LA SOBERBIA DE LA HUMANIDAD…

Es interesante cómo muchos de nosotros pretendemos agradar «adorar» a Dios mientras vivimos llenos de soberbia, ignorando lo que Dios ha dicho, porque preferimos vivir como nos place. ¿De verdad creemos que agradamos «adoramos» a Dios así? No lo creo. La obediencia es la virtud más indispensable a la hora de intentar agradar o adorar a Dios. «Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.» Mateo 16:24 (RVR1960).

No hay mayor ejemplo de obediencia que el de Jesús, quien se negó a sí mismo para hacer la voluntad del Padre como afirma la Escritura: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.» Filipenses 2:5-8 (RVR1960).  Sin embargo, la soberbia nos consume, y nos rehusamos a obedecer.

Ciertamente la humanidad tiene libre albedrío, pero si alguien pretende acercarse a Dios, y agradarle o adorarle, tiene que renunciar a la libertad que le conduce a practicar el pecado (soberbia), y convertirse en un siervo humilde y fiel que hace la voluntad de su Señor, y por eso disfrutará en plena libertad de las mejores dádivas que su Señor a reservado para todos aquellos siervos que demuestran que son fieles.  Si pretendemos ser discípulos de Jesús y aspiramos a ser como Él, entonces vivir como nos place no es una opción.  Dios vino a habitar entre nosotros para enseñarnos cómo debemos vivir conforme al origen de sus propósitos para la humanidad.  Sin embargo, nos parece poco que Dios haya decidido encarnarse en la figura de Jesús, para ser humillado y acecinado por nosotros, y a cambio Él nos ha pagado con Su perdón y nuestra salvación si nos arrepentimos, creyendo en Él y entregándonos a Él.  Sí, nos parece poco porque pretendemos seguir a Jesús mientras hacemos lo que más nos place, como dice el antiguo cliché, “sigue lo que te dicte tu corazón”.  Este cliché suena como el texto sagrado de una “religión” antropocéntrica, humanista, moderna, posmoderna y actual, pero no como un texto cristiano.  Las Escrituras establecen que seguir lo que dicta el corazón no siempre es lo más prudente o beneficioso.  En Jeremías 17:9-10 (RVR1960) dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?  Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.

Por eso, Jesús también dijo a sus discípulos:  «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.» Marcos 7:21-22 (RVR1960).  Además, el proverbista decía:  «El altivo de ánimo suscita contiendas; Mas el que confía en Jehová prosperará. El que confía en su propio corazón es necio; Mas el que camina en sabiduría será librado.» Proverbios 28:25-26 (RVR1960).  También decía:  «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.» Proverbios 1:7 (RVR1960).  ¿Y cuál es el problema?  Que nos engañamos a nosotros mismos cuando pretendemos agradar “adorar” a Dios, si no somos capaces de renunciar a lo que más nos place, rindiendo nuestra voluntad para ejercitar la virtud de la obediencia a la voluntad de Dios, demostrando así que realmente buscamos agradarle y adorarle, como lo hizo Jesús al renunciar a sí mismo y sufrir hasta la muerte en obediencia al Padre.

Muchos dicen que esto es una tarea difícil.  Tal vez lo sea, pero más difícil fue para Jesús entregarse a la maldad de los hombres para ser humillado y acecinado, con tal de convertirse en la fuente de salvación y vida eterna para la humanidad.  Nadie ha dicho que es fácil, pero no es imposible para un corazón dispuesto a agradar a adorar a Dios, ya que Dios ha dado lo necesario para ayudarnos, como dice  2 Pedro 1:3-11 (RVR1960):  “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.  Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.  Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados.  Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás.  Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.”  Todo lo que hay que hacer es rendir nuestra voluntad, y el que cree y ha nacido de nuevo, ofrecerá su vida en sacrificio al servicio del Evangelio de Cristo, porque vive agradecido de su salvación.  La Escritura dice:  «Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.» Juan 7:37-39 (RVR1960).  Así que somos dotados con el poder del Espíritu Santo para que perseveremos, pero tenemos la responsabilidad de ser intencionales en práctica todo lo que el apóstol Pedro nos exhorta en la porción de su carta que leímos en este párrafo.

Agradar y adorar a Dios es un ejercicio espiritual que requiere el uso de la razón y una gran dosis de fe según Hebreos 4:2 (RVR1960) que dice:  “Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.”  Sólo la fe hace posible que los aspectos espirituales sean procesados por la razón, porque de otra manera, la razón no encuentra sentido a lo espiritual.  La Escritura dice:  “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” Hebreos 11:6 (RVR1960).  También dijo Jesús:  “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.  Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” Juan 4:23-24 (RVR1960).  Además se nos exhorta que:  “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.  Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.  Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” Colosenses 3:1-3 (RVR1960).  Pero como las cosas de arriba no se ven ni se oyen, no creemos lo que dice la Escritura, y por lo tanto, no obedecemos.  Además, es más fácil mantenerse enredado en las cosas perjudiciales de abajo porque alimentan los deseos insaciables de la carne, que obedecer a las Escrituras que alimentan nuestro desarrollo espiritual.

Así que no hay manera en que pretendamos agradar o «adorar» a Dios cuando no hemos rendido nuestra razón a la fe y tampoco estamos dispuestos a sacrificar lo que más nos place para ser obedientes a la voluntad de Dios, que no es otra cosa que ser transformados a imagen y semejanza de Cristo Jesús en todo, cultivando la vida espiritual que nos restaura para la verdadera vida, la vida eterna a la que seremos llevados para ser reunidos con nuestro Padre celestial.  En Marcos 14:38 (RVR1960) se nos exhorta lo siguiente:  “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.”  Por eso, si pretendemos agradar y “adorar” a Dios, la obediencia es crucial, ya que cuando desobedecemos somos considerados incrédulos. Romanos 10:16-17 (RVR 1960) dice:  “Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.”  Sucede que en este último pasaje, la palabra “obedecieron” es la traducción del concepto griego (hupakouo = obedecieron) que está relacionado al concepto griego (akouo = oír), que a la vez, es el equivalente del concepto hebreo (shama’ = oír/obedecer).  Por lo tanto, en los idiomas de la época usados en las Escrituras, tanto en el griego como en el hebreo, “oír y obedecer” son las hojas de una misma rama, básicamente una cosa implica la otra, se sobre entiende que si alguien escuchó, también obedeció.

Por todas partes las Escrituras nos guían a la búsqueda de la transformación de nuestra antigua manera de vivir, porque convertirse en un seguidor de Jesús es una decisión personal y voluntaria que tiene implicaciones serias, y cuando decidimos ser obedientes y negarnos a nosotros mismos como Él lo hizo, el Espíritu Santo de Dios toma el control de nuestra vida y nos guía y nos va transformando poco a poco a imagen y semejanza de Cristo.  Por eso dice la Escritura:  “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.”  Efesios 2:1-3 (RVR1960).  Por lo tanto, si realmente queremos agradar y adorar a Dios, si realmente queremos ser seguidores de Jesucristo, si realmente queremos escapar de la ira para los hijos desobedientes, si realmente queremos llegar a disfrutar de la vida eterna, busquemos obedecer a nuestro Padre y dejemos a un lado la soberbia.  Al igual que los padres terrenales, Dios nos exige obediencia porque nos ama, sabiendo todo lo que nos conviene y buscando evitar que seamos alejados de Él.  Además, de esa manera busca nuestra restauración para que lleguemos a ser a imagen y semejanza de Jesucristo, y llevarnos a las moradas celestiales para que vivamos por toda la eternidad en Su presencia.

Eduardo Figueroa Aponte

Si Dios te ha elegido, no huyas…

si-dios-te-ha-elegido-no-huyasEn la historia de Dios, los profetas siempre han jugado un papel protagónico. Y es que por medio de ellos, se propuso revelar a su pueblo los acontecimientos que han de tener lugar en el futuro inmediato, cercano o lejano. Estas revelaciones pueden ser motivadas por varias razones: la apostasía y un llamado al arrepentimiento; anuncio de condenación a los enemigos de Dios; el anuncio del cumplimiento de lo que Él había advertido que acontecerá a los desobedientes; y el cumplimiento de las bendiciones que han de manifestarse por causa de sus promesas. Sin embargo, el ministerio de los profetas del Antiguo Testamento nunca fue tarea fácil.  El contexto histórico bajo el cual se desarrollaron estos ministerios, era uno lleno de peligros, especialmente por el riesgo de perder la vida, mientras se estaba cumpliendo con un mandato (voluntad) de Dios. Para esto, había que tener agallas, y sobre todo amar a Dios de todo corazón, que implica (obediencia). No obstante, aunque realmente amemos a Dios de todo corazón y seamos obedientes, nuestra humanidad nos traiciona y terminamos en desobediencia, especialmente cuando tenemos miedo, o porque lo que Dios quiere que hagamos no se parece a lo que realmente quisiéramos hacer.

Tal fue el caso del profeta Jonás, a quien Dios escogió para llevar su mensaje de condenación, contra la maldad del rey de Asiria, quien había levantado su voz con blasfemia y vituperio contra Jehová y se atrevió a tomar las ciudades fortificadas de Judá. Jonás no vio con buenos ojos esta encomienda, pues sabía que mensaje podía provocar el arrepentimiento de los habitantes de Nínive y que Dios los perdonara.  Y es que el más grande deseo de Jonás era que ellos fueran destruidos a causa de su maldad. Las motivaciones de Jonás estaban enraizadas en el legalismo religioso que caracterizaba a los judíos, que no les permitía entender el amor y la misericordia de Dios para con todos (sus adversarios), cuando ellos mismos en muchas ocasiones fueron perdonados por su rebeldía y maldad. Por eso tampoco entendieron que la misericordia de Dios se hizo manifiesta y extensiva al mundo, en la salvación consumada por Jesucristo, tras su sacrificio en la cruz del Calvario. Además de darle la oportunidad a los habitantes de Nínive de arrepentirse, Dios estaba confrontando al profeta con su talón de Aquiles.

El libro del profeta Jonás, no es otra cosa que la manifestación de la misericordia de Dios. Comienza ordenando al profeta que pregone la condenación que vendría sobre los habitantes de Nínive por su maldad, pero debemos entender que, cuando Dios anuncia condenación por medio de los profetas, siempre está ofreciendo una oportunidad para el arrepentimiento. Es por eso que Jonás decidió desobedecer el mandato, puesto que conociendo el “modus operandi” de Dios, prefirió no ser partícipe de la benevolencia de Jehová con los ninivitas, y decidió “huir” de su presencia. Bien debió saber Jonás que no hay forma de huir de la presencia de Dios, pero al parecer, su sed de venganza y su coraje contra los ninivitas era tal, que antes de ser canal de bendición, prefería la muerte y tal vez por eso decidió desobedecer. Y como Dios respeta nuestras decisiones, le dio espacio para que lidiara con su rabieta y se enfrentara las consecuencias de ella.

Según vemos en Jonás, el rencor es un sentimiento que alimenta la soberbia, disminuye nuestro discernimiento espiritual y nos aleja de la voluntad de Dios. A su vez, esto nos lleva a tomar decisiones motivadas por razones incorrectas que acarrean consecuencias nefastas. Entonces, al igual que el profeta, cuando nos encontramos en un callejón sin salida y presos de nuestras rebeliones, decidimos clamar a Dios e implorar por su misericordia, la misma que no queremos ejercitar con nuestros semejantes. Sin embargo, en medio de nuestro merecido infortunio, Dios atiende nuestro clamor y se apresta a salvarnos y liberarnos, como resultado de su gran amor. Sólo así aprendemos la obediencia a la voluntad de Dios, y terminamos haciendo aquello que Él nos ha encomendado. No obstante, aun cuando hemos decidido someternos a su voluntad, al igual que Jonás, muchas veces terminamos contendiendo con Dios porque hace lo que quiere, y no lo que nosotros queremos. Pero es que no acabamos de entender que los designios de Dios son perfectos y que Él obrará conforme a su propósito y para su gloria. Por eso, como Jonás, somos insertados por Dios en un escenario que nos confrontará una vez más con nuestro talón de Aquiles, para que trabajemos con él y no sea obstáculo al propósito de Dios.  Después de todo, ser elegido por Dios para que ejecutemos sus planes, es un privilegio, y sólo puede acarrear bendición.

