulación, pero también convalece de forma física, sufriendo el estrés que produce tener que vivir constantemente contra la pared, entre lo que queremos y creemos, versus lo que nos quieren imponer. Algunos terminan queriendo quitarse la vida al no saber manejar estas crisis, otros mueren enfermos como resultado de los efectos secundarios que provocan las muchas violaciones que los gobiernos y las grandes empresas cometen contra el medio ambiente y las consecuencias que producen.

Nos agobian por todos lados con la información que quieren promover, esencialmente si favorece algún proyecto que generará millones de dólares a la economía de los que están arriba, pero contribuyen a desgraciar la vida de los que estamos abajo, empobreciéndonos y enfermándonos cada vez más. Logran convencer a la gente de falsas realidades para que las masas bailen al ritmo que ellos quieren tocar. Provocan un caos de todo, exagerando la información de algunos eventos para elevar sus rangos de visibilidad, a veces con tragedias, otras veces fomentando el adelanto de causas particulares, enalteciendo más los argumentos de una parte del debate y menospreciando y silenciando los argumentos de la otra parte, buscando incriminar los errores de algunos que gastan su vida trabajando por el bienestar de la sociedad, pero no son capaces de aplaudirles ni reconocerles todo el bien que han hecho, todo depende de la motivación del medio y las agendas políticas. Así hacen con la Iglesia, que no es una estructura con cuatro paredes, es el pueblo de Dios, que también es parte de la sociedad alrededor del mundo.

La mayoría de la gente en Puerto Rico piensa que la separación de Iglesia y Estado, hace de la Iglesia un ente extraño y aparte del resto de la sociedad que no tiene voz ni voto. Pues para todos aquellos que estén dentro de este grupo, sepan que esa estipulación se encuentra en el Artículo II de la Carta de Derecho en la Sección 3 (Libertad de Culto), de la Constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Esta sección se incluyó allí con el fin de proteger y garantizar el derecho a la libertad de culto de toda religión y coartar el poder del Estado de querer entrometerse en la institucionalidad y el ejercicio del culto religioso, y por eso hay completa separación de Iglesia y Estado, para proteger a la Iglesia del Estado, no al revés. Nuestra Constitución en su gran mayoría está basada en valores Bíblicos que son universales y garantizan el bienestar de los seres humanos, además la Biblia dice así de las naciones:  «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que escogió su heredad. El Señor observa desde el cielo y ve a toda la humanidad; él contempla desde su trono a todos los habitantes de la tierra. Él es quien formó el corazón de todos, y quien conoce a fondo todas sus acciones. No se salva el rey por sus muchos soldados, ni por su mucha fuerza se libra el valiente. Vana esperanza de victoria es el caballo; a pesar de su mucha fuerza no puede salvar. Pero el Señor cuida de los que le temen, de los que esperan en su gran amor; él los libra de la muerte, y en épocas de hambre los mantiene con vida. Esperamos confiados en el Señor; él es nuestro socorro y nuestro escudo. En él se regocija nuestro corazón porque confiamos en su santo nombre. Que tu gran amor, Señor nos acompañe tal como lo esperamos de ti.» (Salmos 33:12-22).

La Iglesia (el pueblo de Dios) es parte de la sociedad y también paga contribuciones. Por eso tiene derecho a expresarse libre y deliberadamente, como lo hace todo ciudadano y toda institución, aunque muchos quieran callarla. Pero, como pertenece a esa parte de la sociedad que cree en los principios y valores tradicionales que han garantizado el orden y el bienestar de la sociedad por muchos siglos, y como ente multitudinario influyente se opone al desenfreno en todas las áreas de la sociedad, los grandes poderes e intereses económicos se han puesto de acuerdo para hacer lo imposible por destruirla. Pues en el desenfreno han visto una gran mina de oro que quieren explotar, a sabiendas de los grandes peligros y complicaciones que provocarán, como siempre lo han hecho desapercibidamente. Pero, desde sus comienzos hace 2016 años, la Iglesia ha sido perseguida hasta la muerte, pero nada ni nadie ha podido evitar su existencia ni detener su crecimiento y expansión por toda la tierra y su voz jamás podrá ser callada. La historia refleja que cada vez que se ha fomentado la persecución contra la Iglesia, han surgido los más grandes avivamientos que la han hecho crecer de golpe. Por eso, en vez de abrazar el temor, debemos vivir gozosos y orgullosos por las persecuciones según el apóstol Pablo que dijo: «Así que nos sentimos orgullosos de ustedes ante las iglesias de Dios por la perseverancia y la fe que muestran al soportar toda clase de persecuciones y sufrimientos. Todo esto prueba que el juicio de Dios es justo, y por tanto él los considera dignos de su reino, por el cual están sufriendo. Dios que es justo, pagará con sufrimiento a quienes los hacen sufrir a ustedes. Y a ustedes que sufren, les dará descanso, lo mismo que a nosotros. Esto sucederá cuando el Señor Jesús se manifieste desde el cielo entre llamas de fuego, con sus poderosos ángeles, para castigar a los que no conocen a Dios ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesús. Ellos sufrirán el castigo de la destrucción eterna, lejos de la presencia del Señor y de la majestad de su poder, el día en que venga para ser glorificado por medio de sus santos y admirado por todo los que hayan creído, entre los cuales están ustedes porque creyeron el testimonio que les dimos.» (2 Tesalonicenses 1:4-10).

Ni los gobiernos, ni las grandes empresas, ni las comunicaciones y tampoco los terroristas actuales podrán detener la Iglesia ni callar su voz, porque es el cuerpo de Cristo y Él ya venció en la cruz del Calvario, es Rey de Reyes y Señor de Señores, tiene todo poder y autoridad sobre la creación y pronto regresará a buscar su pueblo, la Iglesia, para llevarla a reinar con Él.  Jesús le dijo a Simón: «Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del reino de la muerte no prevalecerán contra ella.» (Mateo 16:18).  Así que no hay por qué temer si estamos en Cristo, pues aunque muramos físicamente en medio de la persecución y la hostilidad de los hombres en la tierra, nuestra morada y galardón nos espera en el cielo, la vida eterna. Esto mismo le habló Cristo a la iglesia de Esmirna registrada en el libro de Apocalipsis diciendo: «No tengas miedo de lo que estás por sufrir. Te advierto que a algunos de ustedes el diablo los meterá en la cárcel para ponerlos a prueba, y sufrirán persecución durante diez días.  Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.» (Apocalipsis 2:10).

Por eso el apóstol Pablo hizo las siguientes exhortaciones a las iglesias diciendo: «Manténganse alerta; permanezcan firmes en la fe; sean valientes y fuertes. Hagan todo con amor.» (1 Corintios 16:13-14). También dijo: «Pedimos que Dios les haga conocer plenamente su voluntad con toda sabiduría y comprensión espiritual, para que vivan de manera digna del Señor, agradándole en todo. Esto implica dar fruto en toda buena obra, crecer en el conocimiento de Dios y ser fortalecidos en todo sentido con su glorioso poder. Así perseverarán con paciencia en toda situación, dando gracias con alegría al Padre. Él los ha facultado para participar de la herencia de los santos en el reino de la luz. Él nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención, el perdón de pecados. Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él  fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de Él forman un todo coherente. Él es el principio, el primogénito de la resurrección, para ser en todo el primero. Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz. En otro tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran enemigos. Pero ahora Dios a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte, con tal de que se mantengan firmes en la fe, bien cimentados y estables, sin abandonar la esperanza que ofrece el evangelio. Éste es el evangelio que ustedes oyeron y que ha sido proclamado en toda la creación bajo el cielo, y del que yo Pablo, he llegado a ser servidor.» (Colosenses 1:9-23).

Eduardo Figueroa Aponte

¿Por qué confiamos en Dios?

Adobe Spark (1)Son muchos los que por alguna razón creen en Dios. La mayoría de la población en Puerto Rico cree en Dios, por las costumbres y tradiciones que nos ha legado nuestra cultura, o simplemente creen en Él por la necesidad espiritual de nuestra naturaleza (que siempre busca creer en algo superior a la humanidad, a lo que termina rindiéndole culto de forma implícita). Esta realidad podría plantearnos la razón por la cual la mayoría de los creyentes tienen ideas erróneas de quién es Dios y de cómo Él se relaciona con nosotros. Y es que cuando heredamos patrones culturales (especialmente religiosos), no mostramos interés en investigar nuestro trasfondo histórico, (en este caso la Biblia), pues creemos que con practicarlo por herencia es suficiente. Es por eso que muchos creen y afirman que son cristianos, pero en realidad no saben lo que dicen ni lo entienden, pues no tienen una relación con Dios e ignoran esta realidad y cómo funciona. En realidad sólo se acuerdan de Él cuando pasan por momentos de dificultad, pues han aprendido que en momentos como esos hay que orar.

Pero, ¿escucha Dios esas oraciones? Podríamos afirmar que Dios siempre está escuchando, pero Él decide cuáles oraciones atenderá. Con regularidad estas oraciones son producto de un mecanismo aprendido por costumbre y que otros dicen que funciona, y deciden usarlo como recurso que resuelva sus problemas (a veces egocéntricos), pidiéndole soluciones a alguien que no conocen y que con frecuencia dudan si existe o no. Sólo los que deciden investigar quién es Dios, llegan a conocer su trasfondo histórico y así chocan con la revelación de su carácter como Creador y Padre, que quiere relacionarse con ellos. Entonces terminan experimentando condiciones (situaciones o circunstancias indispensables para la existencia de otras) que les permiten entrar en el proceso de conocer a Dios y poner su confianza en Él. Así comienza a cambiar su perspectiva de los «problemas», porque el Espíritu Santo da el discernimiento para entender que todo tiene un propósito en el Señor y que Dios pondrá su mano haciendo que todo obre para bien. Cuando el «problema» se resuelve y miran hacia atrás, descubren que tienen un testimonio del amor de Dios y así obtienen la seguridad de que Él está en control y que escucha sus oraciones.  La primera carta de Juan dice: Ésta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que Dios oye todas nuestras oraciones, podemos estar seguros de que ya tenemos lo que le hemos pedido.” (1 Juan 5:14-15)

Este pasaje bíblico habla de condiciones que nos llevan a confiar en Dios. Dice: “Ésta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios…”. Para llegar a confiar en Dios, es necesario conocerle. ¿Qué es confiar? Es encargar o poner al cuidado de alguien alguna cosa y también es esperar con firmeza y seguridad. Nadie llega a poner su total y plena confianza en alguien que no ha tenido la oportunidad de conocer. Supongamos que a usted le surgió un viaje de emergencia. Su vuelo saldrá en cuatro horas, pero aún no ha llegado a su casa y no ha preparado su equipaje, además debe decidir quién cuidará de su mascota, y no le da el tiempo para llevarla a un hospedaje. De pronto se le ocurre que podría dejarle la llave de su casa a uno que es como su hermano y vecino del lado por veinticinco años, para que cuide su mascota. Pero cuando llegó a su casa, resulta que su vecino no está. Pero al igual que usted, también está llegando otro vecino del frente, que lleva varios años viviendo allí, y usted sólo le conoce de vista y de saludos cordiales. ¿Consideraría usted dejarle la llave de su casa a ese vecino?

Tal vez lo considere y decida hacerlo en su desesperación, pero su viaje será uno lleno de angustia, preocupación e incertidumbre, pues le habrá dejado la llave de su casa a alguien que no conoce bien y que no goza de su confianza. Tal es el caso de aquellos que conocen de Dios pero no lo conocen a Él. Aunque decidan intentar orar al Señor, sus oraciones no están basadas en la fe ni en la confianza que agradan a Dios. Así lo establece el autor de la carta a los Hebreos cuando dice: “En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan.” (Hebreos 11:6). Y ¿quiénes son los que buscan y agradan a Dios? El mismo capítulo cinco de la primera carta de Juan dice que aquellos que hacen su voluntad: “En esto consiste el amor a Dios: en que obedezcamos sus mandamientos. Y éstos no son difíciles de cumplir,  porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Juan 5:3-5). Así que para llegar a conocer a Dios y confiar en Él, primero hay que reconocer que Jesús es el Hijo de Dios y que vino a pagar por nuestros pecados, hay que arrepentirse y vivir conforme a los mandamientos de Dios.

