LA SOBERBIA DE LA HUMANIDAD…

Es interesante cómo muchos de nosotros pretendemos agradar «adorar» a Dios mientras vivimos llenos de soberbia, ignorando lo que Dios ha dicho, porque preferimos vivir como nos place. ¿De verdad creemos que agradamos «adoramos» a Dios así? No lo creo. La obediencia es la virtud más indispensable a la hora de intentar agradar o adorar a Dios. «Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.» Mateo 16:24 (RVR1960).

No hay mayor ejemplo de obediencia que el de Jesús, quien se negó a sí mismo para hacer la voluntad del Padre como afirma la Escritura: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.» Filipenses 2:5-8 (RVR1960).  Sin embargo, la soberbia nos consume, y nos rehusamos a obedecer.

Ciertamente la humanidad tiene libre albedrío, pero si alguien pretende acercarse a Dios, y agradarle o adorarle, tiene que renunciar a la libertad que le conduce a practicar el pecado (soberbia), y convertirse en un siervo humilde y fiel que hace la voluntad de su Señor, y por eso disfrutará en plena libertad de las mejores dádivas que su Señor a reservado para todos aquellos siervos que demuestran que son fieles.  Si pretendemos ser discípulos de Jesús y aspiramos a ser como Él, entonces vivir como nos place no es una opción.  Dios vino a habitar entre nosotros para enseñarnos cómo debemos vivir conforme al origen de sus propósitos para la humanidad.  Sin embargo, nos parece poco que Dios haya decidido encarnarse en la figura de Jesús, para ser humillado y acecinado por nosotros, y a cambio Él nos ha pagado con Su perdón y nuestra salvación si nos arrepentimos, creyendo en Él y entregándonos a Él.  Sí, nos parece poco porque pretendemos seguir a Jesús mientras hacemos lo que más nos place, como dice el antiguo cliché, “sigue lo que te dicte tu corazón”.  Este cliché suena como el texto sagrado de una “religión” antropocéntrica, humanista, moderna, posmoderna y actual, pero no como un texto cristiano.  Las Escrituras establecen que seguir lo que dicta el corazón no siempre es lo más prudente o beneficioso.  En Jeremías 17:9-10 (RVR1960) dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?  Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.

Por eso, Jesús también dijo a sus discípulos:  «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.» Marcos 7:21-22 (RVR1960).  Además, el proverbista decía:  «El altivo de ánimo suscita contiendas; Mas el que confía en Jehová prosperará. El que confía en su propio corazón es necio; Mas el que camina en sabiduría será librado.» Proverbios 28:25-26 (RVR1960).  También decía:  «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.» Proverbios 1:7 (RVR1960).  ¿Y cuál es el problema?  Que nos engañamos a nosotros mismos cuando pretendemos agradar “adorar” a Dios, si no somos capaces de renunciar a lo que más nos place, rindiendo nuestra voluntad para ejercitar la virtud de la obediencia a la voluntad de Dios, demostrando así que realmente buscamos agradarle y adorarle, como lo hizo Jesús al renunciar a sí mismo y sufrir hasta la muerte en obediencia al Padre.

Muchos dicen que esto es una tarea difícil.  Tal vez lo sea, pero más difícil fue para Jesús entregarse a la maldad de los hombres para ser humillado y acecinado, con tal de convertirse en la fuente de salvación y vida eterna para la humanidad.  Nadie ha dicho que es fácil, pero no es imposible para un corazón dispuesto a agradar a adorar a Dios, ya que Dios ha dado lo necesario para ayudarnos, como dice  2 Pedro 1:3-11 (RVR1960):  “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.  Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.  Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados.  Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás.  Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.”  Todo lo que hay que hacer es rendir nuestra voluntad, y el que cree y ha nacido de nuevo, ofrecerá su vida en sacrificio al servicio del Evangelio de Cristo, porque vive agradecido de su salvación.  La Escritura dice:  «Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.» Juan 7:37-39 (RVR1960).  Así que somos dotados con el poder del Espíritu Santo para que perseveremos, pero tenemos la responsabilidad de ser intencionales en práctica todo lo que el apóstol Pedro nos exhorta en la porción de su carta que leímos en este párrafo.