A groso modo, hemos analizado la historia que comprende el libro de Jonás. Pero dedicaré las siguientes líneas al estudio detallado de los diez versículos que comprenden el capítulo tres. Es en este capítulo, donde luego de haber sido vomitado por el gran pez que Dios preparó para Jonás, éste decidió ir a proclamar el mensaje que Dios le dio, mediante el cual los ninivitas se arrepintieron y Dios se retractó de hacerles el mal que había dicho que les haría, porque los perdonó. Para estos efectos, estaremos utilizando la versión Reina Valera (RVR60) de la Biblia.

Los primeros dos versículos dicen así: “1 Vino palabra de Jehová por segunda vez a Jonás, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré”. Esta es la segunda ocasión que Jonás recibe el mandato, puesto que la primera vez él decidió desobedecer y “huir” de la presencia de Jehová. Es curioso que el relato no da detalles del mensaje que Jonás debía proclamar y da a entender que en el momento preciso, Dios iba a darle a conocer su mensaje. Podríamos inferir que Dios sabía que si Jonás llegaba a conocer el mensaje desde ese momento, podía prejuiciarse y arrepentirse de llevar acabo la voluntad de Dios. Y es que según Walton, Matthews y Chavalas (2004), “el viaje desde Jope (donde creemos que el pez dejó a Jonás) hasta Nínive era de unos 935 km. Por lo general, las caravanas viajaban entre 35 y 40 km por día para completar el viaje en aproximadamente un mes” (Walton, 2004, p. 888). Como humanos, somos muy propensos a repetir nuestros errores, pues el deseo de nuestra carne siempre estará contra el espíritu y viceversa, para que no hagamos lo que queremos, según Gálatas 5:17. Jamieson, Fausset y Brown (2003), Dios no le dio el mensaje en esta ocasión, porque “esto es para mostrar cuán libremente se da a sí mismo, en el espíritu de la obediencia incondicional, para hablar todo lo que a Dios plazca” (Jamieson, Fausset, & Brown, 2003, pp. 1,032). El caso es que esta vez, Jonás decidió obedecer.

Continúa el versículo tres diciendo: “Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová. Y era Nínive ciudad grande en extremo, de tres días de camino”. Algunos afirman, que “Jonás predicó en Nínive a la fuerza” (La Casa de la Biblia, 1997, p. 344). Sin embargo, su oración o cántico de gratitud a Dios, desde el vientre del gran pez por su salvación, infiere un cambio de actitud por su arrepentimiento. Los tres días de camino que le tomaría a Jonás recorrer la ciudad con su mensaje, debió incluir todos los lugares públicos de la ciudad, gran parte de las doce zonas de puertas y las zonas del templo, en las mejores horas para hacer anuncios importantes (Walton, 2004, p. 888). Es interesante el planteamiento suspicaz de Schokel (1980), al expresar que “surge un paralelismo: los tres días o jornadas de recorrido a pie con los tres días en el monstruo. ¿Tiene la ciudad algo de monstruosa, capaz de devorar al profeta?, ¿O sólo parece el ser grande (el adjetivo favorito del libro)? (Schokel & Sicre Díaz, 1980, p. 65). Y es que a Nínive se le ha conocido como una ciudad espeluznante, principalmente por sus crueldad y opresión.

Sigue el relato en el versículo 4 al decir: “Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida.” Vale la pena hacer un paréntesis aquí para contrastar el versículo anterior, que afirma que se necesitaban tres días para recorrer Nínive, a diferencia de éste, que establece que Jonás predicó camino de un día. Y es que según Wenham, Motyer, Carson y France (2003), en Nínive “se necesitaban tres días para que un forastero hiciera una visita apropiada”, ésta visita incluiría cierta burocracia aplicada a embajadores y visitantes reales, que en el caso de Jonás se gestionó sólo la parte del primer día del programa como embajador, pues los profetas representaban a un dios, y disfrutaban de cierta inmunidad diplomática (Wenham, Motyer, Carson, & France, 2003, pp. 1,831).

Así que según lo antes expresado, debemos entender que los tres días mencionados implicaban los procesos burocráticos de las visitas oficiales, y no que la ciudad tuviera tal extensión territorial que tomara tres días de camino. Pero en cuanto al mensaje que pregonó Jonás, es curioso que en el relato no se registre el momento en que Dios le reveló tal mensaje al profeta. Pero no es menos curioso que el cumplimiento de su profecía debía tener lugar en cuarenta días. Según Henry (1999) “Cuarenta días es mucho tiempo para que el justo Dios demore juicios, pero es poco para que un pueblo impío se arrepienta y se reforme (Henry, 1999, p. 710).

Pero hace mucho sentido la interpretación de Schokel al decir que “La última palabra del mensaje, “arrasada” o destruida, despierta un eco conocido en el término con que los profetas se refieren a Sodoma y Gomorra, y los recuerdos inducen al sentido de catástrofe, mientras Jonás resulta un poco como Abrahán; ¿Habrá escapatoria? ¿Habrá cincuenta justos?…” (Schokel & Sicre Díaz, 1980, p. 66). Así que bien pudiera ser ésta la razón por la cual los ninivitas creyeron a Dios y se arrepintieron, como vemos en el versículo cinco que dice: “Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos”. Ciertamente debieron estar consientes de lo que afirma Schokel, además de la experiencia que vivieron cuando acamparon en contra del rey Ezequías en Jerusalén, en la que fueron heridos de muerte miles de soldados asirios por el ángel de Jehová, por lo que el restante de ellos se volvieron a Nínive junto a su rey Senaquerib. También se dice que los asirios habían experimentado circunstancias terribles que pudieron haber influido en su arrepentimiento, a saber: “la invasión por un enemigo, un eclipse total de sol; hambruna y una epidemia; y una inundación grave” (Wenham, Motyer, Carson, & France, 2003, pp. 1,832). Así que según esto debían estar algo sensibles y a la vez temerosos de volver a sufrir, o más bien desaparecer.

Así que tal amenaza proveniente del Dios de Israel debió sacudir al rey de Nínive, para provocar lo que quedó registrado en el los versículos del seis al ocho, que dice: “Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. E hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?”. Es interesante la reacción del rey al recibir la noticia, pues estaba muy consciente de la maldad y la violencia que dominaban su ciudad, y aunque el mensaje nunca denunció cosa alguna por el cual vendría la destrucción, ciertamente debían estar conscientes de su injusta manera de vivir.

Seguramente, era la primera vez que un Dios, les enviaba una sentencia de muerte y decidieron humillarse delante de Él, auscultando la posibilidad de apaciguar la ira del Dios de Israel. Y la mejor forma de hacerlo, era la que conocían como parte de las costumbres de los pueblos de la época. Por lo tanto, esto representa un verdadero acto de arrepentimiento y acto de fe, pues decidieron abandonar sus malas prácticas y apartarse de sus malos caminos, sometiendo hasta a los animales a la humillación, aun cuando no tenían base o fundamento alguno que les motivara a esto (Jamieson, Fausset, & Brown, 2003, pp. 1,033). Seguramente esta experiencia servía de enseñanza, como sugiere Young (1977), cuando dice que “la misión de Jonás sirve para hacerles ver a los Israelitas el hecho de que la salvación de Jehová no era exclusiva para una nación. Israel era el siervo que había de llevar el conocimiento de Jehová al mundo” (Young, 1997, p. 282).

Por eso encontramos en el versículo diez un revés a los deseos de Jonás, al registrar que los ninivitas son perdonados por Dios cuando dice: “10 Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo”. Éste fue el desenlace que tanto temió Jonás que fuera el resultado de su predicación, pues el esperaba que Nínive fuera condenada. Pero aquí se hace realidad el planteamiento del salmista cuando dijo: “al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17). Y es que como dice Drane (2004), el mensaje sería un correctivo del exclusivismo de muchos judíos, que al igual que Jonás, estaban dispuestos a distanciarse con tal de no compartir su fe con otros, prefiriendo la destrucción de los no judíos antes que el arrepentimiento que le proporcionara la bendición divina (Drane, 2004, p. 205).

Pese a la respuesta de los ninivitas, no debe tomarse por hecho que ellos hayan cambiado sus dioses. Esto afirman Walton, Matthews y Cavalas, al decir que “los ninivitas no se deshicieron de sus ídolos, ni mostraron gran inclinación a reemplazar a sus dioses por el Yahvé de Israel. Reconocer el poder de un determinado dios no era igual a aceptarlo como su dios único y exclusivo” (Walton, 2004, p. 889). Pero Jamieson, Fausset y Bronw afirman que “el que Dios salvara a Nínive, con las primeras señales de su arrepentimiento, alienta al penitente tímido, y enseña de antemano que la sentencia de Israel, efectuada poco después ha de atribuirse, no a la falta de voluntad para perdonar de parte de Dios, sino a la propia obstinada impenitencia de ellos”. (Jamieson, Fausset, & Brown, 2003, p. 1034). Schokel concuerda con ellos pero añade un argumento interesante al decir que Dios puede cambiar si el hombre cambia, lo que se dice de Israel vale también para los paganos (Schokel & Sicre Díaz, 1980, p. 361). Ciertamente el perdón de Dios para los ninivitas envuelve una enseñanza formidable de la misericordia de Dios, ratificada en el capítulo final, en el que Dios le recrimina a Jonás su actitud.

Ya hemos considerado cada uno de los versículos del capítulo tres del libro de Jonás. Recapitulando en los hallazgos de nuestra investigación:

  • Vimos que Jonás, habiendo experimentado una situación traumática que casi le cuesta la vida, entiende que no es posible huir de Dios, y arrepentido, en esta ocasión prefiere ser obediente a su voluntad. Y esto, sin haber recibido el mensaje que debía llevar, pues Dios se lo haría saber en algún momento.
  • A Jonás le esperaba un largo camino, y debía estar dispuesto a obedecer, cualquiera que fuera el mensaje. De haberlo conocido de antemano, tal vez corría el riesgo de prejuiciarse y volver a tomar una decisión equivocada, guiada por sus sentimientos y no conforme al propósito de Dios.
  • Se considera que existe cierto paralelismo entre la descripción de la ciudad y los tres días de camino, con su anterior experiencia en el vientre del gran pez.
  • En cuanto al mensaje, resalta la intencionalidad del plazo de cuarenta días para el cumplimiento de la profecía, que a todas luces grita la misericordia de Dios en la oportunidad para arrepentirse.
  • La pronta respuesta de los ninivitas es relacionada con el resultado de la afrenta sufrida por el ejército asirio cuando se levantó con arrogancia ante Judá, además de varias experiencias traumáticas que como ciudad habían vivido.
  • La penitencia de ayuno de hombres y animales, y el vestirse de cilicio y ceniza, revela la forma en que se humillaban los pueblos antiguos, buscando el favor de sus dioses. En este caso, ante la amenaza del Dios de Israel, esperaban tener una oportunidad dentro del plazo establecido.
  • Dios los perdonó y no fueron destruidos, lo que sirve de moraleja al pueblo de Dios, que creían tener un Dios exclusivo que sólo los debía salvar a ellos, pero el deber de ellos como pueblo era dar a conocer al Dios que salva a las naciones.