Y ¿por qué tengo que conocer a Dios reconociendo que Jesús es su Hijo? El apóstol Pablo responde a esta pregunta en la carta a los colosenses diciendo: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él. Él es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente. Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de la resurrección, para ser en todo el primero. Porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz.” (Colosenses 1:15-20). Así que Dios ha dispuesto que nos acerquemos a Él y le conozcamos por medio de Jesús, y así estaremos en la condición necesaria, que nos hará vencer al mundo, porque habremos nacido de Dios y siendo reconocidos como hijos podemos poner nuestra confianza en Él como Padre. Así también como hijos podemos esperar las buenas dádivas que Dios como Padre nos ha concedido, según las expresiones de Jesús en el evangelio de Mateo cuando dijo:  «Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y el que llama, se le abre.  ¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan le da una piedra? ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? Pues si ustedes aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan! Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas.» (Mateo 7:7-12).

El pasaje continúa diciendo: “…que si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye”. Para llegar a confiar en Dios debemos conocer su voluntad. La afirmación de la primera carta de Juan, sugiere que nuestras peticiones no son escuchadas cuando no se parecen a lo que Dios quiere. Y si todo lo que Dios quiere es para nuestro bien, entonces debemos confiar en que lo que Él no nos ha concedido, no nos hará bien, o no estamos listos para recibirlo.  El autor de Santiago está de acuerdo con esa afirmación al decir: “Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones. ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios. ¿O creen que la Escritura dice en vano que Dios ama celosamente al espíritu que hizo morar en nosotros? Pero él nos da mayor ayuda con su gracia. Por eso dice la Escritura: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes.»” (Santiago 4:3-6). Cuando examinamos la mayoría de nuestras peticiones delante del Señor, y las confrontamos con la Palabra de Dios, descubrimos que la mayoría de ellas tienen que ver con bienes materiales, que Dios ya ha garantizado bajo promesa. El problema está en que nos llenamos la boca pidiéndole a Dios por cosas pasajeras, mientras Él espera que nos envolvamos en su obra, pidiendo aquello que nos lleva a cumplir con su propósito y voluntad en las cosas eternas.

Cuando pedimos y no recibimos, es porque con toda probabilidad, si Dios nos llegase a complacer con lo que pedimos, terminamos desviados y apartados de Él. Por eso el autor de Santiago acusa a los que pretenden satisfacer sus propias pasiones de adúlteros, porque siempre están pensando sólo en ellos y sus bienes, y su adulterio consiste en que sus pasiones y bienes son el dios a quien ellos adoran. Además termina diciendo que nuestra mayor ayuda es su gracia, cosa que Pablo reitera diciendo en la carta a los romanos: “ Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras.  Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios.  Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito”. (Romanos 8:26-28). Así que es menester de los creyentes estudiar con diligencia las Escrituras, porque por ellas alcanzamos la condición necesaria para conocer la voluntad agradable y perfecta de Dios, aprendiendo a pedir como conviene aunque a veces nos equivoquemos. Pero los que aprendemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, depositamos toda nuestra confianza en Él.

El pasaje de la primera carta de Juan concluye diciendo: “Y si sabemos que Dios oye todas nuestras oraciones, podemos estar seguros de que ya tenemos lo que le hemos pedido”. Para llegar a confiar en Dios, debemos conocer los testimonios de su fidelidad. Nuestra seguridad de tener lo que hemos pedido, es una expresión que nace del conocimiento de la fidelidad de Dios. Los eventos históricos dan testimonio de todo lo que Dios es, y el mayor de los testigos es el pueblo de Israel. Dios los escogió como el pueblo que daría a conocer su nombre (el Todopoderoso), su carácter (el Santo) y su naturaleza (el Divino Rey de Reyes único y soberano). A ellos les reveló el orden de la creación y su propósito, y el plan de salvación para perdonar la rebelión de la humanidad y librarla del pecado y de la muerte. Dentro de ese plan, Dios hizo promesas a personas escogidas, que tendrían su cumplimiento a su tiempo e hizo anunciar muchas de ellas por medio de algunos a los que llamó profetas. Según ha trascendido la historia, la humanidad ha sido testigo del cumplimiento de casi todas ellas, y decimos casi porque aún esperamos el cumplimiento de las que faltan. Entonces sabemos que Dios es fiel, pues ha cumplido todo lo que ha prometido, sin importar cuán grande o pequeña sea la promesa. De esto da testimonio el libro de Josué diciendo: Y ni una sola de las buenas promesas del Señor a favor de Israel dejó de cumplirse, sino que cada una se cumplió al pie de la letra.” (Josué 21:45 ). El Salmista también afirmó: “Tus promesas han superado muchas pruebas, por eso tu siervo las ama.” (Salmo 119:140). En la carta a los Romanos el apóstol Pablo escribió: “Les digo que Cristo se hizo servidor de los judíos para demostrar la fidelidad de Dios, a fin de confirmar las promesas hechas a los patriarcas,  y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su compasión, como está escrito: «Por eso te alabaré entre las naciones; cantaré salmos a tu nombre.»” (Romanos 15:8-9). La segunda carta del apóstol Pedro también da testimonio diciendo: «Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina.» (2 Pedro 1:4). Éstas son sólo algunas porciones bíblicas, de una gran cantidad de ellas que dan testimonio de que Dios es fiel, que cumple sus promesas y que podemos esperar en ellas.

Jesús nos dijo que Dios nos dará cuanto pidamos, como ya leímos en el evangelio de Mateo 7:7-12 y como también dice el evangelio de Lucas 11:9-13. Pero cuando analizamos bien la promesa, en ella vemos el propósito de Dios. También el evangelio de Juan nos ilustra en cuanto a esto, en las palabras de Jesús a sus discípulos diciendo: No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure. Así el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre.” (Juan 15:16). Todos los que hemos creído en estos testimonios, hemos sido testigos de que Dios cumple sus promesas y tenemos la certeza de que Dios es fiel, no sólo por los testimonios de otros sino por experiencia propia. Así que cuando conocemos los testimonios de la fidelidad de Dios, éstos facilitan nuestra confianza en Él, porque vemos y experimentamos el cumplimiento de todas sus promesas ,y cuando aprendemos a pedir como conviene, adquirimos la certeza de que recibiremos lo que pedimos porque Dios nos oye.

Confiar en Dios es uno de los retos más desafiantes de la fe, especialmente cuando nos hemos acostumbrado a ser auto suficientes. Pero la realidad es que esa autosuficiencia es el obstáculo que impide a Dios hacer su voluntad y que se cumpla su propósito en nosotros, porque nos ha dado libre albedrío y debemos decidir rendir nuestra voluntad para que se cumpla la voluntad de Dios. Pero sabiendo que debemos experimentar algunas condiciones para lograr poner nuestra confianza en Dios, debemos estar dispuestos a abandonar la autosuficiencia y aprender a vivir confiando en Dios. Por eso debemos hacer un esfuerzo todos los días por conocer más a Dios, buscando intimidar con Él en el estudio de su Palabra, pues en ella Él se ha dado a conocer, y en Jesucristo conocemos su Persona y carácter. También en su Palabra conocemos y entendemos cuál es su voluntad, la cual nos ayuda a visualizar mejor el panorama de su propósito en nosotros, que además nos ayuda a ser obedientes a sus mandamientos. Y cuando tenemos conocimiento de sus testimonios y fidelidad, nuestra fe crece. Así que las condiciones que nos llevan a confiar en Dios son: conocerle, conocer su voluntad, conocer y experimentar su fidelidad.

Eduardo Figueroa Aponte

Enigmas de la vida y la muerte…

Adobe Spark (1) copyLa vida y la muerte son dos verdades absolutas, de las que por siglos los seres humanos hemos filosofado hasta el cansancio. Sin embargo, nadie ha podido descifrar de forma absoluta, los procesos esenciales que envuelven estas dos verdades. Sólo sabemos lo que vemos y experimentamos. Nadie sabe con certeza en qué momento exacto entra el aliento de vida en la gestación de los seres humanos, ni cuándo se apartará ese aliento de nuestro cuerpo para que se concrete nuestra muerte. No obstante, hace dos mil años, nació Uno que dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida, le contestó Jesús.  Nadie llega al Padre sino por mí.» (Juan 14:6). La vida es un regalo de Dios y la muerte es la consecuencia del pecado. En su carta a los romanos, el apóstol Pablo les dijo: «Cuando ustedes eran esclavos del pecado, estaban libres del dominio de la justicia. ¿Qué fruto cosechaban entonces? ¡Cosas que ahora los avergüenzan y que conducen a la muerte! Pero ahora que han sido liberados del pecado y se han puesto al servicio de Dios, cosechan la santidad que conduce a la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.» (Romanos 6:20-23). Así que fuimos creados para vivir en la eternidad en comunión con Dios, pero por nuestra rebelión (pecado), fuimos destituidos de su gloria. Así también lo establece la carta a los romanos diciendo: «Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron. Antes de promulgarse la ley, ya existía el pecado en el mundo. Es cierto que el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley; sin embargo, desde Adán hasta Moisés la muerte reinó, incluso sobre los que no pecaron quebrantando un mandato, como lo hizo Adán, quien es figura de aquel que había de venir. Pero la transgresión de Adán no puede compararse con la gracia de Dios. Pues si por la transgresión de un solo hombre murieron todos, ¡cuánto más el don que vino por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, abundó para todos! Tampoco se puede comparar la dádiva de Dios con las consecuencias del pecado de Adán. El juicio que lleva a la condenación fue resultado de un solo pecado, pero la dádiva que lleva a la justificación tiene que ver con una multitud de transgresiones. Pues si por la transgresión de un solo hombre reinó la muerte, con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo.» (Romanos 5:12-17).

Jesucristo vino al mundo a revelar el misterio de esas dos verdades escondidas en Dios. Él abolió nuestra esclavitud al pecado y despojó a la muerte de su poder, para restituir nuestra relación con Dios y darnos acceso a la vida eterna. Para nosotros, la vida es temporera y termina cuando llega la muerte. Por eso nos desvivimos tratando de hacer todo lo que queremos con prontitud, para poder disfrutarlo antes de que llegue la muerte. Sin embargo, mientras estamos muy envueltos en lo nuestro «aprovechando la vida», si no hemos procurado vivir relacionándonos con Dios, según Jesús, aunque creemos estar vivos, seguimos muertos. Pero para todo el que le busca y cree en Él, la vida en esta tierra se convierte en el ensayo de lo que viviremos después de la muerte terrenal, pues morimos en el cuerpo, pero nuestras almas se trasladan a la verdadera vida para la cual fuimos creados, la vida eterna. Todos al morir entraremos en la eternidad, pero sólo los que hayamos creído el mensaje de Jesús y procuremos permanecer en su mensaje, viviremos eternamente en su presencia. Jesús dijo: «Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida.» (Juan 5:24).