Agradar y adorar a Dios es un ejercicio espiritual que requiere el uso de la razón y una gran dosis de fe según Hebreos 4:2 (RVR1960) que dice:  “Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.”  Sólo la fe hace posible que los aspectos espirituales sean procesados por la razón, porque de otra manera, la razón no encuentra sentido a lo espiritual.  La Escritura dice:  “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” Hebreos 11:6 (RVR1960).  También dijo Jesús:  “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.  Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” Juan 4:23-24 (RVR1960).  Además se nos exhorta que:  “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.  Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.  Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” Colosenses 3:1-3 (RVR1960).  Pero como las cosas de arriba no se ven ni se oyen, no creemos lo que dice la Escritura, y por lo tanto, no obedecemos.  Además, es más fácil mantenerse enredado en las cosas perjudiciales de abajo porque alimentan los deseos insaciables de la carne, que obedecer a las Escrituras que alimentan nuestro desarrollo espiritual.

Así que no hay manera en que pretendamos agradar o «adorar» a Dios cuando no hemos rendido nuestra razón a la fe y tampoco estamos dispuestos a sacrificar lo que más nos place para ser obedientes a la voluntad de Dios, que no es otra cosa que ser transformados a imagen y semejanza de Cristo Jesús en todo, cultivando la vida espiritual que nos restaura para la verdadera vida, la vida eterna a la que seremos llevados para ser reunidos con nuestro Padre celestial.  En Marcos 14:38 (RVR1960) se nos exhorta lo siguiente:  “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.”  Por eso, si pretendemos agradar y “adorar” a Dios, la obediencia es crucial, ya que cuando desobedecemos somos considerados incrédulos. Romanos 10:16-17 (RVR 1960) dice:  “Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.”  Sucede que en este último pasaje, la palabra “obedecieron” es la traducción del concepto griego (hupakouo = obedecieron) que está relacionado al concepto griego (akouo = oír), que a la vez, es el equivalente del concepto hebreo (shama’ = oír/obedecer).  Por lo tanto, en los idiomas de la época usados en las Escrituras, tanto en el griego como en el hebreo, “oír y obedecer” son las hojas de una misma rama, básicamente una cosa implica la otra, se sobre entiende que si alguien escuchó, también obedeció.

Por todas partes las Escrituras nos guían a la búsqueda de la transformación de nuestra antigua manera de vivir, porque convertirse en un seguidor de Jesús es una decisión personal y voluntaria que tiene implicaciones serias, y cuando decidimos ser obedientes y negarnos a nosotros mismos como Él lo hizo, el Espíritu Santo de Dios toma el control de nuestra vida y nos guía y nos va transformando poco a poco a imagen y semejanza de Cristo.  Por eso dice la Escritura:  “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.”  Efesios 2:1-3 (RVR1960).  Por lo tanto, si realmente queremos agradar y adorar a Dios, si realmente queremos ser seguidores de Jesucristo, si realmente queremos escapar de la ira para los hijos desobedientes, si realmente queremos llegar a disfrutar de la vida eterna, busquemos obedecer a nuestro Padre y dejemos a un lado la soberbia.  Al igual que los padres terrenales, Dios nos exige obediencia porque nos ama, sabiendo todo lo que nos conviene y buscando evitar que seamos alejados de Él.  Además, de esa manera busca nuestra restauración para que lleguemos a ser a imagen y semejanza de Jesucristo, y llevarnos a las moradas celestiales para que vivamos por toda la eternidad en Su presencia.

Eduardo Figueroa Aponte

El deber del cristiano; ante la locura del mundo…

el-deber-del-cristiano-ante-la-locura-del-mundoEl apóstol Pablo, en su primera carta a los corintios, comenzó amonestando a esa comunidad de fe, porque había cierta rivalidad entre ellos.  Según sus planteamientos, la causa de la rivalidad yacía en que cada bautizado seguía al líder que lo bautizó y defendía la retórica del mismo. Debemos estar conscientes de que la ciudad de Corinto era una de las plazas más importantes para la exposición y exaltación del pensamiento filosófico de la época, donde cada filósofo tenía sus seguidores, y los nuevos creyentes estaban influenciados por esa modalidad. El apóstol les reprochó esta costumbre porque a quien único debían seguir y exaltar era a Cristo. Por eso dio gracias a Dios de no haber bautizado a muchos porque, a pesar de eso, había quienes decían que eran seguidores de él.

Pero queriendo reafirmar y aclarar cuál era su deber dijo: «Pues Cristo no me envió a bautizar sino a predicar el evangelio y esto sin discursos de sabiduría humana, para que la cruz de Cristo no perdiera su eficacia. Me explico: El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios.  Pues está escrito: <Destruiré la sabiduría de los sabios; frustraré la inteligencia de los inteligentes.>  ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el erudito? ¿Dónde el filósofo de esta época? ¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de este mundo? Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen. Los judíos piden señales milagrosas y los gentiles buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado. Este mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles, pero para los que Dios ha llamado, lo mismo judíos que gentiles, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana. Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse. Pero gracias a él ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría -es decir, nuestra justificación, santificación y redención- para que, como está escrito: <Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor.>» (1 Corintios 1-17:31 NVI).