El mensaje del capítulo tres del libro de Jonás, nos confronta con nuestra naturaleza humana, que tiende a rehusarse a la voluntad de Dios, porque con regularidad no se parece a lo que nosotros queremos o esperamos. La realidad es que cuando esa naturaleza nos domina, estamos teniendo serios problemas en nuestra relación con Dios. La mayoría de las veces que esto pasa, es que no hemos decidido negarnos a nosotros mismos, postrando todo lo que somos y lo que tenemos a los pies de la cruz, para que Él nos dirija, trace nuestro camino y haga cumplir su propósito en nosotros. Por eso, Dios permite que nos rodeen las tempestades en las que decidimos navegar, porque la furia de ellas nos recuerdan que sin Él nada somos, y que en Él hay plenitud de gozo y delicias a su diestra para siempre.

Muchas veces nos sentamos a esperar que Dios nos de todos los detalles de lo que será nuestro caminar en Él, cuando la mayoría del tiempo no nos conviene saberlo. Sin saber los detalles somos expertos poniéndole trabas a Dios en el plan que a diseñado para nosotros, imagínense si llegamos a saberlo todo… Lo ideal es renunciar al yo, y ponernos en las manos de Dios para que nos use como Él quiera. No son pocas las veces que Dios nos envía a lugares a los que no queremos ir, o a personas con las que no quisiéramos tratar. Pero lo hace para que derrotemos los límites que con frecuencia ponemos en nuestras mentes y corazones, que son piedras de tropiezo en la transformación que Él quiere hacer en nosotros y en el plan de trabajo donde nos quiere insertar. Nada puede hacer a los hombres más felices que vivir en el centro de la voluntad de Dios. Pero esto implica el abandonar nuestros viejos prejuicios y estar dispuestos a trabajar con las nuevas herramientas que Dios quiere poner a nuestra disposición. Él quiere depositar el vino nuevo en odres nuevos. Fuimos llamados para ser instrumentos y servir al plan de Dios, no a servirnos conforme al nuestro. Dios está buscando adoradores que le adoren en espíritu y en verdad, aquellos que no sean piedras de tropiezo y sí instrumentos de bendición.

Eduardo Figueroa Aponte

Referencias

Drane, J. (2004). Introducción al Antiguo Testamento. Barcelona, España:           Editorial Clie.

Henry, M. (1999). Comentario Bíblico de Matthew Henry . Terrassa, Barcelona: Editorial CLIE.

Jamieson, R., Fausset, A. R., & Brown, D. (2003). Comentario Exegético Explicativo de la Biblia Tomo I: El Antiguo Testamento. El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones.

La Casa de la Biblia. (1997). Comentario al Antiguo Testamento II. Navarra, España: Editorial La Casa de la Biblia.

Schokel, A., & Sicre Díaz, J. L. (1980). Profetas II; Ezequiel * Doce Profetas Menores * Daniel * Baruc * Carta de Jeremías. Madrid, España: Ediciones Cristiandad.

Walton, M. C. (2004). Comentario del Contexto Cultural de la Biblia Antiguo Testamento. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Wenham, Motyer, Carson, & France. (2003). Nuevo Comentario Bíblico Siglo Veintiuno. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Young, E. J. (1997). Una Introducción al Antiguo Testamento. Grand Rapids, Michigan: Editorial Wm B. Eerdmans Publishing Co.

 

El deber del cristiano; ante la locura del mundo…

el-deber-del-cristiano-ante-la-locura-del-mundoEl apóstol Pablo, en su primera carta a los corintios, comenzó amonestando a esa comunidad de fe, porque había cierta rivalidad entre ellos.  Según sus planteamientos, la causa de la rivalidad yacía en que cada bautizado seguía al líder que lo bautizó y defendía la retórica del mismo. Debemos estar conscientes de que la ciudad de Corinto era una de las plazas más importantes para la exposición y exaltación del pensamiento filosófico de la época, donde cada filósofo tenía sus seguidores, y los nuevos creyentes estaban influenciados por esa modalidad. El apóstol les reprochó esta costumbre porque a quien único debían seguir y exaltar era a Cristo. Por eso dio gracias a Dios de no haber bautizado a muchos porque, a pesar de eso, había quienes decían que eran seguidores de él.

Pero queriendo reafirmar y aclarar cuál era su deber dijo: «Pues Cristo no me envió a bautizar sino a predicar el evangelio y esto sin discursos de sabiduría humana, para que la cruz de Cristo no perdiera su eficacia. Me explico: El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios.  Pues está escrito: <Destruiré la sabiduría de los sabios; frustraré la inteligencia de los inteligentes.>  ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el erudito? ¿Dónde el filósofo de esta época? ¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de este mundo? Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen. Los judíos piden señales milagrosas y los gentiles buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado. Este mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles, pero para los que Dios ha llamado, lo mismo judíos que gentiles, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana. Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse. Pero gracias a él ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría -es decir, nuestra justificación, santificación y redención- para que, como está escrito: <Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor.>» (1 Corintios 1-17:31 NVI).

Tengamos presente que aquí los judíos son el pueblo con el que Dios hizo su antiguo pacto y no recibieron a Jesús como Salvador, y los gentiles son el resto de la humanidad, o sea nosotros, que cuando aceptamos el sacrificio de Cristo, nos convertimos en beneficiarios del nuevo pacto en Su sangre. En este pasaje, el apóstol aclaró que su deber era predicar a Cristo crucificado y que el propósito del evangelio de Jesús, no tiene nada que ver con la costumbre griega de filosofar con mucha inteligencia, y ganar seguidores y aplausos.  Sino que en el mensaje que él les llevó de la cruz de Cristo, Dios quiso darse a conocer de manera muy sencilla, con pocas palabras y para la salvación de todo el que crea.  El detalle está en que muchos de los que se creen muy sabios (filosofando al estilo griego), son también muy incrédulos, y siempre buscan la manera de retar lo que otros creen y defienden, con argumentos viciados de la locura humana de este mundo y carentes de la sabiduría que viene de Dios.  El salmista dijo: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor; buen juicio demuestran quienes cumplen sus preceptos. ¡Su alabanza permanece para siempre!» (Salmos 111:10 NVI).  El proverbista también dijo: «El temor del Señor es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la disciplina.» (Proverbios 1:7 NVI).  También dijo: «Confía en el Señor de todo corazón y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos y él allanará tus sendas. No seas sabio en tu propia opinión; más bien, teme al Señor y huye del mal.  Esto infundirá salud a tu cuerpo y fortalecerá tu ser.» (Proverbios 3:5-8 NVI).

Dios nos dejó dicho que la aparente sabiduría de los hombres en este mundo se convertiría en locura, y ciertamente eso es exactamente lo que estamos viendo en este tiempo.  Así que la receta del apóstol Pablo para los que hemos creído en el mensaje de salvación, es permanecer firmes haciendo aquello para lo cual el Señor nos ha llamado, ser sus testigos.  Así lo dejó establecido Jesús antes de su ascensión al cielo en presencia de sus discípulos diciendo: «Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.» (Hechos 1:8 NVI). Por eso, nuestro deber es predicar el evangelio tal cual nos ha sido revelado en la Escritura, y esto desde cualquiera de los altares que nos provee la vida para testificar lo que Dios ha hecho en nosotros, que en ocasiones, no hace falta el uso de palabras, si nos esforzamos por imitar a Jesús. Según el apóstol, lo único indispensable para cumplir este mandato, es tener el Espíritu Santo de Dios que nos capacita para esta tarea.  A través de los siglos hemos visto cómo la intervención de la «sabiduría humana» ha servido como piedra de tropiezo para el mensaje del evangelio. Así ha quedado demostrado, cuando vemos el sinnúmero de denominaciones eclesiásticas, que en vez de unificar la iglesia, la ha dividido.  ¿No es esto lo que el apóstol Pablo le reprochó a la iglesia de Corinto?

Esto evidencia la tendencia de los hombres a rechazar la sabiduría y disciplina de Dios, lo que nos convierte en necios que siguen la locura de los hombres, tal como lee el proverbio del capítulo uno que citamos hace un momento. Jesús nos ha dejado una gran comisión y una promesa cuando dijo: «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:18-20 NVI).  Si esto es así, entonces ¿por qué dudamos tanto y no obedecemos?  Ya Dios nos ha dicho que nos escogió a nosotros los «insensatos, débiles, lo más bajo y despreciado» para llevar el mensaje, porque la gloria debe ser única y exclusivamente para Él. Por eso frustró la sabiduría de los hombres, para que sepan que la verdadera sabiduría está en Dios. Además, en este pasaje Jesús prometió que si obedecemos a lo que se nos ha enseñado, Él estará con nosotros hasta el fin del mundo.  Entonces, ¿por qué tememos?

Así que tenemos el deber de llevar el mensaje del evangelio, hacer discípulos, bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñarles a obedecer.  Estos deberes nos acompañan a TODOS los cristianos desde que aceptamos a Jesús como Señor y Salvador nuestro, sin distinción de personas. Quiere decir, que esto no es responsabilidad únicamente de aquellos que reconocemos como líderes en la iglesia (pastores, diáconos, evangelistas y ministros de la música), es un deber de TODOS. Por lo tanto, no hay excusas, porque todo el que ha recibido a Jesús ha sido sellado con el Espíritu Santo, quien nos ciñe del poder que Él prometió para que seamos testigos.  Y aquí es necesario señalar que la palabra que se tradujo al español como «testigos», en el griego, idioma original del Nuevo Testamento, es la palabra es «μάρτυρες«, que significa (mártires).  ¿Y qué significa esto? Para dejarlo meridianamente claro, miremos la definición que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española: «Persona que padece muerte en defensa de su religión; Persona que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones; Persona que se sacrifica en el cumplimiento de sus obligaciones.»  Entonces ¿a qué nos envió Jesús? ¿A encerrarnos en nuestros templos para gozarnos de su presencia y vivir enajenados de nuestra obligación con el mundo?

NO, sino a llevar su mensaje en palabra y obra dondequiera que Él nos lleve en este mundo, cueste lo que cueste.  Sí, un cristiano debe ser capaz de proclamar su fe y dar testimonio de lo que Dios ha hecho en su vida bajo cualquier circunstancia.  Jesús padeció hasta la muerte siendo inocente, y si nos consideramos sus discípulos y aspiramos a llegar a ser como Él, entonces debemos estar dispuestos a padecer (crítica, burla, menosprecio, acoso, persecución, difamación, traición, abandono, desprecio, injusticia, engaño, maltrato, abuso, agresión, etc.) y hasta morir, porque también resucitaremos a semejanza suya, e iremos a su morada habiendo cumplido con el propósito de Dios. Así lo dejó establecido el apóstol Pablo en su carta a la iglesia de Filipos diciendo: «La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por lo contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.» (Filipenses 2:5-11 NVI). Así que ¿quiénes somos nosotros para pretender defender nuestra propia justicia cuando sufrimos por causa del evangelio? Si Dios se humilló a sí mismo para salvación nuestra, debemos ser capaces de ofrendar hasta nuestra vida si es necesario, para que Su nombre sea glorificado.  La palabra traducida al español como «siervo», en el griego es «δούλου«, que significa (esclavo).  Por lo tanto, si nos proclamamos esclavos de Jesús, como Él se hizo esclavo del Padre, nuestro deber es obedecer como todo esclavo a su señor. Sé que esta palabra puede sonar dura, pero es la verdad. El tiempo para alimentarnos de la leche se acabó, es tiempo de ser fortalecidos con alimento sólido para soportar las pruebas que se avecinan, y poder vencer.