Muchos preguntarían, ¿y sólo porque Él lo dijo yo tengo que creerlo? A ellos les contestaría, «si yo fuera tú lo creería». ¿Por qué? Porque esto no es un cuento de camino, es historia. Los historiadores ubican los hechos históricos entre dos eras principales de la humanidad (antes y después de Cristo), y no lo hacen por que sí o por si acaso, es que fue un hecho real, no es un mito. Jesucristo cambió el curso de la historia con su nacimiento, vida, pasión, muerte, resurrección y ascensión. Es un hecho histórico innegable. Hizo portentos milagrosos nunca antes vistos sobre la faz de la tierra, viviendo una vida impecable, fue crucificado injustamente, se levantó de entre los muertos y se le apareció a muchos, que aunque ya no viven fueron testigos de su resurrección. Y aunque estamos muy distanciados de la época en que esto sucedió, y dudemos de que así fue, nuestra duda no invalida el testimonio de aquéllos ni puede borrar este hecho real de la historia. En Él se cumplieron más de trescientas profecías dadas por Dios a sus profetas muchos siglos antes de su nacimiento; todo lo que dijo que pasaría con Él mismo y con los suyos también se cumplió; hoy aguardamos el cumplimiento de sus Palabras proféticas para los tiempos del fin, Palabras que ya han comenzado a cumplirse. Así que no hay excusas para no creer, por eso el que no crea será juzgado. En el evangelio de Juan encontramos a Jesús confrontando la fe de Marta con su entendimiento de la muerte de su hermano Lázaro: «Entonces Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?» (Juan 11:25-25). La muerte es un proceso ineludible que todos enfrentaremos en algún momento y por el cual todos debemos pasar. Aunque muchos esperamos ser parte de aquellos que no sufrirán la muerte porque cuando Jesucristo regrese serán arrebatados, según el apóstol Pablo cuando dijo: «Conforme a lo dicho por el Señor, afirmamos que nosotros los que estemos vivos y hayamos quedado hasta la venida del Señor, de ninguna manera nos adelantaremos a los que hayan muerto.  El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes para encontrarnos con el Señor en el aire.  Y así estaremos con el Señor para siempre. Por tanto, anímense unos a otros con estas palabras.» (1 Tesalonicenses 4:15-18). Para el que no cree, la muerte es un estado que determina el fin de todas las cosas. Para el creyente la muerte debe ser el proceso de transición entre lo que estuvimos ensayando en la tierra, a la verdadera ejecución en la presencia de Dios. Para los creyentes, la muerte no debe ser motivo de preocupación, angustia o perturbación si realmente hemos creído que Jesucristo es nuestro Señor y Salvador y vivimos conforme a su Palabra. 

Ahora bien, ciertamente la vida es como una montaña rusa, que nos conduce rápidamente por todo tipo de pasajes, y la muerte de nuestros semejantes nos causa, mucha tristeza y dolor por la separación definitiva. Pero lo cierto es que todos los procesos por los que pasamos en la vida son parte de la formación de nuestro carácter como individuos, y nos deben llevar a parecernos más y más a Jesús. Pero eso lo llegamos a entender cuando reconocemos y aceptamos lo que el apóstol Pablo habló en su carta a los romanos diciendo: «Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo a su propósito. Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó también los glorificó.» (Romanos 8:28-30). Cuando aprendemos a mirar los procesos de la vida y la muerte a la luz de lo que Dios ha dicho, podemos vivir la vida con propósito y esperanza y sin temor.  Porque como dice la primera carta de Juan: «Y nosotros hemos visto y declaramos que el Padre envió a su Hijo para ser el Salvador del mundo. Si alguien reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos llegado a saber y creer que Dios nos ama.  Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Ese amor se manifiesta plenamente entre nosotros para que el día del juicio comparezcamos con toda confianza, porque en este mundo hemos vivido como vivió Jesús. En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. Si alguien afirma: Yo amo a Dios, pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto. Y él nos ha dado este mandamiento; el que ama a Dios, ame también a su hermano.» (1 Juan 4:14-21).

Así que amando a nuestros hermanos, cuando se nos adelantan partiendo a la eternidad, sufrimos el duelo por la separación definitiva, pero sabiendo que los volveremos a ver cuando todos lleguemos a los prados de la vida eterna. Así que la muerte para nosotros los cristianos es una transición, pues no pertenecemos a este mundo, como dice la primera carta del apóstol Pedro: «Ya que invocan como Padre al que juzga con imparcialidad las obras de cada uno, vivan con temor reverente mientras sean peregrinos en este mundo.» (1 Pedro 1:17). Más adelante también expone lo siguiente: «Queridos hermanos, les ruego como a extranjeros y peregrinos en este mundo, que se aparten de los deseos pecaminosos que combaten contra la vida. Mantengan entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación.» (1 Pedro 2:11-12).  Por eso, sabiendo que todo esto es así, debemos entender que no importa qué tan difícil sean las situaciones por las que tengamos que pasar, seguimos adelante sabiendo que Dios estará con nosotros para sostenernos y ayudarnos en todo proceso, pues TODO, por adverso que parezca y aunque no haya sido provocado por Dios, Él lo usará para nuestro bien, aunque no logremos identificar ese bien al instante. Pues Dios nos ama y al igual que el apóstol Pablo deberíamos decir: «Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo porvenir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.» (Romanos 8:38-39).  Este amor debe ser motivo suficiente para que perseveremos en nuestra fe, para que al igual que Jesucristo podamos vencer la muerte y vivamos por toda la eternidad junto a Él.
 
Eduardo Figueroa Aponte

Esperanza que no defrauda…

Adobe Spark (4)Cada vez son más las noticias que escuchamos que nos sacuden el alma y el corazón. Muchas de ellas no tienen precedentes, otras reaparecen repitiendo eventos catastróficos del pasado, y todas ellas son el cumplimiento profético de las Sagradas Escrituras. Aunque son eventos descritos en la Biblia como señales de los últimos tiempos, muchos continúan ciegos e incrédulos, porque definitivamente no les interesa lo que dice la Biblia, ni creen que es Palabra de Dios (incluyendo a teólogos emergentes que han negado su fe, por enaltecer sus propios razonamientos).  Para éstos dice la Biblia: «No seas sabio en tu propia opinión; más bien teme al Señor y huye del mal.» (Proverbios 3:7). De ellos también se predijo lo siguiente: «Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos.» (2 Timoteo 4:3-4). Hay muchos que creen que la Biblia es Palabra de Dios y han escuchado lo que dice, pero no les consta porque no han tenido la experiencia de leerla y dejar que Ella les transforme.  Pero como si fueran libres de toda culpa, como si no fueran a ser juzgados, y como si supieran de lo que hablan, con mucha arrogancia cuestionan los errores de aquellos que con humildad en sus corazones, decidieron entregar sus vidas al Creador, y acercándose a Él, fueron perdonados y lavados por la sangre de Cristo, que les limpia de todo pecado y están dispuestos a ser transformados. Pero esos mismos arrogantes no tienen las agallas para someterse a las disciplinas bíblicas, y evitan a toda costa que éstas les remuerdan sus conciencias, como dice la carta a los Hebreos: «Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón. Ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.» (Hebreos 4:12-13).

 Y es que conocer lo que Dios ha dicho exige la responsabilidad de obedecer, e implica renunciar a lo que queremos y a lo que nos gusta. Y decimos: «la vida es mía y yo tengo derecho a hacer con ella lo que quiera…» Pero se nos olvida que la vida es un regalo de Dios, que tenemos ese derecho porque Él lo otorgó, y Él espera que decidamos vivir con Él y para Él. Precisamente por eso Dios estableció reglas y mandamientos, porque la mayoría de las cosas que queremos y nos gustan no producen resultados de bendición, porque nos alejan cada vez más de Él y nos hacen más vulnerables al dominio del maligno. Todo lo que se ha establecido como norma en la sociedad tiene sus bases fundamentadas en lo que Dios ha dicho, aunque la sociedad no lo reconozca ni lo acepte. Tal es el caso de nuestra constitución, las leyes jurídicas y gubernamentales. Por eso la creciente generación actual ha ido moviéndose al repudio y la exigencia de la derogación de todo lo establecido como norma y que ha servido de fundamento a la sociedad. Sin embargo, gracias a estas normas hemos podido coexistir en sociedad por siglos, pues son parámetros aceptados universalmente para el buen funcionamiento y protección de la sana convivencia. No obstante, hemos comenzado a experimentar los estragos causados por los gobiernos, con la derogación de muchos de esos parámetros, en beneficio de unos pocos que pretenden vivir sus caprichos sin límites. Entre los dichos bíblicos hay uno que dice: «No cambies de lugar los linderos antiguos que establecieron tus antepasados.» (Proverbios 22:28). Nuestros antepasados reconocieron que sin esos linderos (límites) nuestro mundo sería un caos.  Sólo imagine que en un cruce de dos carreteras principales no hubieran semáforos o señales para detenerse y tener precaución.  Aun cuando tenemos estas estructuras que establecen las normas (límites) de tránsito, son muchos los que faltando al cumplimiento de ellas ocasionan estragos y tragedias. Todo esto es parte del cumplimiento de lo que fue profetizado en la Biblia para este tiempo, pues Dios en su amor y misericordia nos quiso prevenir lo que acontecería para que no nos tomara por sorpresa y camináramos confiados en su amor y sus promesas. Además quiso que todos tuviéramos la oportunidad de arrepentirnos de la vida pecaminosa que llevamos. Para que nos acerquemos a Él en humildad, y aceptemos y reconozcamos el sacrificio de su hijo Jesucristo en la cruz, y podamos recibir su perdón y el regalo de la vida eterna junto a Él.

Pero para todo aquel que se rehúsa a reconocerle como el único Dios verdadero, creer y obedecer su Palabra y seguir sus caminos, también dejó sus advertencias. ¿Para qué? Para que se arrepientan de su mal camino y puedan disfrutar de toda la bendición que ha prometido a los que le reconocen y obedecen. Así les ha dicho el Dios Todopoderoso: “El hombre será humillado, la humanidad, doblegada, y abatidos los ojos altivos. Pero el Señor Todopoderoso será exaltado en justicia, el Dios santo se mostrará santo en rectitud. Los corderos pastarán como en praderas propias, y las cabras comerán entre las ruinas de los ricos. ¡Ay de los que arrastran iniquidad con cuerdas de mentira, y el pecado con sogas de carreta! Dicen: «¡Que Dios se apure, que apresure su obra para que la veamos; que se acerque y se cumpla el plan del Santo de Israel, para que lo conozcamos!» ¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay de los que se consideran sabios, de los que se creen inteligentes! ¡Ay de los valientes para beber vino, de los valentones que mezclan bebidas embriagantes, de los que por soborno absuelven al culpable, y le niegan sus derechos al indefenso! Por eso, así como las lenguas de fuego devoran la paja y el pasto seco se consume en las llamas, su raíz se pudrirá y, como el polvo, se disipará su flor. Porque han rechazado la ley del Señor Todopoderoso y han desdeñado la palabra del Santo de Israel.” (Isaías 5:15-24)

La rectitud de los mandamientos de Dios no es capricho. Él quiso protegernos de nuestra propia maldad y sus consecuencias. Por eso es necesario renunciar a nuestro libre albedrío, porque dice la Escritura: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2). Jesucristo dijo: “Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme.” (Mateo 16:24 ). Así que la invitación es a que no te resistas más a la oportunidad que Dios te da hoy. Los días son malos y Dios ha dicho que se pondrán peor. También dijo: «Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, pues los días son malos.  Por tanto, no sean insensatos, sino entiendan cuál es la voluntad del Señor. No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno. Al contrario, sean llenos del Espíritu.» (Efesios 5:15-18). Jesucristo vino para salvar al mundo y es nuestra única esperanza. Si le aceptas y le obedeces te hará miembro de su cuerpo, la Iglesia, a que vendrá a buscar antes de que comience el gobierno absoluto de tinieblas sobre la tierra y la gran tribulación. No esperes más y ¡corre por tu salvación!  El Señor te espera y dijo: «Oren para que esto no suceda en invierno, porque serán días de tribulación como no la ha habido desde el principio, cuando Dios creó el mundo, ni la habrá jamás. Si el señor no hubiera acortado esos días, nadie sobreviviría. Pero por causa de los que él ha elegido, los ha acortado. Entonces, si alguien les dice a ustedes: <¡Miren, aquí está el Cristo!> o <¡Miren, allí está!>, no lo crean. Porque surgirán falsos Cristos y falsos profetas que harán señales y milagros para engañar, de ser posible aun a los elegidos.  Así que tengan cuidado; los he prevenido de todo. Pero en aquellos días, después de esta tribulación, se oscurecerá el sol y no brillará más la luna; las estrellas caerán del cielo y los cuerpos celestiales serán sacudidos. Verán entonces al Hijo del hombre venir en las nubes con gran poder y gloria. Y él enviará a sus ángeles para reunir de los cuatro vientos a los elegidos, desde los confines de la tierra hasta los confines del cielo.» (Marcos 13:18:23).