Tengamos presente que aquí los judíos son el pueblo con el que Dios hizo su antiguo pacto y no recibieron a Jesús como Salvador, y los gentiles son el resto de la humanidad, o sea nosotros, que cuando aceptamos el sacrificio de Cristo, nos convertimos en beneficiarios del nuevo pacto en Su sangre. En este pasaje, el apóstol aclaró que su deber era predicar a Cristo crucificado y que el propósito del evangelio de Jesús, no tiene nada que ver con la costumbre griega de filosofar con mucha inteligencia, y ganar seguidores y aplausos.  Sino que en el mensaje que él les llevó de la cruz de Cristo, Dios quiso darse a conocer de manera muy sencilla, con pocas palabras y para la salvación de todo el que crea.  El detalle está en que muchos de los que se creen muy sabios (filosofando al estilo griego), son también muy incrédulos, y siempre buscan la manera de retar lo que otros creen y defienden, con argumentos viciados de la locura humana de este mundo y carentes de la sabiduría que viene de Dios.  El salmista dijo: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor; buen juicio demuestran quienes cumplen sus preceptos. ¡Su alabanza permanece para siempre!» (Salmos 111:10 NVI).  El proverbista también dijo: «El temor del Señor es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la disciplina.» (Proverbios 1:7 NVI).  También dijo: «Confía en el Señor de todo corazón y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos y él allanará tus sendas. No seas sabio en tu propia opinión; más bien, teme al Señor y huye del mal.  Esto infundirá salud a tu cuerpo y fortalecerá tu ser.» (Proverbios 3:5-8 NVI).

Dios nos dejó dicho que la aparente sabiduría de los hombres en este mundo se convertiría en locura, y ciertamente eso es exactamente lo que estamos viendo en este tiempo.  Así que la receta del apóstol Pablo para los que hemos creído en el mensaje de salvación, es permanecer firmes haciendo aquello para lo cual el Señor nos ha llamado, ser sus testigos.  Así lo dejó establecido Jesús antes de su ascensión al cielo en presencia de sus discípulos diciendo: «Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.» (Hechos 1:8 NVI). Por eso, nuestro deber es predicar el evangelio tal cual nos ha sido revelado en la Escritura, y esto desde cualquiera de los altares que nos provee la vida para testificar lo que Dios ha hecho en nosotros, que en ocasiones, no hace falta el uso de palabras, si nos esforzamos por imitar a Jesús. Según el apóstol, lo único indispensable para cumplir este mandato, es tener el Espíritu Santo de Dios que nos capacita para esta tarea.  A través de los siglos hemos visto cómo la intervención de la «sabiduría humana» ha servido como piedra de tropiezo para el mensaje del evangelio. Así ha quedado demostrado, cuando vemos el sinnúmero de denominaciones eclesiásticas, que en vez de unificar la iglesia, la ha dividido.  ¿No es esto lo que el apóstol Pablo le reprochó a la iglesia de Corinto?

Esto evidencia la tendencia de los hombres a rechazar la sabiduría y disciplina de Dios, lo que nos convierte en necios que siguen la locura de los hombres, tal como lee el proverbio del capítulo uno que citamos hace un momento. Jesús nos ha dejado una gran comisión y una promesa cuando dijo: «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:18-20 NVI).  Si esto es así, entonces ¿por qué dudamos tanto y no obedecemos?  Ya Dios nos ha dicho que nos escogió a nosotros los «insensatos, débiles, lo más bajo y despreciado» para llevar el mensaje, porque la gloria debe ser única y exclusivamente para Él. Por eso frustró la sabiduría de los hombres, para que sepan que la verdadera sabiduría está en Dios. Además, en este pasaje Jesús prometió que si obedecemos a lo que se nos ha enseñado, Él estará con nosotros hasta el fin del mundo.  Entonces, ¿por qué tememos?