Es por esto que el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo le dijo: «En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos. Tú, por el contrario, sé prudente en todas las circunstancias, soporta los sufrimientos, dedícate a la evangelización; cumple con los deberes de tu ministerio.» (2 Timoteo 4:1-5 NVI). Aquí el apóstol Pablo reiteró su reproche a la sabiduría humana, que reina hoy más que nunca y está dirigida a sus propios deseos, por lo que no toleran la corrección de Dios como Padre.  Este pasaje concuerda con lo que también el apóstol Pedro testificó junto a los demás apóstoles delante de las autoridades de su tiempo, que les juzgaban diciendo: «Terminantemente les hemos prohibido enseñar en ese nombre. Sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y se han propuesto echarnos la culpa a todos de la muerte de ese hombre. -¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!- respondieron Pedro y los demás apóstoles.» (Hechos 5:28-29 NVI). Así que aunque la locura de las autoridades de este mundo nos quiera imponer la ley del silencio, estamos obligados a cumplir con la Ley de Dios, cueste lo que cueste.

Para este tiempo fuimos llamados hermanos, la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la tierra, y nuestro deber es continuar la obra que Él comenzó, no sólo en nuestros templos, sino dondequiera que el Señor nos permite llegar. Las señales de los tiempos anuncian que su regreso está cerca y debemos adelantar su reino en la tierra.  Jesús nos dejó este mensaje: «Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor. Pero entiendan esto: Si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto para no dejarlo forzar la entrada. Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen. <¿Quién es el siervo fiel y prudente a quien su señor ha dejado encargado de los sirvientes para darles la comida a su debido tiempo? Dichoso el siervo cuando su señor, al regresar, lo encuentre cumpliendo con su deber. Les aseguro que lo pondrá a cargo de todos sus bienes. Pero ¿qué tal si ese siervo malo se pone a pensar: «Mi señor se está demorando», y luego comienza a golpear a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos? El día en que el siervo menos lo espere y a la hora menos pensada el señor volverá. Lo castigará severamente y le impondrá la condena que reciben los hipócritas. Y habrá llanto y rechinar de dientes.» (Mateo 24:42-51 NVI).  Así que proclamemos nuestra fe con gozo y sin temor, por encima de toda oposición, porque Dios recibirá toda la gloria y nosotros nuestra salvación.

¿Fundamentalistas? Sí, todos lo somos…

Adobe SparkSí, así nos llaman ahora de forma clichosa, «fundamentalistas». Resulta que, en la actualidad, los cristianos somos los intérpretes ilusorios de un libro llamado la Biblia, lleno de «fábulas y metáforas que fomentan una cultura de carácter patriarcal, homofóbica, egoísta, discriminatoria y criminal», somos los responsables de las desgracias y tragedias del mundo, y vivimos enajenados de la realidad y en el fanatismo religioso. Esa es la definición que algunos grupos y organizaciones postmodernas le han dado a la cristiandad; nada más lejos de la realidad. Ninguna fábula o metáfora de interpretación ilusoria a logrado abarcar todos los confines de la tierra con su escritura, y ningún otra obra escritural ha llegado a ser la más traducida, impresa y vendida, ni ha transformado a millones de personas como lo ha hecho la Biblia, porque en sus páginas encontramos la poderosa y verdadera Palabra de Dios, compilada durante muchos siglos de historia. El Diccionario de la Real Academia Española registra las definiciones que por el uso ha ganado este concepto de «fundamentalismo» diciendo: «Movimiento religioso y político de masas que pretende restaurar la pureza islámica mediante la aplicación estricta de la ley coránica a la vida social; Creencia religiosa basada en una interpretación literal de la Biblia, surgida en Norteamérica en coincidencia con la Primera Guerra Mundial; Exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida.» Partiendo de esta definición, si se trata de una exigencia intransigente de sometimiento, entonces muchos de esos grupos y organizaciones también pecan de ser fundamentalistas, de hecho, todos lo somos. Entonces, «¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Hermano, déjame sacarte la astilla del ojo, cuando tú mismo no te das cuenta de la viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.» (Lucas 6:41-42). Una sociedad sin fundamentos ni leyes o reglas para la sana convivencia, no sería una sociedad sino, un caos. Todo en la vida tiene un principio, una base o un fundamento o cimiento, sobre el que se construye toda buena obra. Sin un fundamento, difícilmente habrá alguna estructura que se pueda mantener en pie o derecha. Tal fue la ilustración que Jesús usó con sus discípulos diciendo: «Voy a decirles a quién se parece todo el que viene a mí, y oye mis palabras y las pone en práctica: Se parece a un hombre que, al construir una casa, cavó bien hondo y puso el cimiento sobre la roca. De manera que cuando vino una inundación, el torrente azotó aquella casa, pero no pudo ni siquiera hacerla tambalear porque estaba bien construida. Pero el que oye mis palabras y no las pone en práctica se parece a un hombre que construyó una casa sobre tierra y sin cimientos. Tan pronto como la azotó el torrente, la casa se derrumbó y el desastre fue terrible.» (Lucas 6:47-49).  Moisés dijo: «Él es la roca, sus obras son perfectas, y todos sus caminos son justos. Dios es fiel; no practica la injusticia. Él es recto y justo. Actuaron contra él de manera corrupta; para vergüenza de ellos, ya no son sus hijos; ¡son una generación torcida y perversa! ¿Y así le pagas al Señor pueblo tonto y necio? ¿Acaso no es tu Padre, tu Creador, el que te hizo y te formó?» (Deuteronomio 32:4-6). Por eso muchas naciones han tenido a bien fundamentar sus estructuras gubernamentales en la Palabra de Dios, la Biblia, fuente inagotable de principios y valores que garantizan el bienestar de las naciones.

El fundamento de la Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) está revelado en la Biblia, la cual registra los testimonios del pueblo que Dios escogió, Israel, para darse a conocer al mundo y anunciar el nacimiento de un Salvador (nuestra Roca) que pagaría el precio por nuestros pecados para darnos vida eterna, Jesucristo. Y esta verdad no es una interpretación ilusoria o ingenua de la Iglesia, pues la Iglesia tuvo su origen en Israel y se ha expandido sobre toda la tierra tal y como predijo Jesús: «Y este evangelio del reino se predicará en todo el mundo como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin.» (Mateo 24:14). Al día de hoy, la veracidad de la Biblia ha sido confirmada y está siendo reconfirmada constantemente por los historiadores y la ciencia, a través de los descubrimientos geológicos, arqueológicos y de la NASA, que validan cada vez más las historias milenarias registradas en ella. Así que más allá de un «fundamentalismo religioso», la Iglesia y su interpretación literal de la Biblia está tomando más fuerza que nunca antes, aunque el mundo quiera o no creer en ella. Además, cual reloj suizo, estamos viendo el cumplimiento de acontecimientos mundiales que están profetizados en la Biblia como señales de los últimos tiempos. Muchos rechazan o repudian las verdades de esta Escritura Sagrada porque, aunque en su interior creen que Dios existe, prefieren despilfarrar su vida en los efímeros placeres de la carne y el mundo. Así evitan asumir alguna responsabilidad que les prive de los deseos insaciables del pecado, que a sabiendas o sin saber les llevan a la autodestrucción y les convierte en enemigos de Dios, tal y como dice la carta de Santiago: «¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios.» (Santiago 4:4). Pues bien, no se han ensañado contra la Iglesia sino contra Dios, tal y como dijo Jesús: «El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió.» (Lucas 10:16). ¿Eso quieren, ser enemigos de Dios? ¡Pues adelante¡ Nadie los detiene.  Pero el fin se acerca, y hoy Dios les da la oportunidad de arrepentirse y volverse a Él para que sean salvos, queda poco tiempo.

No obstante, la encomienda de Dios para la Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) es proclamar lo que Dios ha dicho, aunque a la gente no le guste ni le interese, pues Jesús dijo: «…Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:18-20). El apóstol Pablo reiteró esta encomienda a uno de sus ayudantes diciendo: «En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos. Tú, por lo contrario, sé prudente en todas las circunstancias, soporta los sufrimientos, dedícate a la evangelización; cumple con los deberes de tu ministerio.» (2 Timoteo 4:1-5). Además dijo Jesús: «…Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado.» (Marcos 16:15-16). Y esto es lo que hacemos, obedecer a nuestro Líder, Maestro, Salvador y Dios, no actuamos por meras interpretaciones «fundamentalistas». Aunque todos estos preceptos sean para nosotros los que formamos la Iglesia, a todos los que están fuera de ella les mortifica escucharlos porque: «Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón.» (Hebreos 4:12).

Así que la Palabra de Dios convence a los seres humanos de su pecado y por eso muchos no la quieren escuchar. Así que todo el que haya escuchado el mensaje del evangelio y crea pero no obedezca, o no crea, no tendrá excusa cuando Dios lo lleve a su presencia para ser juzgado. Hay sectores de la Iglesia que deberían reconocer que a través de la historia, sus antepasados y algunos que, por falta de herramientas y conocimiento o humildad perpetúan los errores del pasado al día de hoy, fracasaron y fracasan en el manejo de ciertos asuntos dogmáticos y doctrinales que deben ser revisados y corregidos a la luz del conocimiento y las nuevas herramientas de interpretación bíblica que hoy tenemos. La Biblia es clara y precisa en dichos asuntos, pero el fracaso está en que algunos se rehúsan a adquirir un mayor conocimiento y entendimiento de las Sagradas Escrituras, pues tienen una falsa percepción de que niegan su fe al considerar nuevos postulados que ponen en entredicho lo que aprendieron y han enseñado por mucho tiempo. El orgullo y la falta de humildad no les permite aceptar que se han equivocado.  Pero es de humanos errar hermanos, no sean estorbo y tropiezo para lo que Dios quiere hacer en este tiempo. La carta de Santiago dice: «Pero él nos da mayor ayuda con su gracia. Por eso dice la Escritura: Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes. Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes los inconstantes, purifiquen su corazón! Reconozcan sus miserias, lloren y laméntense. Que su risa se convierta en llanto, y su alegría en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará.» (Santiago 4:6-10).

No obstante la gran mayoría del (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) la Iglesia de este tiempo, cuenta con una generación mucho más madura espiritualmente, y muy bien documentada por sus estudios académicos formales en teología y Biblia, para manejar con mucha responsabilidad y sabiduría todos los asuntos dogmáticos y doctrinales de la Iglesia, siempre buscando ser dirigidos por el Espíritu Santo de Dios. Ésta generación ha reconocido que la Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) ha errado en algunos de esos aspectos, y hoy procura no caer en los mismos errores del pasado, para que la Iglesia sea pertinente en su contexto históricosocial. Pues aunque la proclamación del evangelio ha ganado muchas almas para Cristo (esto por obra del Espíritu Santo y no de los hombres), las duras exigencias dogmáticas que la Iglesia impuso a sus miembros en algunos sectores, terminaron siendo piedra de tropiezo. Y es que muchos de los dogmas que estas iglesias impusieron en la antigüedad, buscaban resolver ciertos conflictos y cumplieron su propósito en su tiempo. Pero al día de hoy, esas dogmáticas no resuelven nada y causan muchos conflictos que terminan confundiendo y apartando a la gente de la Iglesia. Pero la falta de humildad de algunos les lleva a seguir promoviéndolas. La Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) es un organismo vivo que debe evolucionar y adaptarse a los tiempos, para ser más efectiva y pertinente en la proclamación del mensaje del evangelio, esto sin cambiar la centralidad de su mensaje, debe estar siempre lista y ávida para transicionar, y así mantenerse viva y creciendo.

Claro, hay que hacerlo con mucho cuidado y discernimiento del Espíritu Santo, pues hay una línea muy fina y peligrosa en ese asunto de evolucionar y transicionar, pero no por eso vamos a estancarnos en el proceso y debemos procurar que nuestra predicación de la Palabra de Dios permanezca intachable. Pues muchos en medio de la transición han cruzado esa línea y han terminado negando su fe y convirtiéndose en el cumplimiento profético de las palabras de Jesús cuando dijo: «Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los cardos? Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, y un árbol malo no puede dar fruto bueno. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Así que por sus frutos los conocerán.» (Mateo 7:15-20). Éstos son los que hacen que paguemos los justos por pecadores. El apóstol Pedro también habló de ellos cuando dijo: «En el pueblo judío hubo falsos profetas, y también entre ustedes habrá falsos maestros que encubiertamente introducirán herejías destructivas, al extremo de negar al mismo Señor que los rescató. Esto les traerá una pronta destrucción. Muchos los seguirán en sus prácticas vergonzosas, y por causa de ellos se difamará el camino de la verdad. Llevados por la avaricia, estos maestros los explotarán a ustedes con palabras engañosas. Desde hace mucho tiempo su condenación está preparada y su destrucción los acecha.» (2 Pedro 2:1-3).