Ésta es nuestra esperanza. El apóstol Pablo dijo: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de él y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes. Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado. A la verdad, como éramos incapaces de salvarnos, en el tiempo señalado Cristo murió por los malvados.» (Romanos 5:1-6). ¿Quieres ser uno de los elegidos? Si tu respuesta es sí, entonces ríndete ante Dios, entrégale tu vida, reconoce tus pecados, obedece su Palabra y serás insertado en su cuerpo que es la Iglesia. Tu nombre será escrito en el libro de la vida y estarás listo para partir cuando Jesucristo regrese por su Iglesia. Que a la sazón de lo que hoy vivimos, son señales claras del último tiempo profetizado en la Biblia, y su regreso puede estar más cerca que nunca. El día para alcanzar la salvación de tu alma es hoy.

Eduardo Figueroa Aponte

Implicaciones de ser discípulo…

Adobe Spark (2)¿Qué significa ser discípulo? Según el Diccionario de la Real Academia Española significa: «Persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro; Persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron.» Muchas de esas escuelas nacen de mitos o raíces filosóficas y especulativas. Pero el cristianismo es una escuela que no puede compararse con ellas, pues está basada en hechos verídicos que cambiaron el curso de la historia.  Contrario a las escuelas filosóficas de antaño, especialmente las griegas, que otorgaban a sus discípulos gran prestigio y renombre, la escuela del cristianismo no concede ningún «glamour»a sus discípulos. Y es que ser discípulo de Jesucristo implica renunciar a nuestro libre albedrío y someternos a su voluntad.  No son muchos los que están dispuestos a esto, pero así lo dejó establecido cuando dijo: “Luego dijo Jesús a sus discípulos: —Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará.”  (Mateo 16: 24-25)

Las palabras de Jesús a sus discípulos tienen un carácter profético, pues son la revelación de Dios que envuelve una enseñanza, que no fue exclusiva para aquellos doce, sino que sus palabras están vestidas de eternidad y también fueron dirigidas a sus futuros discípulos, nosotros. Cuando hemos conocido la revelación de Dios por su Palabra, reconocemos que Él tiene un plan, y ese plan fue diseñado exclusivamente para nosotros (nuestra salvación por medio de Jesucristo). Sin embargo, por lo general los seres humanos tendemos a gestionar nuestros propios planes, y con toda probabilidad éstos sólo son para nuestro beneficio y también nos llevan a la perdición, porque pocas veces o ninguna, incluimos a Dios en ellos. Y es que estamos más ocupados trabajando por lo terrenal y pasajero, que por lo espiritual y eterno. Con mucha regularidad osamos en cuestionarle y reclamarle a Dios, cuando nuestras circunstancias no se parecen a los resultados que esperamos de nuestros planes. Pero, ¿tuvo Dios participación en el desarrollo de nuestros planes? ¿Hemos prestado atención al plan que Dios ha revelado a nuestras vidas? Cuando nuestros planes no guardan relación con el plan de Dios, con toda probabilidad experimentaremos circunstancias difíciles. Dios las permitirá, pues con ellas logrará que regresemos a Él, para mostrarnos el camino que nos llevará al cumplimiento de su plan en nosotros. ¿Y qué nos pedirá el Padre? Que sigamos a aquel que nos ha mostrado el camino, nuestro Maestro y Redentor Jesucristo. Por eso en las palabras que Él dirigió a sus discípulos, he identificado tres elementos del carácter que deben desarrollar aquellos que quieran convertirse en verdaderos discípulos de Jesús.  Estos elementos nos llevarán a ser como nuestro Maestro, para cumplir con el plan del Padre. 

Elemento #1 (LA OBEDIENCIA) «Si alguien quiere ser mi discípulo…» ¿Qué es obedecer? Es cumplir la voluntad de quien manda. Jesús utiliza esta premisa para plantear algunas condiciones. El que quiere ser discípulo de Jesús, aunque haya sido llamado por Él: 1- Tiene que decidirlo libre y voluntariamente; 2- Tiene que estar atento para entender y seguir las instrucciones del Maestro; 3- El buen discípulo demuestra que es apto poniendo en práctica lo que su Maestro le ha enseñado. Entonces, ¿qué sucede cuando obedecemos las órdenes del Maestro? En la carta a los Romanos el apóstol Pablo nos ilustra diciendo: «¿Acaso no saben ustedes que, cuando se entregan a alguien para obedecerlo, son esclavos de aquel a quien obedecen? Claro que lo son, ya sea del pecado que lleva a la muerte, o de la obediencia que lleva a la justicia. Pero gracias a Dios que, aunque antes eran esclavos del pecado, ya se han sometido de corazón a la enseñanza que les fue transmitida”. (Romanos 6:16). Aquí el apóstol Pablo expone uno de los principios básicos y cualitativos (una cualidad) necesarios para el ministerio, obedecer. Esto es un deber, no es opcional. El autor de la carta a los Hebreos nos presenta este deber poniendo a Jesús como ejemplo, al decir: «Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen…”. (Hebreos 5:8-9). Por eso nosotros, siendo hijos por adopción, nuestro Padre permitirá que el sufrimiento sea el instrumento que nos enseñe a obedecer y nos lleve a la perfección, a semejanza de nuestro Maestro. El apóstol Pedro también confirma este hecho diciendo: “Ahora que se han purificado obedeciendo a la verdad y tienen un amor sincero por sus hermanos, ámense de todo corazón los unos a los otros”. (1 Pedro 1:22). En el evangelio de Juan, leemos en palabras de Jesús: “Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa”. (Juan 15:10-11). En el libro de Apocalipsis también encontramos la exhortación a la obediencia: “¡En esto consiste la perseverancia de los santos, los cuales obedecen los mandamientos de Dios y se mantienen fieles a Jesús!” (Apocalipsis 14:12). Entonces, ¿por qué la obediencia es tan importante? En la Biblia encontramos que toda la creación obedece los mandamientos de Dios, los cielos, vientos, el mar, los animales, los espíritus malignos, TODO. Pero la desobediencia de Lucifer ocasionó su expulsión del reino de los cielos e hizo uso de artimañas para hacer que los hombres, la máxima creación de Dios por ser a su imagen y semejanza, también fueran expulsados del paraíso. Así que no cabe duda de que un elemento necesario en el carácter para ser discípulo de Jesús, es la OBEDIENCIA.

Elemento #2 (EL SACRIFICIO) «Tiene que negarse a sí mismo…» ¿Qué es sacrificio? Es un acto de abnegación (renunciar voluntariamente a los propios deseos, pasiones o intereses, en favor de otros) inspirado por la vehemencia (ardor y llenura de pasión) del amor. Jesús les dio una orden que Él mismo pondría en función muy pronto, al negarse a sí mismo, para padecer en la cruz, dando su vida por amor a nosotros. Si a Jesús que es nuestro maestro le costó la vida someterse al plan y al propósito de Dios, a nosotros sus discípulos también nos va a costar. En la carta a los Filipenses el apóstol Pablo resume este hecho de forma poderosa diciendo: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!”. (Filipenses 2:5-8). 

Hagamos un paréntesis para reconocer esta instrucción de «negarse a sí mismo», mirando tres potenciales candidatos a ser discípulos de Jesús. Los primeros dos los encontramos en el evangelio de Mateo cuando leemos lo siguiente: “Se le acercó un maestro de la ley y le dijo: —Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas. —Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos —le respondió Jesús—, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza. Otro discípulo le pidió: —Señor, primero déjame ir a enterrar a mi padre. —Sígueme —le replicó Jesús—, y deja que los muertos entierren a sus muertos.” (Mateo 8: 19-22). El primero, como maestro de la ley, debe estar dispuesto a sacrificar sus comodidades y lujos, y vivir siendo suplido con lo necesario. Debe entender que al seguir a Jesús enfrentará dificultades. Por eso en el evangelio de Juan encontramos que Jesús les dijo: “Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo”. (Juan 16:33). El segundo ha sido llamado por Jesús y está muy dispuesto, pero indeciso y preocupado por las cosas de este mundo. Jesús le establece un nuevo orden de prioridades, el reino de Dios es primero y el de la tierra después. No quiere decir que se olvide de su padre, pero él ha vivido ocupándose toda su vida por el reino terrenal y ha descuidado el reino celestial. Dios no le privará de cumplir su deber con su padre a su tiempo, y proveerá de recursos para que esté bien atendido mientras trabaja para las cosas eternas.  Por eso Jesús también les dijo: “Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” (Mateo 6:33) 

El tercero es el joven rico del evangelio de Marcos, que acercándose a Jesús y postrándose ante Él le preguntó sobre lo que debía hacer para ganar la vida eterna. Jesús le recordó los mandamientos y el joven asegura haber cumplido con ellos, entonces “Jesús lo miró con amor y añadió: —Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme. Al oír esto, el hombre se desanimó y se fue triste porque tenía muchas riquezas”. (Marcos 10:21-22) Y más adelante Pedro pregunta y Jesús responde: “—¿Qué de nosotros, que lo hemos dejado todo y te hemos seguido? —comenzó a reclamarle Pedro. —Les aseguro —respondió Jesús— que todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos, recibirá cien veces más ahora en este tiempo (casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones); y en la edad venidera, la vida eterna”. (Marcos 10:28-30). Aquí Jesús no está condenando al joven por ser rico, pues no hay nada de malo en que trabajemos y ganemos el pan con el sudor de nuestra frente y seamos bendecidos con abundancia de pan y disfrutemos de ella, pues es un mandato de Dios. Pero en el caso del joven rico, (que es el caso de muchos de aquellos que alcanzan tal abundancia de pan) «sus riquezas» se convirtieron en su dios, y la respuesta de Jesús le confrontó con la realidad de su corazón. En el evangelio de Mateo Jesús ordena: «No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten  a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.» (Mateo 6:19-21).

En el Antiguo Testamento de la Biblia, el sacrificio de animales (siendo el ganado sinónimo de abundancia) era un acto de gratitud y adoración a Dios. Pero en la actualidad nuestro sacrificio debe manifestarse de otra manera, pues los (lujos y los placeres, siendo el sinónimo de abundancia) son los que deben ser sacrificados en un acto de gratitud y adoración a Dios, especialmente cuando éstos ocupan la mayor parte de nuestro tiempo y esfuerzo. En la Biblia encontramos al rey Salomón, de quien se dice que no hubo ninguno ni habrá otro como él sobre la tierra en sabiduría y en riquezas. Muchos afirman que él es el autor del libro de Eclesiastés, en el que reflexiona acerca de su vida, ya en una etapa avanzada en edad, y allí encontramos que exclama lo siguiente: «Me engrandecí en gran manera, más que todos los que me precedieron en Jerusalén; además la sabiduría permanecía conmigo. No le negué a mis ojos ningún deseo, ni a mi corazón privé de placer alguno, sino que disfrutó de todos mis afanes. ¡Sólo esto saqué de tanto afanarme! Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era absurdo, un correr tras el viento, y que ningún provecho se saca en esta vida.» (Eclesiastés 2:9-11). Ciertamente esta declaración expone el corazón de un hombre que reconoce que todo lo que hizo por satisfacer los anhelos de su corazón, nunca llegaron a satisfacerle del todo, pues en medio de todo eso, descubrió que había provocado un vacío, cuando todos sus afanes terminaron por estrangular su relación con Dios.  Por eso Jesús dijo: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.» (Mateo 6:24).  