Así que tenemos el deber de llevar el mensaje del evangelio, hacer discípulos, bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñarles a obedecer.  Estos deberes nos acompañan a TODOS los cristianos desde que aceptamos a Jesús como Señor y Salvador nuestro, sin distinción de personas. Quiere decir, que esto no es responsabilidad únicamente de aquellos que reconocemos como líderes en la iglesia (pastores, diáconos, evangelistas y ministros de la música), es un deber de TODOS. Por lo tanto, no hay excusas, porque todo el que ha recibido a Jesús ha sido sellado con el Espíritu Santo, quien nos ciñe del poder que Él prometió para que seamos testigos.  Y aquí es necesario señalar que la palabra que se tradujo al español como «testigos», en el griego, idioma original del Nuevo Testamento, es la palabra es «μάρτυρες«, que significa (mártires).  ¿Y qué significa esto? Para dejarlo meridianamente claro, miremos la definición que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española: «Persona que padece muerte en defensa de su religión; Persona que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones; Persona que se sacrifica en el cumplimiento de sus obligaciones.»  Entonces ¿a qué nos envió Jesús? ¿A encerrarnos en nuestros templos para gozarnos de su presencia y vivir enajenados de nuestra obligación con el mundo?

NO, sino a llevar su mensaje en palabra y obra dondequiera que Él nos lleve en este mundo, cueste lo que cueste.  Sí, un cristiano debe ser capaz de proclamar su fe y dar testimonio de lo que Dios ha hecho en su vida bajo cualquier circunstancia.  Jesús padeció hasta la muerte siendo inocente, y si nos consideramos sus discípulos y aspiramos a llegar a ser como Él, entonces debemos estar dispuestos a padecer (crítica, burla, menosprecio, acoso, persecución, difamación, traición, abandono, desprecio, injusticia, engaño, maltrato, abuso, agresión, etc.) y hasta morir, porque también resucitaremos a semejanza suya, e iremos a su morada habiendo cumplido con el propósito de Dios. Así lo dejó establecido el apóstol Pablo en su carta a la iglesia de Filipos diciendo: «La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por lo contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.» (Filipenses 2:5-11 NVI). Así que ¿quiénes somos nosotros para pretender defender nuestra propia justicia cuando sufrimos por causa del evangelio? Si Dios se humilló a sí mismo para salvación nuestra, debemos ser capaces de ofrendar hasta nuestra vida si es necesario, para que Su nombre sea glorificado.  La palabra traducida al español como «siervo», en el griego es «δούλου«, que significa (esclavo).  Por lo tanto, si nos proclamamos esclavos de Jesús, como Él se hizo esclavo del Padre, nuestro deber es obedecer como todo esclavo a su señor. Sé que esta palabra puede sonar dura, pero es la verdad. El tiempo para alimentarnos de la leche se acabó, es tiempo de ser fortalecidos con alimento sólido para soportar las pruebas que se avecinan, y poder vencer.

Es por esto que el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo le dijo: «En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos. Tú, por el contrario, sé prudente en todas las circunstancias, soporta los sufrimientos, dedícate a la evangelización; cumple con los deberes de tu ministerio.» (2 Timoteo 4:1-5 NVI). Aquí el apóstol Pablo reiteró su reproche a la sabiduría humana, que reina hoy más que nunca y está dirigida a sus propios deseos, por lo que no toleran la corrección de Dios como Padre.  Este pasaje concuerda con lo que también el apóstol Pedro testificó junto a los demás apóstoles delante de las autoridades de su tiempo, que les juzgaban diciendo: «Terminantemente les hemos prohibido enseñar en ese nombre. Sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y se han propuesto echarnos la culpa a todos de la muerte de ese hombre. -¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!- respondieron Pedro y los demás apóstoles.» (Hechos 5:28-29 NVI). Así que aunque la locura de las autoridades de este mundo nos quiera imponer la ley del silencio, estamos obligados a cumplir con la Ley de Dios, cueste lo que cueste.

Para este tiempo fuimos llamados hermanos, la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la tierra, y nuestro deber es continuar la obra que Él comenzó, no sólo en nuestros templos, sino dondequiera que el Señor nos permite llegar. Las señales de los tiempos anuncian que su regreso está cerca y debemos adelantar su reino en la tierra.  Jesús nos dejó este mensaje: «Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor. Pero entiendan esto: Si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto para no dejarlo forzar la entrada. Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen. <¿Quién es el siervo fiel y prudente a quien su señor ha dejado encargado de los sirvientes para darles la comida a su debido tiempo? Dichoso el siervo cuando su señor, al regresar, lo encuentre cumpliendo con su deber. Les aseguro que lo pondrá a cargo de todos sus bienes. Pero ¿qué tal si ese siervo malo se pone a pensar: «Mi señor se está demorando», y luego comienza a golpear a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos? El día en que el siervo menos lo espere y a la hora menos pensada el señor volverá. Lo castigará severamente y le impondrá la condena que reciben los hipócritas. Y habrá llanto y rechinar de dientes.» (Mateo 24:42-51 NVI).  Así que proclamemos nuestra fe con gozo y sin temor, por encima de toda oposición, porque Dios recibirá toda la gloria y nosotros nuestra salvación.