¿No es esto lo que estamos viendo con mucha frecuencia en este tiempo? La humanidad juzga y penaliza a toda la Iglesia por los actos vergonzosos de estos falsos profetas que tienen mucha exposición, y hacen toda una propaganda mediática para menoscabar el testimonio de la Iglesia. A que no hacen lo mismo reconociendo la inmensa labor misionera, humanitaria y social que ella ha aportado por siglos a las naciones. Para todos ellos, así ha dicho Jehová de los ejércitos: «¡Ay de los que arrastran iniquidad con cuerdas de mentira, y el pecado con sogas de carreta! Dicen: ¡Que Dios se apresure, que apresure su obra para que la veamos; que se acerque y se cumpla el plan del Santo de Israel, para que lo conozcamos! !Ay de los que llaman a lo malo bueno y lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay de los que se consideran sabios, de los que se creen inteligentes! ¡Ay de los valientes para beber vino, de los valentones que mezclan bebidas embriagantes, de los que por soborno absuelven al culpable y le niegan sus derechos al indefenso¡ Por eso así como las lenguas de fuego devoran la paja y el pasto seco se consume en las llamas, su raíz se pudrirá y, como polvo, se disipará su flor. Porque han rechazado la ley del Señor Todo Poderoso y han desdeñado la palabra del Santo de Israel.» (Isaías 5:18-25).

Aquí entra en función el mal social que nos caracteriza, de siempre resaltar y perpetuar los errores del pasado de otros, y obviar los procesos evolutivos con todas las buenas obras y beneficios significativos que estos han aportado a la sociedad posteriormente. Así pasa cuando algunos quieren abrirse paso con agendas ocultas e imponerse, pues la mejor manera de hacerlo es, sacando al sol todos los trapos sucios de los otros y exhibirse como víctimas. Luchan por sus «derechos» pretendiendo quitarle los derechos a otros, violan las leyes pretendiendo establecer otras que supriman las establecidas y someter a otros con ellas, exigen tolerancia siendo intolerantes, exigen respeto mientras se burlan y ridiculizan faltando el respeto, exigen que no se les discrimine pero ellos sí pueden discriminar, denuncian que son perseguidos mientras ellos son perseguidores, acusan a muchos de fundamentalistas cuando ellos son los primeros, etc. Pero como dijo Jesús, el árbol se conoce por su fruto. El ladrón juzga por su condición. No hay un acercamiento sincero de aquellos que buscan su lugar en la sociedad para discutir ideas con respeto y buscar soluciones para el bienestar de todos. Imperan los acuerdos entre particulares, y a puertas cerradas, para infiltrar e imponer a la fuerza los caprichos de algunos que pretenden afectar las masas de forma indiscriminada con la imposición de sus absurdos. Tal es el caso de la ley aprobada para autorizar a los individuos «transgéneros» al uso del baño donde mejor entiendan que les define. Géneros humanos sólo hay dos, hombre y mujer, y lo que los define es su sexo físico y no su sexualidad mental. ¿Dónde está el sentido común? Las enfermedades sociales lo han extinguido. No hay nada más absurdo que esto, y ha quedado demostrado con los últimos incidentes que han puesto en peligro la seguridad y el bienestar, especialmente de las niñas; que usando el baño para sus necesidades fisiológicas, se han visto acosadas por depravados sexuales que aprovechan esta ley para cometer sus fechorías. Le han otorgado derechos a unos, violando los derechos de otros y poniendo en riesgo su seguridad.

La Iglesia de este tiempo no pretende inhibir los «derechos» de nadie, pero tampoco estamos dispuestos a ceder los nuestros. No aceptaremos ni acataremos la imposición de cambios a la práctica de nuestra fe, pues es ilegal y atenta contra la separación de Iglesia y Estado. Pero aún si lograran legalizar ciertos cambios y trataran de imponernos prácticas contrarias a nuestra fe, no las acataremos, pues la Biblia dice que: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.» (Hechos 5:29) y aunque tengamos que sufrir los abusos e injusticias, lo haremos con gozo y alegría, porque Jesús dijo: «Dichosos ustedes cuando los odien, cuando los discriminen, los insulten y los desprestigien por causa del Hijo del hombre. Alégrense en aquel día y salten de gozo pues miren que les espera una gran recompensa en el cielo. Dense cuenta que los antepasados de esta generación trataron así a los profetas.» (Lucas 6:22-23). La Iglesia está presta a recibir a todo el que la necesite y brindar la ayuda que esté a nuestro alcance. Está más que dispuesta para sentarse a dilucidar ideas y aportar posibles soluciones que otorguen beneficios y derechos a todos en la sociedad, pues somos parte de ella y buscamos el bienestar común, además, nos asiste ese derecho.

Seguimos llevando el mensaje que proclamó Jesús, que vino a sufrir y a morir por TODOS, y «…que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo. Así dice la Escritura: Todo el que confíe en él no será jamás defraudado.» (Romanos 10:9-11). Pero también es necesario arrepentirse y confesarle a Dios nuestros pecados y dejarlos:«Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón.» (Proverbios 28:19). Jesús dijo: «Todos los que el Padre me da vendrán a mí; y al que a mí viene, no lo rechazo. Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el día final. Porque la voluntad de mi padre es que todo el que conozca al Hijo y crea en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final.» (Juan 6:37-40). Así que, más allá que un mero «fundamentalismo religioso» la Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) con sus defectos y virtudes por estar formada de humanos, lleva siglos haciendo lo que Dios le ha encomendado, aunque muchos no crean ni le interese ser parte de ella. Pero el mundo será juzgado en poco tiempo y Dios sigue esperando que la humanidad se arrepienta y regrese a Él, pues fue creada para habitar con Él por la eternidad, y pagará a cada uno conforme a sus actos y sus decisiones aquí en la tierra.

Eduardo Figueroa Aponte

Esperanza que no defrauda…

Adobe Spark (4)Cada vez son más las noticias que escuchamos que nos sacuden el alma y el corazón. Muchas de ellas no tienen precedentes, otras reaparecen repitiendo eventos catastróficos del pasado, y todas ellas son el cumplimiento profético de las Sagradas Escrituras. Aunque son eventos descritos en la Biblia como señales de los últimos tiempos, muchos continúan ciegos e incrédulos, porque definitivamente no les interesa lo que dice la Biblia, ni creen que es Palabra de Dios (incluyendo a teólogos emergentes que han negado su fe, por enaltecer sus propios razonamientos).  Para éstos dice la Biblia: «No seas sabio en tu propia opinión; más bien teme al Señor y huye del mal.» (Proverbios 3:7). De ellos también se predijo lo siguiente: «Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos.» (2 Timoteo 4:3-4). Hay muchos que creen que la Biblia es Palabra de Dios y han escuchado lo que dice, pero no les consta porque no han tenido la experiencia de leerla y dejar que Ella les transforme.  Pero como si fueran libres de toda culpa, como si no fueran a ser juzgados, y como si supieran de lo que hablan, con mucha arrogancia cuestionan los errores de aquellos que con humildad en sus corazones, decidieron entregar sus vidas al Creador, y acercándose a Él, fueron perdonados y lavados por la sangre de Cristo, que les limpia de todo pecado y están dispuestos a ser transformados. Pero esos mismos arrogantes no tienen las agallas para someterse a las disciplinas bíblicas, y evitan a toda costa que éstas les remuerdan sus conciencias, como dice la carta a los Hebreos: «Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón. Ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.» (Hebreos 4:12-13).

 Y es que conocer lo que Dios ha dicho exige la responsabilidad de obedecer, e implica renunciar a lo que queremos y a lo que nos gusta. Y decimos: «la vida es mía y yo tengo derecho a hacer con ella lo que quiera…» Pero se nos olvida que la vida es un regalo de Dios, que tenemos ese derecho porque Él lo otorgó, y Él espera que decidamos vivir con Él y para Él. Precisamente por eso Dios estableció reglas y mandamientos, porque la mayoría de las cosas que queremos y nos gustan no producen resultados de bendición, porque nos alejan cada vez más de Él y nos hacen más vulnerables al dominio del maligno. Todo lo que se ha establecido como norma en la sociedad tiene sus bases fundamentadas en lo que Dios ha dicho, aunque la sociedad no lo reconozca ni lo acepte. Tal es el caso de nuestra constitución, las leyes jurídicas y gubernamentales. Por eso la creciente generación actual ha ido moviéndose al repudio y la exigencia de la derogación de todo lo establecido como norma y que ha servido de fundamento a la sociedad. Sin embargo, gracias a estas normas hemos podido coexistir en sociedad por siglos, pues son parámetros aceptados universalmente para el buen funcionamiento y protección de la sana convivencia. No obstante, hemos comenzado a experimentar los estragos causados por los gobiernos, con la derogación de muchos de esos parámetros, en beneficio de unos pocos que pretenden vivir sus caprichos sin límites. Entre los dichos bíblicos hay uno que dice: «No cambies de lugar los linderos antiguos que establecieron tus antepasados.» (Proverbios 22:28). Nuestros antepasados reconocieron que sin esos linderos (límites) nuestro mundo sería un caos.  Sólo imagine que en un cruce de dos carreteras principales no hubieran semáforos o señales para detenerse y tener precaución.  Aun cuando tenemos estas estructuras que establecen las normas (límites) de tránsito, son muchos los que faltando al cumplimiento de ellas ocasionan estragos y tragedias. Todo esto es parte del cumplimiento de lo que fue profetizado en la Biblia para este tiempo, pues Dios en su amor y misericordia nos quiso prevenir lo que acontecería para que no nos tomara por sorpresa y camináramos confiados en su amor y sus promesas. Además quiso que todos tuviéramos la oportunidad de arrepentirnos de la vida pecaminosa que llevamos. Para que nos acerquemos a Él en humildad, y aceptemos y reconozcamos el sacrificio de su hijo Jesucristo en la cruz, y podamos recibir su perdón y el regalo de la vida eterna junto a Él.