Decía el Dr. Samuel Solivan, el teólogo exponente en una conferencia sobre discipulado a la que asistí, que hay una gran diferencia entre ser un discípulo y ser un seguidor de Jesús. En los tiempos que Jesús desarrolló su ministerio en la tierra, tuvo muchos seguidores (multitudes), pero pocos discípulos.  Y es que en el entorno judío los discípulos y los seguidores escogían a sus maestros. Pero, Jesús rompió con ese paradigma, pues era él quien escogía y llamaba a sus discípulos. La mayoría de sus seguidores terminaron apartándose de Él, cuando fueron confrontados con los requisitos y valores necesarios para entrar en el reino de Dios. Sólo los discípulos tuvieron el carácter necesario para continuar el ministerio de Jesús, una vez Él fue llevado al cielo luego de su resurrección. Si Jesús nos ha llamado, es porque ha visto en nosotros candidatos para ser sus discípulos. Pero es necesario soltar y entregar nuestras agendas para que Dios las diseñe y las dirija. Hay que evitar tener el corazón dividido entre las cosas de este mundo y las del reino de Dios. Todo esto cuesta. Aunque nuestros planes sean buenos, los planes de Dios siempre son mejores y perfectos, pues están amarrados a su propósito. Por eso, otro elemento necesario en el carácter para ser discípulo de Jesús, es el SACRIFICIO. 

Elemento #3 (ENTREGA) «Tomar su cruz y seguirme…» ¿Qué es entrega? Es atención, interés, esfuerzo en apoyo a una o varias personas, a una acción o a un ideal. No existe un mayor ejemplo de entrega que la vida misma de Jesús. La Biblia nos muestra a un Jesús enfocado y apasionado desde su niñez, por hacer cumplir el propósito del Padre, y entregó todo su ser por amor a nosotros. Muchas veces nos envolvemos en tantas cosas para la obra del Señor, que no sacamos el tiempo necesario para atender el plan diseñado por el Padre para nosotros. En esas cosas desarrollamos una zona tan cómoda, de la cual no queremos salir, y terminamos perdiendo el enfoque y olvidando el propósito para el cual fuimos llamados. Al Maestro le costó cargar su cruz (de forma metafórica y literal) y cumplir con el propósito del Padre. A nosotros, si somos buenos discípulos, también nos tiene que costar. ¿Cuál es la cruz que nos toca tomar? Debemos rendir/entregar nuestras vidas a los pies del Padre, para que por Él abunde nuestro amor por el prójimo, y así como Jesucristo rindió su vida por nosotros, podamos rendir las nuestras por el prójimo. Así cumplimos el propósito del Padre. Y podemos pensar que ya le hemos entregado nuestras almas al Padre por medio de Jesús, pero hay algo más… con frecuencia nos reservamos mucho de nuestras vidas que hay que rendir. Rendir nuestras vidas implica (sujetarnos, someternos, obligarnos, dar fruto, ser útiles) al propósito del Padre, no al nuestro. ¿Qué significa “Tomar su cruz” para todo el que quiera ser discípulo de Jesús? La respuesta la encontramos en la entrega que Jesús demuestra en varios pasajes bíblicos que exponen la pasión con la que sigue su plan de trabajo:  

“No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos sino a darles cumplimiento”. (Mateo 15:17). Cuando trabajamos por cumplir lo que dice la escritura de nosotros, enfrentaremos críticas y falsas acusaciones, esto es parte de la cruz que nos toca tomar, pues Jesús cargó con ella durante todo su ministerio.  Así quedó demostrado en los evangelios cuando Jesús se sentó a comer con gente que no gozaba de muy buena reputación: “Cuando los fariseos vieron esto, les preguntaron a sus discípulos: —¿Por qué come su maestro con recaudadores de impuestos y con pecadores? Al oír esto, Jesús les contestó: —No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. Pero vayan y aprendan lo que significa: <Lo que pido de ustedes es misericordia y no sacrificios.  Porque no he venido a llamar a justos sino a pecadores.>” (Mateo 9:11-13)  El evangelio de Lucas añade «No he venido a llamar a justos sino a pecadores .»(Lucas 5:32). Pecamos por omisión cuando nos cohibimos de hacer lo que el Espíritu Santo nos inspira, sólo porque otros pueden malinterpretar lo que hacemos. Jesús hizo lo que había que hacer impulsado por el propósito del Padre, no por lo que otros pudieran pensar. A veces nos desvivimos más por guardar nuestro testimonio o nos escudamos detrás de él para librarnos de nuestras responsabilidades, en vez de trabajar por aquello para lo cual fuimos llamados.  El testimonio que damos al mundo es muy importante, pero más importante es hacer la voluntad de Dios aunque otros no lo entiendan. Con regularidad podríamos pensar: (…que no me vean entrando aquí; y qué pasaría si me ven hablando con tal o cual persona, me van a criticar si me ven pasando por tal lugar; si me ven con esta gente y se lo dicen al pastor me van a poner en disciplina, etc.) Es hora de dejar atrás los prejuicios que buscan la aprobación de los hombres y comenzar a trabajar en la obra que se nos encomendó y agradar a Dios. Si usted está haciendo la voluntad de Dios guiado por el Espíritu Santo, que no le importe lo que piensen los demás, cargue su cruz con gozo, alegría y entrega, porque la única opinión que cuenta, es la del Padre que nos envió y Él nos exaltará. 

Como parte de la cruz que llevaremos, enfrentaremos conflictos y oposición en todos los escenarios de nuestras vidas, aun dentro de la iglesia y nuestras familias. Bajo estas circunstancias probamos nuestro carácter, nuestra fe y entrega, cuando avanzamos firmes hacia la meta sin importar lo que se presente en el camino. Así lo expuso Jesús cuando dijo: “»No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada. Porque he venido a poner en conflicto al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra; los enemigos de cada cual serán los de su propia familia”. »El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que la pierda por mi causa, la encontrará.” (Mateo 10:34-38). Y no es que Jesús haya venido literalmente a traer la espada, es que su venida provocó todos estos conflictos. Como discípulos de Jesús, nos tocará soportar los resultados de esos conflictos, tomando decisiones duras y renunciando a los impulsos que provocan nuestros sentimientos, para hacer la voluntad del Padre. Así lo hizo Jesús antes de su captura para ser juzgado y oró al Padre: «Yendo un poco más allá, se postró sobre su rostro y oró: Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.» (Mateo 26:39).  

El evangelio de Lucas muestra a Jesús suprimiendo sus deseos de ver el castigo que sufrirán los enemigos del Padre, y decidió esperar pacientemente el tiempo designado, soportando su angustia y sufriendo la prueba para dar cumplimiento al propósito del Padre. “He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! Pero tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y ¡cuánta angustia siento hasta que se cumpla!” (Lucas 12:49-50). Esto contrasta con la cultura de escape que se ha desarrollado dentro de muchos sectores de la iglesia, que escudándose en la esperanza de que Jesucristo regresa pronto, se han sentado a orar por que regrese ya y no mueven un dedo por cumplir con su propósito y responsabilidad aquí en la tierra hasta que Él venga. Pero mediante una parábola Jesús dijo: «Dichoso el siervo cuyo señor, al regresar, lo encuentra cumpliendo con su deber.» (Lucas 12:43). La entrega de nuestro Maestro se vio reflejada en su constante énfasis de cumplir con la agenda que trajo desde el cielo, interrumpiendo así todo lo que estuviera deteniendo su ministerio. El evangelio de Marcos lo registra narrando: «Jesús respondió: —Vámonos de aquí a otras aldeas cercanas donde también pueda predicar; para esto he venido». «Jesús andaba de un lugar para otro buscando cumplir el propósito del Padre.» (Marcos 1:38)  Si el mensaje de Jesús fue rechazado (especialmente por sus líderes religiosos), ¿por  qué muchas veces pretendemos medir el éxito de nuestras campañas de evangelización, por la aceptación te tenga el mensaje o la cantidad de personas que lo aceptaron? La realidad es que siempre habrán personas y grupos que nos rechacen, nuestra responsabilidad es anunciar el mensaje del evangelio, y el Espíritu Santo se encarga de convencerlos. Jesús le reprochó este hecho a sus líderes religiosos diciendo: “Yo he venido en nombre de mi Padre, y ustedes no me aceptan; pero si otro viniera por su propia cuenta, a ése sí lo aceptarían”.  (Juan 5:43). Así que es de esperarse que a nosotros tampoco nos crean. La vida de nuestro Maestro estuvo llena de retos, peligros, rechazos y persecuciones, que pueden hacer renunciar al más santo. A esto se refirió Jesús cuando dijo “Tome su cruz y sígame”, porque si pretendemos ser buenos discípulos de Jesús, tendremos que ser entrenados y probados igual que Él, para que se cumpla el propósito del Padre. Todo esto demuestra que definitivamente uno de los elementos necesarios en el carácter para ser discípulo de Jesús es ENTREGA.

Nadie dijo que seguir a Jesús es fácil. Pero lastimosamente, por muchos años la Iglesia ha proyectado la vida cristiana como una sociedad en la cual se predica teología de mantenimiento, con tal de no perder su feligresía. Pero la Palabra de Dios nos ha confrontado con 3 elementos que han estado ausentes en nuestro carácter como cristianos: OBEDIENCIA, necesaria para seguir instrucciones, aprender y poner en práctica la enseñanza del Maestro; SACRIFICIO, necesario para llegar a cumplir el propósito y llegar a la meta establecida en el plan del Padre. ENTREGA, necesaria para trabajar con la mirada puesta en el propósito y plan del Padre, sin desmayar ante la adversidad hasta que Él venga. Y aunque nadie dijo que era fácil, vale la pena ser discípulo de Jesús, pues nuestro Maestro ha prometido diciendo:

>  “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”.  (Mateo 28:18-20) 
>  «…en este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33)

>  “Al que salga vencedor le daré derecho a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios”.  (Apocalipsis 2:7) 

“…se vestirá de blanco. Jamás borraré su nombre del libro de la vida…” (Apocalipsis 3:5)
>  «…le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono…» (Apocalipsis 3:21)
Después de considerar todas esta cosas… ¿Consideras que eres discípulo de Jesús, o eres un seguidor? Dios nos ha llamado a ser discípulos no seguidores.  Anímate, nuestra recompensa nos espera en la presencia del Rey de Reyes y Señor de Señores!  A Él toda la gloria.  
 
Eduardo Figueroa Aponte

Crisis de fe…

Adobe Spark (3)Aunque muchos no saben ni entienden lo que es la fe y tratan de ridiculizarla… La verdad es que es un fenómeno universal que todos ejercitamos, tanto en el entorno físico/secular como en el entorno espiritual/religioso. Aunque este fenómeno resulta un tanto paradójico. Pues por fe aceptamos y creemos muchas cosas a ciegas y no las cuestionamos porque de alguna manera nos aportan algún bien o simplemente no nos afectan.  Pero por otro lado, nos cuesta muchísimo esperar con paciencia que se materialice lo que hemos creído y esperamos porque Dios lo ha prometido, especialmente cuando vivimos situaciones límites, difíciles de manejar y de entender. Para los cristianos la fe es un regalo de Dios para salvación; «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.» (Efesios 2:8). Este regalo nos permite experimentar el cumplimiento de todas sus promesas en nuestras vidas, convirtiéndose éstas en testimonios poderosos que nos hacen permanecer firmes en Él. 