Un Llamado a Despertar…

biblencross. [downloaded with 1stBrowser]Somos muchos los que nos hemos desvivido luchando por alcanzar nuestras metas, sueños y anhelos del corazón, y así poder ocupar un lugar respetable ante la sociedad. ¿Y qué hay de malo en eso? Nada. Pero la verdadera pregunta es: ¿De qué sirve todo eso? La gran realidad es que si Dios no ocupa el primer lugar en nuestras vidas, todo lo que hagamos es en vano, según fue establecido en el el libro de los Salmos «Si el Señor no edifica la casa en vano trabajan los que la edifican.  Si el Señor no guarda la ciudad en vano vigila el guardia.  En vano se levantan de madrugada y van tarde a reposar comiendo el pan con dolor; porque a su amado dará Dios el sueño».  (Salmos 127:1-2).  

Muchos hemos alcanzado ya varias de esas metas, sueños y anhelos del corazón, a veces poniendo a Dios en el último lugar y la mayoría de las veces sin contar con Él. Cuando hemos alcanzado el objetivo, surgen otras dos preguntas: ¿Esto era todo? y ¿Ahora que? Ya logré todo lo que me propuse pero no me siento satisfecho ni completo. ¿Por qué? Porque el lugar que le pertenece a Dios en nuestros corazones, está vacío u ocupado por otras cosas que se han convertido en los dioses que dirigen nuestras vidas (la casa, el carro, los viajes, el trabajo, los estudios, los deportes, los títulos, el poder, la fama, el dinero, etc,). Todo esto es bueno y no hay nada malo en disfrutarlo, pero hemos invertido el orden de prioridades, poniendo a Dios por último y en muchos casos sacándolo de nuestras vidas, pues creemos que hemos hecho todo por nosotros mismos y no necesitamos a Dios.  Pero, la verdad es que Dios en su amor de Padre y misericordia a nosotros derrama su bendición, aunque no la merecemos, eso se llama (gracia).

El concepto de «SER ALGUIEN» que la humanidad nos ha querido empujar por ojo, boca y nariz, no tiene nada que ver con la identidad que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Su vida terrenal se resume en una sola palabra, AMOR, y su sacrificio nos ha otorgado el privilegio de ser considerados hijos y coherederos con Él. «Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria». (Romanos 8:17). Y el sufrimiento que enmarca este pasaje, tiene que ver con la advertencia que Jesús hizo, relatada en el evangelio de Mateo diciendo: «Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la encontrará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho». (Mateo 16:24-28). Quiere decir que los que viven y trabajan para Dios recibirán la recompensa que Él ha prometido, pero los que viven y trabajan para sí mismos, reciben como recompensa el fruto de lo que hacen con sus vidas y su trabajo.  En muchas ocasiones, aunque han logrado lo que se han propuesto, ese fruto acarrea sinsabores, dolores de cabeza y frustraciones, y según el pasaje, han perdido sus vidas (su salvación) porque terminan haciendo muchas cosas que no agradan a Dios y les alejan de Él, convirtiéndose en rebeldes al propósito para el cual han sido creados, vivir en Él, con Él y para Él).

Por naturaleza rechazamos vivir en ese amor que Jesús nos modeló y a cambio hemos elegido vivir en (el desamor, el odio, la amargura, la codicia, el dolor, el engaño, la tristeza, la avaricia, el egoísmo, la contienda, el amor al dinero que es idolatría, etc.), todo esto como resultado de vivir y trabajar por nuestros propios deseos, a los cuales le rendimos culto y adoración, y en los cuales desperdiciamos nuestras vidas. Si aceptáramos con humildad la identidad que Dios nos ofrece en Cristo, y decidimos dejar que Él ocupe el lugar que le corresponde, y sacamos todo lo que está ocupando su lugar en nuestro corazón, entonces todo lo que hagamos tendrá un verdadero sentido y propósito fundado en el amor de Dios.

Su palabra dice: “Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” Porque los paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas.» (Mateo 6:31-34). Cuando hacemos lo que dice su Palabra, se cumplen sus promesas en nuestras vidas, y nuestras metas, sueños y anhelos del corazón, se disuelven dentro de las metas, sueños y anhelos del corazón de Dios (su propósito) para nuestras vidas. Sólo así llegaremos a sentir una verdadera satisfacción y gozaremos de una auténtica identidad. A Él sea la gloria!

Eduardo Figueroa Aponte