Pero para todo aquel que se rehúsa a reconocerle como el único Dios verdadero, creer y obedecer su Palabra y seguir sus caminos, también dejó sus advertencias. ¿Para qué? Para que se arrepientan de su mal camino y puedan disfrutar de toda la bendición que ha prometido a los que le reconocen y obedecen. Así les ha dicho el Dios Todopoderoso: “El hombre será humillado, la humanidad, doblegada, y abatidos los ojos altivos. Pero el Señor Todopoderoso será exaltado en justicia, el Dios santo se mostrará santo en rectitud. Los corderos pastarán como en praderas propias, y las cabras comerán entre las ruinas de los ricos. ¡Ay de los que arrastran iniquidad con cuerdas de mentira, y el pecado con sogas de carreta! Dicen: «¡Que Dios se apure, que apresure su obra para que la veamos; que se acerque y se cumpla el plan del Santo de Israel, para que lo conozcamos!» ¡Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay de los que se consideran sabios, de los que se creen inteligentes! ¡Ay de los valientes para beber vino, de los valentones que mezclan bebidas embriagantes, de los que por soborno absuelven al culpable, y le niegan sus derechos al indefenso! Por eso, así como las lenguas de fuego devoran la paja y el pasto seco se consume en las llamas, su raíz se pudrirá y, como el polvo, se disipará su flor. Porque han rechazado la ley del Señor Todopoderoso y han desdeñado la palabra del Santo de Israel.” (Isaías 5:15-24)

La rectitud de los mandamientos de Dios no es capricho. Él quiso protegernos de nuestra propia maldad y sus consecuencias. Por eso es necesario renunciar a nuestro libre albedrío, porque dice la Escritura: “No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.” (Romanos 12:2). Jesucristo dijo: “Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme.” (Mateo 16:24 ). Así que la invitación es a que no te resistas más a la oportunidad que Dios te da hoy. Los días son malos y Dios ha dicho que se pondrán peor. También dijo: «Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, pues los días son malos.  Por tanto, no sean insensatos, sino entiendan cuál es la voluntad del Señor. No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno. Al contrario, sean llenos del Espíritu.» (Efesios 5:15-18). Jesucristo vino para salvar al mundo y es nuestra única esperanza. Si le aceptas y le obedeces te hará miembro de su cuerpo, la Iglesia, a que vendrá a buscar antes de que comience el gobierno absoluto de tinieblas sobre la tierra y la gran tribulación. No esperes más y ¡corre por tu salvación!  El Señor te espera y dijo: «Oren para que esto no suceda en invierno, porque serán días de tribulación como no la ha habido desde el principio, cuando Dios creó el mundo, ni la habrá jamás. Si el señor no hubiera acortado esos días, nadie sobreviviría. Pero por causa de los que él ha elegido, los ha acortado. Entonces, si alguien les dice a ustedes: <¡Miren, aquí está el Cristo!> o <¡Miren, allí está!>, no lo crean. Porque surgirán falsos Cristos y falsos profetas que harán señales y milagros para engañar, de ser posible aun a los elegidos.  Así que tengan cuidado; los he prevenido de todo. Pero en aquellos días, después de esta tribulación, se oscurecerá el sol y no brillará más la luna; las estrellas caerán del cielo y los cuerpos celestiales serán sacudidos. Verán entonces al Hijo del hombre venir en las nubes con gran poder y gloria. Y él enviará a sus ángeles para reunir de los cuatro vientos a los elegidos, desde los confines de la tierra hasta los confines del cielo.» (Marcos 13:18:23).

Ésta es nuestra esperanza. El apóstol Pablo dijo: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de él y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes. Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado. A la verdad, como éramos incapaces de salvarnos, en el tiempo señalado Cristo murió por los malvados.» (Romanos 5:1-6). ¿Quieres ser uno de los elegidos? Si tu respuesta es sí, entonces ríndete ante Dios, entrégale tu vida, reconoce tus pecados, obedece su Palabra y serás insertado en su cuerpo que es la Iglesia. Tu nombre será escrito en el libro de la vida y estarás listo para partir cuando Jesucristo regrese por su Iglesia. Que a la sazón de lo que hoy vivimos, son señales claras del último tiempo profetizado en la Biblia, y su regreso puede estar más cerca que nunca. El día para alcanzar la salvación de tu alma es hoy.

Eduardo Figueroa Aponte

Implicaciones de ser discípulo…

Adobe Spark (2)¿Qué significa ser discípulo? Según el Diccionario de la Real Academia Española significa: «Persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro; Persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron.» Muchas de esas escuelas nacen de mitos o raíces filosóficas y especulativas. Pero el cristianismo es una escuela que no puede compararse con ellas, pues está basada en hechos verídicos que cambiaron el curso de la historia.  Contrario a las escuelas filosóficas de antaño, especialmente las griegas, que otorgaban a sus discípulos gran prestigio y renombre, la escuela del cristianismo no concede ningún «glamour»a sus discípulos. Y es que ser discípulo de Jesucristo implica renunciar a nuestro libre albedrío y someternos a su voluntad.  No son muchos los que están dispuestos a esto, pero así lo dejó establecido cuando dijo: “Luego dijo Jesús a sus discípulos: —Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará.”  (Mateo 16: 24-25)

Las palabras de Jesús a sus discípulos tienen un carácter profético, pues son la revelación de Dios que envuelve una enseñanza, que no fue exclusiva para aquellos doce, sino que sus palabras están vestidas de eternidad y también fueron dirigidas a sus futuros discípulos, nosotros. Cuando hemos conocido la revelación de Dios por su Palabra, reconocemos que Él tiene un plan, y ese plan fue diseñado exclusivamente para nosotros (nuestra salvación por medio de Jesucristo). Sin embargo, por lo general los seres humanos tendemos a gestionar nuestros propios planes, y con toda probabilidad éstos sólo son para nuestro beneficio y también nos llevan a la perdición, porque pocas veces o ninguna, incluimos a Dios en ellos. Y es que estamos más ocupados trabajando por lo terrenal y pasajero, que por lo espiritual y eterno. Con mucha regularidad osamos en cuestionarle y reclamarle a Dios, cuando nuestras circunstancias no se parecen a los resultados que esperamos de nuestros planes. Pero, ¿tuvo Dios participación en el desarrollo de nuestros planes? ¿Hemos prestado atención al plan que Dios ha revelado a nuestras vidas? Cuando nuestros planes no guardan relación con el plan de Dios, con toda probabilidad experimentaremos circunstancias difíciles. Dios las permitirá, pues con ellas logrará que regresemos a Él, para mostrarnos el camino que nos llevará al cumplimiento de su plan en nosotros. ¿Y qué nos pedirá el Padre? Que sigamos a aquel que nos ha mostrado el camino, nuestro Maestro y Redentor Jesucristo. Por eso en las palabras que Él dirigió a sus discípulos, he identificado tres elementos del carácter que deben desarrollar aquellos que quieran convertirse en verdaderos discípulos de Jesús.  Estos elementos nos llevarán a ser como nuestro Maestro, para cumplir con el plan del Padre. 

Elemento #1 (LA OBEDIENCIA) «Si alguien quiere ser mi discípulo…» ¿Qué es obedecer? Es cumplir la voluntad de quien manda. Jesús utiliza esta premisa para plantear algunas condiciones. El que quiere ser discípulo de Jesús, aunque haya sido llamado por Él: 1- Tiene que decidirlo libre y voluntariamente; 2- Tiene que estar atento para entender y seguir las instrucciones del Maestro; 3- El buen discípulo demuestra que es apto poniendo en práctica lo que su Maestro le ha enseñado. Entonces, ¿qué sucede cuando obedecemos las órdenes del Maestro? En la carta a los Romanos el apóstol Pablo nos ilustra diciendo: «¿Acaso no saben ustedes que, cuando se entregan a alguien para obedecerlo, son esclavos de aquel a quien obedecen? Claro que lo son, ya sea del pecado que lleva a la muerte, o de la obediencia que lleva a la justicia. Pero gracias a Dios que, aunque antes eran esclavos del pecado, ya se han sometido de corazón a la enseñanza que les fue transmitida”. (Romanos 6:16). Aquí el apóstol Pablo expone uno de los principios básicos y cualitativos (una cualidad) necesarios para el ministerio, obedecer. Esto es un deber, no es opcional. El autor de la carta a los Hebreos nos presenta este deber poniendo a Jesús como ejemplo, al decir: «Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen…”. (Hebreos 5:8-9). Por eso nosotros, siendo hijos por adopción, nuestro Padre permitirá que el sufrimiento sea el instrumento que nos enseñe a obedecer y nos lleve a la perfección, a semejanza de nuestro Maestro. El apóstol Pedro también confirma este hecho diciendo: “Ahora que se han purificado obedeciendo a la verdad y tienen un amor sincero por sus hermanos, ámense de todo corazón los unos a los otros”. (1 Pedro 1:22). En el evangelio de Juan, leemos en palabras de Jesús: “Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa”. (Juan 15:10-11). En el libro de Apocalipsis también encontramos la exhortación a la obediencia: “¡En esto consiste la perseverancia de los santos, los cuales obedecen los mandamientos de Dios y se mantienen fieles a Jesús!” (Apocalipsis 14:12). Entonces, ¿por qué la obediencia es tan importante? En la Biblia encontramos que toda la creación obedece los mandamientos de Dios, los cielos, vientos, el mar, los animales, los espíritus malignos, TODO. Pero la desobediencia de Lucifer ocasionó su expulsión del reino de los cielos e hizo uso de artimañas para hacer que los hombres, la máxima creación de Dios por ser a su imagen y semejanza, también fueran expulsados del paraíso. Así que no cabe duda de que un elemento necesario en el carácter para ser discípulo de Jesús, es la OBEDIENCIA.

Elemento #2 (EL SACRIFICIO) «Tiene que negarse a sí mismo…» ¿Qué es sacrificio? Es un acto de abnegación (renunciar voluntariamente a los propios deseos, pasiones o intereses, en favor de otros) inspirado por la vehemencia (ardor y llenura de pasión) del amor. Jesús les dio una orden que Él mismo pondría en función muy pronto, al negarse a sí mismo, para padecer en la cruz, dando su vida por amor a nosotros. Si a Jesús que es nuestro maestro le costó la vida someterse al plan y al propósito de Dios, a nosotros sus discípulos también nos va a costar. En la carta a los Filipenses el apóstol Pablo resume este hecho de forma poderosa diciendo: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!”. (Filipenses 2:5-8). 

Hagamos un paréntesis para reconocer esta instrucción de «negarse a sí mismo», mirando tres potenciales candidatos a ser discípulos de Jesús. Los primeros dos los encontramos en el evangelio de Mateo cuando leemos lo siguiente: “Se le acercó un maestro de la ley y le dijo: —Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas. —Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos —le respondió Jesús—, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza. Otro discípulo le pidió: —Señor, primero déjame ir a enterrar a mi padre. —Sígueme —le replicó Jesús—, y deja que los muertos entierren a sus muertos.” (Mateo 8: 19-22). El primero, como maestro de la ley, debe estar dispuesto a sacrificar sus comodidades y lujos, y vivir siendo suplido con lo necesario. Debe entender que al seguir a Jesús enfrentará dificultades. Por eso en el evangelio de Juan encontramos que Jesús les dijo: “Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo”. (Juan 16:33). El segundo ha sido llamado por Jesús y está muy dispuesto, pero indeciso y preocupado por las cosas de este mundo. Jesús le establece un nuevo orden de prioridades, el reino de Dios es primero y el de la tierra después. No quiere decir que se olvide de su padre, pero él ha vivido ocupándose toda su vida por el reino terrenal y ha descuidado el reino celestial. Dios no le privará de cumplir su deber con su padre a su tiempo, y proveerá de recursos para que esté bien atendido mientras trabaja para las cosas eternas.  Por eso Jesús también les dijo: “Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” (Mateo 6:33) 

El tercero es el joven rico del evangelio de Marcos, que acercándose a Jesús y postrándose ante Él le preguntó sobre lo que debía hacer para ganar la vida eterna. Jesús le recordó los mandamientos y el joven asegura haber cumplido con ellos, entonces “Jesús lo miró con amor y añadió: —Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme. Al oír esto, el hombre se desanimó y se fue triste porque tenía muchas riquezas”. (Marcos 10:21-22) Y más adelante Pedro pregunta y Jesús responde: “—¿Qué de nosotros, que lo hemos dejado todo y te hemos seguido? —comenzó a reclamarle Pedro. —Les aseguro —respondió Jesús— que todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos, recibirá cien veces más ahora en este tiempo (casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones); y en la edad venidera, la vida eterna”. (Marcos 10:28-30). Aquí Jesús no está condenando al joven por ser rico, pues no hay nada de malo en que trabajemos y ganemos el pan con el sudor de nuestra frente y seamos bendecidos con abundancia de pan y disfrutemos de ella, pues es un mandato de Dios. Pero en el caso del joven rico, (que es el caso de muchos de aquellos que alcanzan tal abundancia de pan) «sus riquezas» se convirtieron en su dios, y la respuesta de Jesús le confrontó con la realidad de su corazón. En el evangelio de Mateo Jesús ordena: «No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten  a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.» (Mateo 6:19-21).