Y aunque muchos intelectuales persisten en hacer preguntas estrictamente racionales y esperan respuestas específicas sobre nuestra fe, por mucho que tratemos de explicarles y hacerles entender, si no son espirituales, la razón no les servirá de mucho. La fe cristiana es un don de Dios que se manifiesta de forma espiritual, cosa que los estrictamente intelectuales jamás serán capaces de entender. Porque el que es espiritual cree por fe y no necesita pruebas ni evidencias de lo que cree, aunque su razón ya ha validado la realidad espiritual. Así lo establece el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios diciendo: «Ahora bien, Dios nos ha revelado esto por medio de su Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios. Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el Espíritu que procede de Dios para que entendamos lo que por su gracia él nos ha concedido. Esto es precisamente lo que hablamos, no con las palabras que enseña la sabiduría humana sino con las que enseña el Espíritu, de modo que expresamos verdades espirituales en términos espirituales.  El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente. En cambio, el que es espiritual lo juzga todo, aunque él mismo no estás sujeto al juicio de nadie, porque ¿quién ha conocido la mente del Señor para que pueda instruirlo? Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo.» (1 Corintios 2:10:16) 

Son muchas las cosas que ni siquiera la ciencia ha podido explicar del todo, especialmente de nuestro entorno natural y nuestra procedencia y jamás lo podrá hacer. Porque si Dios permitiera que los hombres lo supieran todo, estaría confiriéndole a la humanidad uno de sus inigualables atributos, la omnisciencia. ¡Qué peligro! Así que sólo aquel que tiene algo de fe, es terreno fértil para que el Espíritu de Dios se manifieste revelando las verdades espirituales. Y cuando el Espíritu de Dios ha revelado sus verdades a nuestro espíritu, entonces estamos capacitados para decidir cultivar nuestra relación espiritual con Dios, porque Dios es Espíritu. Por eso podemos renunciar a nuestras vidas y permitir que Él haga su voluntad en ellas. Yo soy testigo de las grandes cosas que se experimentan al confiar y creer en que el Dios de lo imposible, hace las cosas posibles.  Sólo hace falta creer. Creer que sus promesas se cumplirán en nosotros, aunque lo que vemos de frente no se parece a lo que esperamos «Vivimos por fe, no por vista.» (2 Corintios 5:7). Creer que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito.» (Romanos 8:28). Jesús dijo: «Para el que cree, todo es posible.» (Marcos 9:23). En la carta a los Hebreos, encontramos un inigualable resumen bíblico de la historia de la fe desde tiempos inmemorables. Para entender con claridad muchas de las expresiones del capítulo que veremos a continuación, hace falta conocer las historias bíblicas citadas en él. Son los testimonios de aquellos que vivieron creyendo que Dios es Todopoderoso, hacedor de maravillas, milagros y prodigios en todo aquello que se sale de nuestro control, y que consideramos imposible. El relato y definición de fe en esta carta, debe llevarnos a contrastar y examinar lo que entendemos y practicamos por fe en nuestros tiempos. Dice así:

«La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve. Gracias a ella fueron aprobados los antiguos. Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve. Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más aceptable que el de Caín, por lo cual recibió testimonio de ser justo, pues Dios aceptó su ofrenda. Y por la fe Abel, a pesar de estar muerto, habla todavía. Por la fe Enoc fue sacado de este mundo sin experimentar la muerte; no fue hallado porque Dios se lo llevó, pero antes de ser llevado recibió testimonio de haber agradado a Dios. En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan. Por la fe Noé, advertido sobre cosas que aún no se veían, con temor reverente construyó un arca para salvar a su familia. Por esa fe condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe. Por la fe Abraham, cuando fue llamado para ir a un lugar que más tarde recibiría como herencia, obedeció y salió sin saber a dónde iba. Por la fe se radicó como extranjero en la tierra prometida, y habitó en tiendas de campaña con Isaac y Jacob, herederos también de la misma promesa, porque esperaba la ciudad de cimientos sólidos, de la cual Dios es arquitecto y constructor. Por la fe Abraham, a pesar de su avanzada edad y de que Sara misma era estéril, recibió fuerza para tener hijos, porque consideró fiel al que le había hecho la promesa. Así que de este solo hombre, ya en decadencia, nacieron descendientes numerosos como las estrellas del cielo e incontables como la arena a la orilla del mar. Todos ellos vivieron por la fe, y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las reconocieron a lo lejos, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria. Si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella. Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad. Por la fe Abraham, que había recibido las promesas, fue puesto a prueba y ofreció a Isaac, su hijo único, a pesar de que Dios le había dicho: «Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac.» Consideraba Abraham que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos, y así, en sentido figurado, recobró a Isaac de entre los muertos. Por la fe Isaac bendijo a Jacob y a Esaú, previendo lo que les esperaba en el futuro. Por la fe Jacob, cuando estaba a punto de morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyándose en la punta de su bastón. Por la fe José, al fin de su vida, se refirió a la salida de los israelitas de Egipto y dio instrucciones acerca de sus restos mortales. Por la fe Moisés, recién nacido, fue escondido por sus padres durante tres meses, porque vieron que era un niño precioso, y no tuvieron miedo del edicto del rey. Por la fe Moisés, ya adulto, renunció a ser llamado hijo de la hija del faraón. Prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios a disfrutar de los efímeros placeres del pecado. Consideró que el oprobio por causa del Mesías era una mayor riqueza que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa. Por la fe salió de Egipto sin tenerle miedo a la ira del rey, pues se mantuvo firme como si estuviera viendo al Invisible. Por la fe celebró la Pascua y el rociamiento de la sangre, para que el exterminador de los primogénitos no tocara a los de Israel. Por la fe el pueblo cruzó el Mar Rojo como por tierra seca; pero cuando los egipcios intentaron cruzarlo, se ahogaron. Por la fe cayeron las murallas de Jericó, después de haber marchado el pueblo siete días a su alrededor. Por la fe la prostituta Rajab no murió junto con los desobedientes, pues había recibido en paz a los espías. ¿Qué más voy a decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, los cuales por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros. Hubo mujeres que por la resurrección recobraron a sus muertos. Otros, en cambio, fueron muertos a golpes, pues para alcanzar una mejor resurrección no aceptaron que los pusieran en libertad. Otros sufrieron la prueba de burlas y azotes, e incluso de cadenas y cárceles. Fueron apedreados, aserrados por la mitad, asesinados a filo de espada. Anduvieron fugitivos de aquí para allá, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, pasando necesidades, afligidos y maltratados. ¡El mundo no merecía gente así! Anduvieron sin rumbo por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas. Aunque todos obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, ninguno de ellos vio el cumplimiento de la promesa. Esto sucedió para que ellos no llegaran a la meta sin nosotros, pues Dios nos había preparado algo mejor.» (Hebreos 11)

Este resumen nos confronta con la realidad de fe que vivimos hoy. Pues la fe de todos estos hombres y mujeres de Dios descritos en la carta, pareciera estar extinta en este tiempo. Ellos entendían muy bien lo que Santiago expuso en su carta cuando dijo: «Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, sino tiene obras?…» «…Pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.» (Santiago 2:14;26) Muchos de estos testimonios de fe estaban amarrados a la obediencia. Cuando obramos conforme al propósito y a la voluntad de Dios, entonces demostramos la verdadera fe.  Pues cuando vivimos confiando que el plan que Dios diseñó para nuestras vidas es agradable y perfecto, llegamos a experimentar la plenitud y el gozo que hay de vivir agradándole a Él, llegando a ser parte de aquellos que Jesús profetizó diciendo que «los verdaderos adoradores rendirían culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.» (Juan 4:23). Pero contrario a lo que muchos piensan, la fe cristiana es sacrificada.  Me gusta mucho un dicho popular que dice: «La fe no hace las cosas fáciles, hace las cosas posibles». Pero hay que estar dispuestos a sufrir las consecuencias de vivir en oposición a lo que el mundo pretende imponer. ¿Estaremos dispuestos a sufrir las burlas, los azotes, cadenas y cárceles por nuestra fe? ¿Estaremos dispuestos a ser apedreados, asesinados, andar fugitivos pasando necesidades, afligidos y maltratados por causa de nuestra fe? Aunque todas estas cosas no fueran parte de nuestra realidad, son las consecuencias que sufrieron, y el testimonio que dieron aquellos que por sus obras demostraron su fe, y agradaron a Dios adorándole en espíritu y en verdad. Nuestras obras sirven de testimonio al mundo de lo que Dios ha hecho en nosotros, pero nuestra salvación nos ha sido regalada por la fe. En estos tiempos, sólo por la verdadera fe y el Espíritu que Dios ha puesto en nosotros, llegaremos a hacer aquello para lo cual fuimos llamados. Nuestra fe estará siendo probada ahora más que nunca, procuremos la aprobación de Dios y no de los hombres. «Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación.» (1 Pedro 1:6-9)  ¡Avivemos nuestra fe!

Eduardo Figueroa Aponte

En "Coma" el Amor Verdadero…

Adobe Spark (5)«El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.» (1 Juan 4:8). Este versículo bíblico explica la médula de todos nuestros problemas sociales. Muchos profesan amar a los suyos, así que creen en el amor y viven tratando de cultivarlo y disfrutarlo aunque el amor es algo que no se puede ver.  Sin embargo, como no ven a Dios, no creen en Él, no lo profesan, ni tratan de cultivar su relación con Él, por lo tanto tampoco pueden disfrutarla, aunque Dios es el origen mismo del amor.  Pero como todo en nuestras vidas, buscamos apropiarnos y practicar lo que nos conviene y nos gusta.  Así que las cosas que no nos gustan, aunque nos convienen, las rechazamos. Nos pasa con nuestros padres.  Nos encanta que nos amen, nos mimen y nos provean todo lo que nos gusta y necesitamos; pero detestamos que nos corrijan y nos pongan límites, aunque esos límites sean impuestos para protegernos porque nos aman. Así mismo nos pasa con Dios.  Nuestro Creador y Padre celestial nos impuso límites que nunca debimos pasar, pues Él, que todo lo sabe, quiso protegernos de todos los males que hoy nos aquejan.  Pero queremos disfrutar su amor, recibiendo todo lo que Él nos da y le pedimos, pero no queremos saber de sus correcciones y límites, que son producto de su amor por nosotros.

Vivimos en la era en que la humanidad pretende redefinir todas las cosas absolutas en cosas relativas. De aquí nacen un sinnúmero de planteamientos filosóficos individualistas, que carecen de toda razón lógica y credibilidad, pues no cuentan con el apoyo de investigaciones serias que validen la efectividad de dichos planteamientos. Pero el tiempo se ha encargado de evidenciar que donde quiera que se ha aceptado e implantado la práctica de dichos planteamientos, éstos han provocado serias dificultades en la sociedad que ni siquiera los gobiernos saben cómo manejarlas. Y sólo así porque sí pretenden imponer sus filosofías como verdades absolutas que deben ser aceptadas y respetadas e impuestas al resto de la humanidad. Son planteamientos basados en sentimientos pasionales y deseos frívolos producto del pensamiento individualista/egoísta, que aunque puede ser auto-destructivo, se convierte en el capricho de algunos que reclaman tener «derecho» aunque en nada aporte a la estabilidad social, la sana convivencia y el bien común. Por eso hoy encontramos a muchos enredados entre tanta multiplicidad de pensamientos, porque no practican el análisis responsable de todo lo que escuchan o leen, recibiendo y apoyando cualquier cosa que les parezca bien o les convenga, aun cuando no conocen su procedencia, propósito y consecuencias.