En el Antiguo Testamento de la Biblia, el sacrificio de animales (siendo el ganado sinónimo de abundancia) era un acto de gratitud y adoración a Dios. Pero en la actualidad nuestro sacrificio debe manifestarse de otra manera, pues los (lujos y los placeres, siendo el sinónimo de abundancia) son los que deben ser sacrificados en un acto de gratitud y adoración a Dios, especialmente cuando éstos ocupan la mayor parte de nuestro tiempo y esfuerzo. En la Biblia encontramos al rey Salomón, de quien se dice que no hubo ninguno ni habrá otro como él sobre la tierra en sabiduría y en riquezas. Muchos afirman que él es el autor del libro de Eclesiastés, en el que reflexiona acerca de su vida, ya en una etapa avanzada en edad, y allí encontramos que exclama lo siguiente: «Me engrandecí en gran manera, más que todos los que me precedieron en Jerusalén; además la sabiduría permanecía conmigo. No le negué a mis ojos ningún deseo, ni a mi corazón privé de placer alguno, sino que disfrutó de todos mis afanes. ¡Sólo esto saqué de tanto afanarme! Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era absurdo, un correr tras el viento, y que ningún provecho se saca en esta vida.» (Eclesiastés 2:9-11). Ciertamente esta declaración expone el corazón de un hombre que reconoce que todo lo que hizo por satisfacer los anhelos de su corazón, nunca llegaron a satisfacerle del todo, pues en medio de todo eso, descubrió que había provocado un vacío, cuando todos sus afanes terminaron por estrangular su relación con Dios.  Por eso Jesús dijo: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.» (Mateo 6:24).  

Decía el Dr. Samuel Solivan, el teólogo exponente en una conferencia sobre discipulado a la que asistí, que hay una gran diferencia entre ser un discípulo y ser un seguidor de Jesús. En los tiempos que Jesús desarrolló su ministerio en la tierra, tuvo muchos seguidores (multitudes), pero pocos discípulos.  Y es que en el entorno judío los discípulos y los seguidores escogían a sus maestros. Pero, Jesús rompió con ese paradigma, pues era él quien escogía y llamaba a sus discípulos. La mayoría de sus seguidores terminaron apartándose de Él, cuando fueron confrontados con los requisitos y valores necesarios para entrar en el reino de Dios. Sólo los discípulos tuvieron el carácter necesario para continuar el ministerio de Jesús, una vez Él fue llevado al cielo luego de su resurrección. Si Jesús nos ha llamado, es porque ha visto en nosotros candidatos para ser sus discípulos. Pero es necesario soltar y entregar nuestras agendas para que Dios las diseñe y las dirija. Hay que evitar tener el corazón dividido entre las cosas de este mundo y las del reino de Dios. Todo esto cuesta. Aunque nuestros planes sean buenos, los planes de Dios siempre son mejores y perfectos, pues están amarrados a su propósito. Por eso, otro elemento necesario en el carácter para ser discípulo de Jesús, es el SACRIFICIO. 

Elemento #3 (ENTREGA) «Tomar su cruz y seguirme…» ¿Qué es entrega? Es atención, interés, esfuerzo en apoyo a una o varias personas, a una acción o a un ideal. No existe un mayor ejemplo de entrega que la vida misma de Jesús. La Biblia nos muestra a un Jesús enfocado y apasionado desde su niñez, por hacer cumplir el propósito del Padre, y entregó todo su ser por amor a nosotros. Muchas veces nos envolvemos en tantas cosas para la obra del Señor, que no sacamos el tiempo necesario para atender el plan diseñado por el Padre para nosotros. En esas cosas desarrollamos una zona tan cómoda, de la cual no queremos salir, y terminamos perdiendo el enfoque y olvidando el propósito para el cual fuimos llamados. Al Maestro le costó cargar su cruz (de forma metafórica y literal) y cumplir con el propósito del Padre. A nosotros, si somos buenos discípulos, también nos tiene que costar. ¿Cuál es la cruz que nos toca tomar? Debemos rendir/entregar nuestras vidas a los pies del Padre, para que por Él abunde nuestro amor por el prójimo, y así como Jesucristo rindió su vida por nosotros, podamos rendir las nuestras por el prójimo. Así cumplimos el propósito del Padre. Y podemos pensar que ya le hemos entregado nuestras almas al Padre por medio de Jesús, pero hay algo más… con frecuencia nos reservamos mucho de nuestras vidas que hay que rendir. Rendir nuestras vidas implica (sujetarnos, someternos, obligarnos, dar fruto, ser útiles) al propósito del Padre, no al nuestro. ¿Qué significa “Tomar su cruz” para todo el que quiera ser discípulo de Jesús? La respuesta la encontramos en la entrega que Jesús demuestra en varios pasajes bíblicos que exponen la pasión con la que sigue su plan de trabajo:  

“No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos sino a darles cumplimiento”. (Mateo 15:17). Cuando trabajamos por cumplir lo que dice la escritura de nosotros, enfrentaremos críticas y falsas acusaciones, esto es parte de la cruz que nos toca tomar, pues Jesús cargó con ella durante todo su ministerio.  Así quedó demostrado en los evangelios cuando Jesús se sentó a comer con gente que no gozaba de muy buena reputación: “Cuando los fariseos vieron esto, les preguntaron a sus discípulos: —¿Por qué come su maestro con recaudadores de impuestos y con pecadores? Al oír esto, Jesús les contestó: —No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. Pero vayan y aprendan lo que significa: <Lo que pido de ustedes es misericordia y no sacrificios.  Porque no he venido a llamar a justos sino a pecadores.>” (Mateo 9:11-13)  El evangelio de Lucas añade «No he venido a llamar a justos sino a pecadores .»(Lucas 5:32). Pecamos por omisión cuando nos cohibimos de hacer lo que el Espíritu Santo nos inspira, sólo porque otros pueden malinterpretar lo que hacemos. Jesús hizo lo que había que hacer impulsado por el propósito del Padre, no por lo que otros pudieran pensar. A veces nos desvivimos más por guardar nuestro testimonio o nos escudamos detrás de él para librarnos de nuestras responsabilidades, en vez de trabajar por aquello para lo cual fuimos llamados.  El testimonio que damos al mundo es muy importante, pero más importante es hacer la voluntad de Dios aunque otros no lo entiendan. Con regularidad podríamos pensar: (…que no me vean entrando aquí; y qué pasaría si me ven hablando con tal o cual persona, me van a criticar si me ven pasando por tal lugar; si me ven con esta gente y se lo dicen al pastor me van a poner en disciplina, etc.) Es hora de dejar atrás los prejuicios que buscan la aprobación de los hombres y comenzar a trabajar en la obra que se nos encomendó y agradar a Dios. Si usted está haciendo la voluntad de Dios guiado por el Espíritu Santo, que no le importe lo que piensen los demás, cargue su cruz con gozo, alegría y entrega, porque la única opinión que cuenta, es la del Padre que nos envió y Él nos exaltará. 

Como parte de la cruz que llevaremos, enfrentaremos conflictos y oposición en todos los escenarios de nuestras vidas, aun dentro de la iglesia y nuestras familias. Bajo estas circunstancias probamos nuestro carácter, nuestra fe y entrega, cuando avanzamos firmes hacia la meta sin importar lo que se presente en el camino. Así lo expuso Jesús cuando dijo: “»No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada. Porque he venido a poner en conflicto al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra; los enemigos de cada cual serán los de su propia familia”. »El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que la pierda por mi causa, la encontrará.” (Mateo 10:34-38). Y no es que Jesús haya venido literalmente a traer la espada, es que su venida provocó todos estos conflictos. Como discípulos de Jesús, nos tocará soportar los resultados de esos conflictos, tomando decisiones duras y renunciando a los impulsos que provocan nuestros sentimientos, para hacer la voluntad del Padre. Así lo hizo Jesús antes de su captura para ser juzgado y oró al Padre: «Yendo un poco más allá, se postró sobre su rostro y oró: Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.» (Mateo 26:39).  

El evangelio de Lucas muestra a Jesús suprimiendo sus deseos de ver el castigo que sufrirán los enemigos del Padre, y decidió esperar pacientemente el tiempo designado, soportando su angustia y sufriendo la prueba para dar cumplimiento al propósito del Padre. “He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! Pero tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y ¡cuánta angustia siento hasta que se cumpla!” (Lucas 12:49-50). Esto contrasta con la cultura de escape que se ha desarrollado dentro de muchos sectores de la iglesia, que escudándose en la esperanza de que Jesucristo regresa pronto, se han sentado a orar por que regrese ya y no mueven un dedo por cumplir con su propósito y responsabilidad aquí en la tierra hasta que Él venga. Pero mediante una parábola Jesús dijo: «Dichoso el siervo cuyo señor, al regresar, lo encuentra cumpliendo con su deber.» (Lucas 12:43). La entrega de nuestro Maestro se vio reflejada en su constante énfasis de cumplir con la agenda que trajo desde el cielo, interrumpiendo así todo lo que estuviera deteniendo su ministerio. El evangelio de Marcos lo registra narrando: «Jesús respondió: —Vámonos de aquí a otras aldeas cercanas donde también pueda predicar; para esto he venido». «Jesús andaba de un lugar para otro buscando cumplir el propósito del Padre.» (Marcos 1:38)  Si el mensaje de Jesús fue rechazado (especialmente por sus líderes religiosos), ¿por  qué muchas veces pretendemos medir el éxito de nuestras campañas de evangelización, por la aceptación te tenga el mensaje o la cantidad de personas que lo aceptaron? La realidad es que siempre habrán personas y grupos que nos rechacen, nuestra responsabilidad es anunciar el mensaje del evangelio, y el Espíritu Santo se encarga de convencerlos. Jesús le reprochó este hecho a sus líderes religiosos diciendo: “Yo he venido en nombre de mi Padre, y ustedes no me aceptan; pero si otro viniera por su propia cuenta, a ése sí lo aceptarían”.  (Juan 5:43). Así que es de esperarse que a nosotros tampoco nos crean. La vida de nuestro Maestro estuvo llena de retos, peligros, rechazos y persecuciones, que pueden hacer renunciar al más santo. A esto se refirió Jesús cuando dijo “Tome su cruz y sígame”, porque si pretendemos ser buenos discípulos de Jesús, tendremos que ser entrenados y probados igual que Él, para que se cumpla el propósito del Padre. Todo esto demuestra que definitivamente uno de los elementos necesarios en el carácter para ser discípulo de Jesús es ENTREGA.

Nadie dijo que seguir a Jesús es fácil. Pero lastimosamente, por muchos años la Iglesia ha proyectado la vida cristiana como una sociedad en la cual se predica teología de mantenimiento, con tal de no perder su feligresía. Pero la Palabra de Dios nos ha confrontado con 3 elementos que han estado ausentes en nuestro carácter como cristianos: OBEDIENCIA, necesaria para seguir instrucciones, aprender y poner en práctica la enseñanza del Maestro; SACRIFICIO, necesario para llegar a cumplir el propósito y llegar a la meta establecida en el plan del Padre. ENTREGA, necesaria para trabajar con la mirada puesta en el propósito y plan del Padre, sin desmayar ante la adversidad hasta que Él venga. Y aunque nadie dijo que era fácil, vale la pena ser discípulo de Jesús, pues nuestro Maestro ha prometido diciendo:

>  “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”.  (Mateo 28:18-20) 
>  «…en este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33)

>  “Al que salga vencedor le daré derecho a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios”.  (Apocalipsis 2:7) 

“…se vestirá de blanco. Jamás borraré su nombre del libro de la vida…” (Apocalipsis 3:5)
>  «…le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono…» (Apocalipsis 3:21)
Después de considerar todas esta cosas… ¿Consideras que eres discípulo de Jesús, o eres un seguidor? Dios nos ha llamado a ser discípulos no seguidores.  Anímate, nuestra recompensa nos espera en la presencia del Rey de Reyes y Señor de Señores!  A Él toda la gloria.  
 