Es importante analizar las situaciones de la vida detenidamente, pues son fundamentales para nuestro crecimiento personal y el desarrollo de nuestro carácter y buen juicio, especialmente cuando esas situaciones rompen con nuestros esquemas. En vez de preguntarnos el ¿porqué? de las cosas, debemos preguntarnos ¿para qué? esas cosas. Pero preferimos optar por lo más fácil, dejarnos llevar por la corriente y no hacernos pregunta alguna. Nadie quiere asumir posturas responsables, dicen: «prefiero evitar situaciones, eso es muy problemático…»; pero es honesto. No existe el sano juicio para el análisis de las cosas. Hoy día la honestidad es enemiga de la lealtad. Diferir del otro con respeto es sinónimo de enemistad. «Si no estás conmigo, estás contra mí.» Exigimos tolerancia y equidad cuando no somos capaces de ofrecerlas, ni tratamos a los demás como queremos que nos traten. No obstante, impera la falta de respeto y la burla.  Ante opiniones encontradas, en el mejor de los casos, guardamos silencio para evitar el drama o preferimos ser hipócritas y así congraciarnos con todo el mundo, y nos dejamos arrastrar por la corriente, apoyando cualquier cosa, aunque en realidad no estemos de acuerdo y no tengamos idea hacia dónde nos arrastrará tal corriente. 

Pero claro, resulta más fácil repetir lo que otro dijo, especialmente cuando nos exime de toda responsabilidad con Dios y con los demás, y nos abre las puertas para dar rienda suelta a nuestro instinto animal (irracional) y los más bajos deseos egocentristas, (hagamos todo lo que nos gusta y está prohibido) esto sin medir consecuencias.  Si se ha prohibido, es porque de alguna manera se ha probado que las consecuencias de eso que se ha prohibido son fatales, especialmente si la prohibición proviene de la Palabra de Dios, la Biblia. En la carta a los Romanos el apóstol Pablo plantea lo siguiente «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente.  Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, agradable y perfecta.» (Romanos 12:2).  Todo lo que Dios ha dado por mandato, lo dio por amor a nosotros, sabiendo que nosotros éramos capaces de hacernos daño a nosotros mismos si no teníamos reglas a seguir.  Pero todo aquel que no cree en Dios, y todo el que «cree» pero no le obedece, menosprecia Su amor.

De aquí nace el rechazo y el repudio a los cristianos, pues aunque el mundo no lo reconozca ni lo acepte, los que profesamos y creemos que Dios ha revelado en la Biblia como mandato y normas a seguir para que vivamos vidas plenas, ha sido la estructura que ha permitido que la humanidad trascienda en su existencia, pues de otra manera, ya nos hubiéramos auto-destruido.  Pero como todo lo que Dios ha dicho, hoy día representa «fanatismo, fundamentalismo religioso, violación de derechos civiles, crimen de odio, etc.» pues hay que erradicar el cristianismo. Sí, ahora quieren restringir nuestro derecho constitucional a la libertad de culto, criminalizar nuestra fe, prohibirnos la libertad de expresión, y perseguirnos hasta que decidamos abandonar nuestra fe.  Todo esto porque queremos obedecer el mandato de Dios, de predicar su evangelio a toda criatura, nos convertimos en obstáculo y barrera que detiene la práctica de todo lo que Dios ha prohibido, que resulta muy placentero a los caprichos individuales, pero que al fin y al cabo terminarán por destruir la humanidad. Pero no debe sorprendernos a los que estudiamos y conocemos las Sagradas Escrituras, pues en ellas encontramos que Jesús nos advirtió lo siguiente:

«Se levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá hambres y terremotos por todas partes. Todo esto será apenas el comienzo de los dolores. Entonces los entregarán a ustedes para que los persigan y los maten, y los odiarán todas las naciones por causa de mi nombre. En aquel tiempo muchos se apartarán de la fe; unos a otros se traicionarán y se odiarán; y surgirá un gran número de falsos profetas que engañarán a muchos. Habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará, pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo. Y este evangelio del reino se predicará en todo el mundo como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin.» (Mateo 24:7-14). Todo se está cumpliendo al pie de la letra, el fin se acerca!
Además, para los cristianos, todas estas cosas deben ser motivo de alegría y gozo, y no de aflicción, pues anuncian que se acerca el cumplimiento de las promesas en las que tenemos puesta nuestra esperanza.  Jesucristo habló de todas estas cosas a sus discípulos diciendo: «Dichosos ustedes cuando los odien, cuando los discriminen, los insulten y los desprestigien por causa del Hijo del hombre. Alégrense en aquel día y salten de gozo pues miren que les espera una gran recompensa en el cielo.  Dense cuenta que los antepasados de esta gente trataron así a los profetas.» (Lucas 6:22-23).
Analicemos una frase que tomó mucha fuerza recientemente: «Love Wins». Ésta frase se hizo viral en las redes sociales en los días en que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, aprobó el matrimonio entre parejas del mismo sexo en nombre del amor.  Sin embargo, el matrimonio es una institución sagrada establecida por Dios entre el hombre y la mujer. Pero, aquellos que rechazan las correcciones y límites que impuso Dios por amor, quieren prostituir lo sagrado, legalizando una relación que Dios ha prohibido, imponiendo su supuesto «derecho/conveniencia». La realidad es que la definición que el mundo le ha dado al amor ha sido viciada y no tiene nada que ver con el verdadero amor. Por eso muchos no entienden el sacrificio que Jesucristo hizo al derramar su sangre por nosotros en la cruz, clavando nuestra maldad en ella y reconciliándonos al amor del Padre. Toda nuestra culpa le fue atribuida a Él. Ésta ha sido la manifestación más excelsa del amor de Dios por su máxima creación, la humanidad. Es el evento más trascendental ocurrido en toda la historia, al punto que hoy se divide en antes y después de Cristo.
Les invito a reflexionar en la verdadera definición del amor, que dice así: «El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.» (1 Corintios 13:4-7).
Habiendo leído esta definición; ¿Realmente podemos decir que amamos? Cuando TODOS hayamos entendido lo que es el verdadero amor y reine la paz y el respeto entre todas las esferas sociales, entonces podremos decir «Love Wins»…
Eduardo Figueroa Aponte

¡Victoria! En Medio del Caos que nos Asedia…

bible-clip-art-234545. [downloaded with 1stBrowser]Es evidente que tras el paso de los años, la buena convivencia, los principios, valores y costumbres que permitieron el buen funcionamiento de las sociedades, han ido sucumbiendo. Esto ante las emergentes políticas de convivencia de la postmodernidad, que como epidemias infecciosas y virales, van intoxicando las sociedades del mundo, que hoy convulsa y comienza a dar síntomas de mortandad. Lo más trágico de todo, es que estas epidemias producen un efecto embriagante que inhibe los sentidos y la razón de los más sabios, al punto de convertirlos en necios, aún dentro de la Iglesia.  Son como ríos irrefrenables que al acumular las incesantes lluvias, se llevan todo lo que encuentran a su paso con la fuerza de sus corrientes. De esto nos advirtió el apóstol Pablo diciendo: «Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio según las normas de esta época, hágase ignorante para así llegar a ser sabio. Porque a los ojos de Dios la sabiduría de este mundo es locura. Como está escrito: «Él atrapa a los sabios en su propia astucia»; y también dice: «El Señor conoce los pensamientos de los sabios y sabe que son absurdos.»». (1 Corintios 3:18-20). 

Pero como dice el libro de Proverbios: «El ingenuo cree todo lo que le dicen; el prudente se fija por dónde va. El sabio teme al Señor y se aparta del mal, pero el necio es arrogante y se pasa de confiado». (Proverbios 14:15-16). Ciertamente entre muchos gobernantes y poderosos ya no hay temor de Dios, y procuran que sus súbditos tampoco teman a Dios, para poder manipularlos en el cumplimiento de sus agendas personales. Por eso, encontramos que en todos aquellos que se rebelan contra Dios, se cumple lo que también dijo el apóstol Pablo en la carta a los Romanos: «A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles. Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la impureza sexual, de modo que degradaron sus cuerpos los unos con los otros. Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Amén. Por tanto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas. En efecto, las mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros. Hombres con hombres cometieron actos indecentes, y en sí mismos recibieron el castigo que merecía su perversión. Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no sólo siguen practicándolas sino que incluso aprueban a quienes las practican». (Romanos 1: 21-32)

Sí, esta es la razón por la cual estamos viviendo un CAOS como sociedad alrededor del mundo. Por eso hoy tenemos que lidiar con razonamientos oscurecidos que surgen de la rebeldía contra Dios, como la «perspectiva de género» y las «orientaciones sexuales». Es el afán desmedido de querer cambiarlo todo según los antojos y caprichos de algunos sin medir las consecuencias y los daños que puedan causar esos cambios al resto de la humanidad. Sí, tal es el caso de las farmacéuticas que lanzan productos al mercado que, sin conocer sus efectos a largo plazo, matan a la gente lentamente, al igual que la industria agrícola con sus alimentos genéticamente modificados. Pero como es más importante suplir las necesidades del gobierno y las industrias, que mercadean con la salud y el dolor del pueblo, qué importa. Así también hacen con todo lo que proponen como leyes en estos días, todas sirven a los grandes intereses del capitalismo desmedido. Unos pocos se hacen más ricos y poderosos mientras disfrutan de los manjares del placer y la opulencia, mientras el resto se hace cada vez más pobre, con una pésima calidad de vida, en la que el acceso a los servicios para suplir sus necesidades básicas son cada vez menos accesibles. Es una agenda a la cual los pueblos se anexan inevitablemente sin entender que están siendo manipulados y explotados con un solo propósito, perpetuar el poder de los poderosos.
Mejor no lo pudo haber precisado Juan Valera, cuando dijo:
«La postmodernidad nos ha venido legando el derrumbe de todos los sistemas filosóficos, políticos, morales y religiosos que han servido de baluarte durante la época moderna, (desde el Renacimiento del siglo XVI, hasta la década de los ochenta en el siglo XX). Ha producido la pérdida de horizontes y referentes en todos los órdenes de la vida. La desorientación en cuanto a todo, favorece un vacío existencial, que a su vez y por reacción provoca cuatro características principales de la sociedad postmoderna: hedonismo (el placer por el placer), individualismo (yo me basto), narcisismo (yo soy el centro del mundo) y relativismo (todo vale, no hay verdades absolutas). En el ámbito religioso se produce una extraña simbiosis, por un lado la secularización lo impregna todo, pero a la vez la sociedad postmoderna carente de ilusiones y esperanza, necesita nuevos ídolos e ideologías que no tengan nada que ver con las religiones y creencias tradicionales. De esta manera y paradójicamente, a la secularización tradicional, le precede por un lado, la sacralización de eventos socioculturales, y por otro el auge de movimientos filosófico religiosos de raíz oriental. La apatía social y la negación de las creencias tradicionales y del cristianismo histórico, deja un hueco que revela su importancia, pero que exige nuevas formas de culto. De esta manera nacen las modernas religiones de la música, el culto al cuerpo o el deporte. El Doctor Antonio Cruz, hablando de la música rock, dice: «Se caracteriza por el elevado grado de ritualismo que se origina en sus conciertos. En algunos momentos de estas actuaciones, el ceremonial, buscado y deseado tanto por los músicos como por los espectadores, llega a ser casi religioso… Los conciertos de rock son los cultos grupales de la postmodernidad en los que se sacralizan las propias relaciones sociales.»».

Pero, ¿qué nos dice la Palabra de Dios? «El temor del Señor es el principio del conocimiento: Los necios desprecian la sabiduría y la disciplina». (Proverbios 1:7). «El principio de la sabiduría es el temor del Señor; buen juicio demuestran quienes cumplen sus preceptos…». (Salmos 111:10). Así que como cristianos, debemos resistir el torrente provocado por las fuertes lluvias y mantenernos nadando en contra de esa corriente, y avanzando por los caminos más angostos y difíciles. Porque aunque a nadie le gusta avanzar a través de ellos, son los más seguros y nos garantizan que nuestro esfuerzo valdrá la pena, cuando hayamos llegado a la menta y disfrutemos de la dulce victoria que permanecerá para siempre, nuestra salvación. Así lo planteó Jesús en el relato del evangelio de Mateo diciendo: «Entren por la puerta estrecha. Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción y muchos entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida y son pocos los que la encuentran». (Mateo 7:13-14).  En su carta a los Romanos, el apóstol Pablo también nos exhorta «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su  mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta». (Romanos 12:2). También el apóstol Pedro nos advierte «Por eso dispónganse para actuar con inteligencia; tengan dominio propio; pongan su esperanza completamente en la gracia que se les dará cuando se revele Jesucristo. Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían antes, cuando vivían en la ignorancia.  Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: «Sean santos, por que yo soy Santo»».  (1 Pedro 13-16). Por lo tanto, si vivimos centrados en la voluntad de Dios, podremos avanzar en medio del caos que nos asedia, disfrutando el paisaje y confiados en que Dios nos guiará y nos ayudará a llegar hasta la menta. Somos el cuerpo de Cristo y Él es la cabeza, por eso dijo a sus discípulos «Yo les he dicho estas cosas para en en mí hallen paz.  En el mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo». (Juan 16:33).

Eduardo Figueroa Aponte

Un Llamado a Despertar…

biblencross. [downloaded with 1stBrowser]Somos muchos los que nos hemos desvivido luchando por alcanzar nuestras metas, sueños y anhelos del corazón, y así poder ocupar un lugar respetable ante la sociedad. ¿Y qué hay de malo en eso? Nada. Pero la verdadera pregunta es: ¿De qué sirve todo eso? La gran realidad es que si Dios no ocupa el primer lugar en nuestras vidas, todo lo que hagamos es en vano, según fue establecido en el el libro de los Salmos «Si el Señor no edifica la casa en vano trabajan los que la edifican.  Si el Señor no guarda la ciudad en vano vigila el guardia.  En vano se levantan de madrugada y van tarde a reposar comiendo el pan con dolor; porque a su amado dará Dios el sueño».  (Salmos 127:1-2).  

Muchos hemos alcanzado ya varias de esas metas, sueños y anhelos del corazón, a veces poniendo a Dios en el último lugar y la mayoría de las veces sin contar con Él. Cuando hemos alcanzado el objetivo, surgen otras dos preguntas: ¿Esto era todo? y ¿Ahora que? Ya logré todo lo que me propuse pero no me siento satisfecho ni completo. ¿Por qué? Porque el lugar que le pertenece a Dios en nuestros corazones, está vacío u ocupado por otras cosas que se han convertido en los dioses que dirigen nuestras vidas (la casa, el carro, los viajes, el trabajo, los estudios, los deportes, los títulos, el poder, la fama, el dinero, etc,). Todo esto es bueno y no hay nada malo en disfrutarlo, pero hemos invertido el orden de prioridades, poniendo a Dios por último y en muchos casos sacándolo de nuestras vidas, pues creemos que hemos hecho todo por nosotros mismos y no necesitamos a Dios.  Pero, la verdad es que Dios en su amor de Padre y misericordia a nosotros derrama su bendición, aunque no la merecemos, eso se llama (gracia).

El concepto de «SER ALGUIEN» que la humanidad nos ha querido empujar por ojo, boca y nariz, no tiene nada que ver con la identidad que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Su vida terrenal se resume en una sola palabra, AMOR, y su sacrificio nos ha otorgado el privilegio de ser considerados hijos y coherederos con Él. «Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria». (Romanos 8:17). Y el sufrimiento que enmarca este pasaje, tiene que ver con la advertencia que Jesús hizo, relatada en el evangelio de Mateo diciendo: «Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la encontrará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho». (Mateo 16:24-28). Quiere decir que los que viven y trabajan para Dios recibirán la recompensa que Él ha prometido, pero los que viven y trabajan para sí mismos, reciben como recompensa el fruto de lo que hacen con sus vidas y su trabajo.  En muchas ocasiones, aunque han logrado lo que se han propuesto, ese fruto acarrea sinsabores, dolores de cabeza y frustraciones, y según el pasaje, han perdido sus vidas (su salvación) porque terminan haciendo muchas cosas que no agradan a Dios y les alejan de Él, convirtiéndose en rebeldes al propósito para el cual han sido creados, vivir en Él, con Él y para Él).

Por naturaleza rechazamos vivir en ese amor que Jesús nos modeló y a cambio hemos elegido vivir en (el desamor, el odio, la amargura, la codicia, el dolor, el engaño, la tristeza, la avaricia, el egoísmo, la contienda, el amor al dinero que es idolatría, etc.), todo esto como resultado de vivir y trabajar por nuestros propios deseos, a los cuales le rendimos culto y adoración, y en los cuales desperdiciamos nuestras vidas. Si aceptáramos con humildad la identidad que Dios nos ofrece en Cristo, y decidimos dejar que Él ocupe el lugar que le corresponde, y sacamos todo lo que está ocupando su lugar en nuestro corazón, entonces todo lo que hagamos tendrá un verdadero sentido y propósito fundado en el amor de Dios.

Su palabra dice: “Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” Porque los paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas.» (Mateo 6:31-34). Cuando hacemos lo que dice su Palabra, se cumplen sus promesas en nuestras vidas, y nuestras metas, sueños y anhelos del corazón, se disuelven dentro de las metas, sueños y anhelos del corazón de Dios (su propósito) para nuestras vidas. Sólo así llegaremos a sentir una verdadera satisfacción y gozaremos de una auténtica identidad. A Él sea la gloria!

Eduardo Figueroa Aponte

La Gran Verdad…

bible-and-cross-clip-art_613720. [downloaded with 1stBrowser]Si no le damos la oportunidad a Dios de manifestarse en nuestras vidas por fe, jamás podremos experimentar las grandes cosas que Él ha dispuesto para los que en Él creen y le aman. Pero creer no es suficiente. Dios demanda de nosotros tomar una decisión. ¿Que cuál es? Reconocer y confesar (expresar, declarar) que Jesús es nuestro Señor y Salvador y entregarle nuestra vida en ofrenda y gratitud por su sacrificio en la cruz por nosotros. Tenemos que renunciar a nuestro YO, nuestra VOLUNTAD, nuestro LIBRE ALBEDRÍO y someternos al PLAN perfecto que Él diseñó para aquellos que le DEMUESTRAN su amor. La Biblia dice:

> «Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo.» (Romanos 10:10)

> «Luego dijo Jesús a sus discípulos: —Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme.» (Mateo 16:24)

> «Le contestó Jesús: —El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él. El que no me ama, no obedece mis palabras. Pero estas palabras que ustedes oyen no son mías sino del Padre, que me envió.» (Juan 14:23-24).

> «A los que me aman, les correspondo; a los que me buscan, me doy a conocer.» (Proverbios 8:17)

¿Que cuál es su PLAN? ¡Que vivamos junto a Él eternamente y para siempre! Pero para eso, es necesario que seamos transformados a su semejanza, pues Dios es (santo = separado) y requiere que nosotros vivamos en (santidad = separados). Nuestra vida en esta tierra es sólo la primera etapa, para que ensayemos los valores del Reino espiritual al cual seremos trasladados cuando la carne muera. No significa que estemos encerrados o aparte de los demás, sino que vivamos gozosos y en plenitud haciendo buenas obras, no según las intenciones y los modelos del hombre (mundano = carnal) sino, según las intenciones y los modelos del hombre (espiritual = Jesús/Dios). Esto sin importar que el mundo ande de cabeza, pues su Espíritu Santo nos guiará a toda verdad y toda justicia y Él ha prometido que no careceremos de ningún bien. Esto significa que Dios hará provisión de lo que sea necesario, no lo que se nos antoja (capricho).

Los estándares inalcanzables que el mundo impone como modelos, sólo provocan ansiedad y frustración en la gente común, pues sólo unos pocos llegan allí. Por eso la gente que alcanza todas sus metas en la vida, nunca están satisfechos del todo, pues nuestra satisfacción y plenitud no está completa si no invitamos a Dios a ocupar su trono en nuestro corazón y vivimos conforme a su voluntad que es agradable y perfecta. Ese lugar es suyo, pues Él nos creó y quiere vivir en nosotros, pero sólo tú y yo podemos decidir SACARLO de allí, y en su lugar ocupar ese espacio con cualquier otra cosa/ídolos (otros dioses, casa, carro, dinero, profesión, fama, sexualidad, etc.) entonces jugamos a ser dioses dueños y señores de nuestras vidas que rechazamos el amor del Todopoderoso. Luego tenemos la osadía de cuestionar su amor cuando comenzamos a sufrir las consecuencias de nuestras rebeldías, a pesar de las instrucciones que Él nos ha dejado para vivir en plenitud. Pero cuando decidimos hacer la voluntad de Dios, nos llenamos de gozo, alegría y plenitud en el corazón y somos tratados como hijos y coherederos del reino.  Digo esto no sólo porque conozca la teoría, sino que por la práctica puedo dar fe de que así es.

Nunca es tarde para entregarle tu vida a Jesús, te invito a hacerlo ahora mismo. La misericordia de Dios es tan grande que siempre está buscando oportunidades de tener un encuentro contigo para darte salvación y vida eterna, ESTA ES UNA DE ELLAS. Todo el desastre mundial que estamos viviendo está escrito en las profecías bíblicas, y anuncia que Cristo regresa muy pronto por su Iglesia, para librarle del tiempo de gran tribulación tras la aparición del Anticristo y su dominio sobre la tierra. Así que no esperes más, Él está esperando por ti con brazos abiertos y presto a escucharte. La Biblia dice: «Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón.» (Proverbios 28:13). No importa cuán terrible hayas sido en la vida, ni cuánto daño hayas hecho, si buscas un lugar privado y te arrodillas, y reconoces tus pecados ante Él y te arrepientes de todo corazón entregándole el control de tu vida, todo el mal que hayas hecho será borrado, tu nombre será escrito en el Libro de la Vida Eterna, y comenzarás a ver cómo Dios transforma tu vida, haciendo milagros y prodigios como lo ha estado haciendo en la mía hasta que Cristo regrese por su Iglesia. Te aseguro que será la decisión más grande y acertada que habrás de tomar en toda tu vida y no te arrepentirás.

Por eso, Él envió un Salvador, JESUCRISTO, que por amor a nosotros murió y resucitó en sacrificio para pagar por nuestros pecados (malas desiciones). Así nos reconcilió con el Padre y se convirtió en el modelo a seguir como ser humano, en preparación para nuestra entrada en la vida eterna con Él. SÍ, JESÚS ES EL MODELO A SEGUIR… (NO SON LOS CRISTIANOS, NO SON LOS PASTORES, NO SON LAS IGLESIAS; QUE COMO HUMANOS Y PECADORES COMETEMOS MUCHOS ERRORES…) JESÚS ES EL MODELO A SEGUIR! Su sangre nos limpia de todo pecado mientras nos esforzamos por hacer la voluntad de Dios (sus mandamientos). No hay excusa, todos hacemos nuestro mejor esfuerzo por vivir como Dios manda, pero mientras vivamos en este mundo, presos de nuestra carne, todos fallaremos mucho hasta que Cristo venga y nuestros cuerpos carnales sean glorificados a su semejanza.

¿Y cómo DEMOSTRAMOS que amamos a Dios? Siendo obedientes a sus mandamientos, los cuales fueron dados para cuidarnos de nosotros mismos y las consecuencias de las malas desiciones que tomamos bajo nuestra naturaleza pecaminosa. Hay que dejar que Dios tome el control de nuestras vidas, Él hará cumplir su propósito en nosotros, el cual nos llevará a experimentar una vida plena. Nadie logra experimentar la verdadera plenitud de la vida, hasta que se encuentre viviendo dentro del propósito para el cual Dios lo creó. Su amor por ti y por mí como Padre, es razón suficiente para confiar que sabe lo que es mejor para nosotros, de modo que trazará el camino que nos llevará a alcanzar la verdadera vida, la VIDA ETERNA.

Eduardo Figueroa Aponte