Eduardo Figueroa Aponte

Crisis de fe…

Adobe Spark (3)Aunque muchos no saben ni entienden lo que es la fe y tratan de ridiculizarla… La verdad es que es un fenómeno universal que todos ejercitamos, tanto en el entorno físico/secular como en el entorno espiritual/religioso. Aunque este fenómeno resulta un tanto paradójico. Pues por fe aceptamos y creemos muchas cosas a ciegas y no las cuestionamos porque de alguna manera nos aportan algún bien o simplemente no nos afectan.  Pero por otro lado, nos cuesta muchísimo esperar con paciencia que se materialice lo que hemos creído y esperamos porque Dios lo ha prometido, especialmente cuando vivimos situaciones límites, difíciles de manejar y de entender. Para los cristianos la fe es un regalo de Dios para salvación; «Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte.» (Efesios 2:8). Este regalo nos permite experimentar el cumplimiento de todas sus promesas en nuestras vidas, convirtiéndose éstas en testimonios poderosos que nos hacen permanecer firmes en Él. 

Y aunque muchos intelectuales persisten en hacer preguntas estrictamente racionales y esperan respuestas específicas sobre nuestra fe, por mucho que tratemos de explicarles y hacerles entender, si no son espirituales, la razón no les servirá de mucho. La fe cristiana es un don de Dios que se manifiesta de forma espiritual, cosa que los estrictamente intelectuales jamás serán capaces de entender. Porque el que es espiritual cree por fe y no necesita pruebas ni evidencias de lo que cree, aunque su razón ya ha validado la realidad espiritual. Así lo establece el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios diciendo: «Ahora bien, Dios nos ha revelado esto por medio de su Espíritu, pues el Espíritu lo examina todo, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios. Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo sino el Espíritu que procede de Dios para que entendamos lo que por su gracia él nos ha concedido. Esto es precisamente lo que hablamos, no con las palabras que enseña la sabiduría humana sino con las que enseña el Espíritu, de modo que expresamos verdades espirituales en términos espirituales.  El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente. En cambio, el que es espiritual lo juzga todo, aunque él mismo no estás sujeto al juicio de nadie, porque ¿quién ha conocido la mente del Señor para que pueda instruirlo? Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo.» (1 Corintios 2:10:16) 

Son muchas las cosas que ni siquiera la ciencia ha podido explicar del todo, especialmente de nuestro entorno natural y nuestra procedencia y jamás lo podrá hacer. Porque si Dios permitiera que los hombres lo supieran todo, estaría confiriéndole a la humanidad uno de sus inigualables atributos, la omnisciencia. ¡Qué peligro! Así que sólo aquel que tiene algo de fe, es terreno fértil para que el Espíritu de Dios se manifieste revelando las verdades espirituales. Y cuando el Espíritu de Dios ha revelado sus verdades a nuestro espíritu, entonces estamos capacitados para decidir cultivar nuestra relación espiritual con Dios, porque Dios es Espíritu. Por eso podemos renunciar a nuestras vidas y permitir que Él haga su voluntad en ellas. Yo soy testigo de las grandes cosas que se experimentan al confiar y creer en que el Dios de lo imposible, hace las cosas posibles.  Sólo hace falta creer. Creer que sus promesas se cumplirán en nosotros, aunque lo que vemos de frente no se parece a lo que esperamos «Vivimos por fe, no por vista.» (2 Corintios 5:7). Creer que «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito.» (Romanos 8:28). Jesús dijo: «Para el que cree, todo es posible.» (Marcos 9:23). En la carta a los Hebreos, encontramos un inigualable resumen bíblico de la historia de la fe desde tiempos inmemorables. Para entender con claridad muchas de las expresiones del capítulo que veremos a continuación, hace falta conocer las historias bíblicas citadas en él. Son los testimonios de aquellos que vivieron creyendo que Dios es Todopoderoso, hacedor de maravillas, milagros y prodigios en todo aquello que se sale de nuestro control, y que consideramos imposible. El relato y definición de fe en esta carta, debe llevarnos a contrastar y examinar lo que entendemos y practicamos por fe en nuestros tiempos. Dice así:

«La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve. Gracias a ella fueron aprobados los antiguos. Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve. Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más aceptable que el de Caín, por lo cual recibió testimonio de ser justo, pues Dios aceptó su ofrenda. Y por la fe Abel, a pesar de estar muerto, habla todavía. Por la fe Enoc fue sacado de este mundo sin experimentar la muerte; no fue hallado porque Dios se lo llevó, pero antes de ser llevado recibió testimonio de haber agradado a Dios. En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan. Por la fe Noé, advertido sobre cosas que aún no se veían, con temor reverente construyó un arca para salvar a su familia. Por esa fe condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe. Por la fe Abraham, cuando fue llamado para ir a un lugar que más tarde recibiría como herencia, obedeció y salió sin saber a dónde iba. Por la fe se radicó como extranjero en la tierra prometida, y habitó en tiendas de campaña con Isaac y Jacob, herederos también de la misma promesa, porque esperaba la ciudad de cimientos sólidos, de la cual Dios es arquitecto y constructor. Por la fe Abraham, a pesar de su avanzada edad y de que Sara misma era estéril, recibió fuerza para tener hijos, porque consideró fiel al que le había hecho la promesa. Así que de este solo hombre, ya en decadencia, nacieron descendientes numerosos como las estrellas del cielo e incontables como la arena a la orilla del mar. Todos ellos vivieron por la fe, y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las reconocieron a lo lejos, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria. Si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella. Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad. Por la fe Abraham, que había recibido las promesas, fue puesto a prueba y ofreció a Isaac, su hijo único, a pesar de que Dios le había dicho: «Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac.» Consideraba Abraham que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos, y así, en sentido figurado, recobró a Isaac de entre los muertos. Por la fe Isaac bendijo a Jacob y a Esaú, previendo lo que les esperaba en el futuro. Por la fe Jacob, cuando estaba a punto de morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyándose en la punta de su bastón. Por la fe José, al fin de su vida, se refirió a la salida de los israelitas de Egipto y dio instrucciones acerca de sus restos mortales. Por la fe Moisés, recién nacido, fue escondido por sus padres durante tres meses, porque vieron que era un niño precioso, y no tuvieron miedo del edicto del rey. Por la fe Moisés, ya adulto, renunció a ser llamado hijo de la hija del faraón. Prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios a disfrutar de los efímeros placeres del pecado. Consideró que el oprobio por causa del Mesías era una mayor riqueza que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa. Por la fe salió de Egipto sin tenerle miedo a la ira del rey, pues se mantuvo firme como si estuviera viendo al Invisible. Por la fe celebró la Pascua y el rociamiento de la sangre, para que el exterminador de los primogénitos no tocara a los de Israel. Por la fe el pueblo cruzó el Mar Rojo como por tierra seca; pero cuando los egipcios intentaron cruzarlo, se ahogaron. Por la fe cayeron las murallas de Jericó, después de haber marchado el pueblo siete días a su alrededor. Por la fe la prostituta Rajab no murió junto con los desobedientes, pues había recibido en paz a los espías. ¿Qué más voy a decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, los cuales por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros. Hubo mujeres que por la resurrección recobraron a sus muertos. Otros, en cambio, fueron muertos a golpes, pues para alcanzar una mejor resurrección no aceptaron que los pusieran en libertad. Otros sufrieron la prueba de burlas y azotes, e incluso de cadenas y cárceles. Fueron apedreados, aserrados por la mitad, asesinados a filo de espada. Anduvieron fugitivos de aquí para allá, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, pasando necesidades, afligidos y maltratados. ¡El mundo no merecía gente así! Anduvieron sin rumbo por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas. Aunque todos obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, ninguno de ellos vio el cumplimiento de la promesa. Esto sucedió para que ellos no llegaran a la meta sin nosotros, pues Dios nos había preparado algo mejor.» (Hebreos 11)

Este resumen nos confronta con la realidad de fe que vivimos hoy. Pues la fe de todos estos hombres y mujeres de Dios descritos en la carta, pareciera estar extinta en este tiempo. Ellos entendían muy bien lo que Santiago expuso en su carta cuando dijo: «Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, sino tiene obras?…» «…Pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.» (Santiago 2:14;26) Muchos de estos testimonios de fe estaban amarrados a la obediencia. Cuando obramos conforme al propósito y a la voluntad de Dios, entonces demostramos la verdadera fe.  Pues cuando vivimos confiando que el plan que Dios diseñó para nuestras vidas es agradable y perfecto, llegamos a experimentar la plenitud y el gozo que hay de vivir agradándole a Él, llegando a ser parte de aquellos que Jesús profetizó diciendo que «los verdaderos adoradores rendirían culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren.» (Juan 4:23). Pero contrario a lo que muchos piensan, la fe cristiana es sacrificada.  Me gusta mucho un dicho popular que dice: «La fe no hace las cosas fáciles, hace las cosas posibles». Pero hay que estar dispuestos a sufrir las consecuencias de vivir en oposición a lo que el mundo pretende imponer. ¿Estaremos dispuestos a sufrir las burlas, los azotes, cadenas y cárceles por nuestra fe? ¿Estaremos dispuestos a ser apedreados, asesinados, andar fugitivos pasando necesidades, afligidos y maltratados por causa de nuestra fe? Aunque todas estas cosas no fueran parte de nuestra realidad, son las consecuencias que sufrieron, y el testimonio que dieron aquellos que por sus obras demostraron su fe, y agradaron a Dios adorándole en espíritu y en verdad. Nuestras obras sirven de testimonio al mundo de lo que Dios ha hecho en nosotros, pero nuestra salvación nos ha sido regalada por la fe. En estos tiempos, sólo por la verdadera fe y el Espíritu que Dios ha puesto en nosotros, llegaremos a hacer aquello para lo cual fuimos llamados. Nuestra fe estará siendo probada ahora más que nunca, procuremos la aprobación de Dios y no de los hombres. «Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Así también la fe de ustedes, vale mucho más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación.» (1 Pedro 1:6-9)  ¡Avivemos nuestra fe!

Eduardo Figueroa Aponte

Un Llamado a Despertar…

biblencross. [downloaded with 1stBrowser]Somos muchos los que nos hemos desvivido luchando por alcanzar nuestras metas, sueños y anhelos del corazón, y así poder ocupar un lugar respetable ante la sociedad. ¿Y qué hay de malo en eso? Nada. Pero la verdadera pregunta es: ¿De qué sirve todo eso? La gran realidad es que si Dios no ocupa el primer lugar en nuestras vidas, todo lo que hagamos es en vano, según fue establecido en el el libro de los Salmos «Si el Señor no edifica la casa en vano trabajan los que la edifican.  Si el Señor no guarda la ciudad en vano vigila el guardia.  En vano se levantan de madrugada y van tarde a reposar comiendo el pan con dolor; porque a su amado dará Dios el sueño».  (Salmos 127:1-2).  

Muchos hemos alcanzado ya varias de esas metas, sueños y anhelos del corazón, a veces poniendo a Dios en el último lugar y la mayoría de las veces sin contar con Él. Cuando hemos alcanzado el objetivo, surgen otras dos preguntas: ¿Esto era todo? y ¿Ahora que? Ya logré todo lo que me propuse pero no me siento satisfecho ni completo. ¿Por qué? Porque el lugar que le pertenece a Dios en nuestros corazones, está vacío u ocupado por otras cosas que se han convertido en los dioses que dirigen nuestras vidas (la casa, el carro, los viajes, el trabajo, los estudios, los deportes, los títulos, el poder, la fama, el dinero, etc,). Todo esto es bueno y no hay nada malo en disfrutarlo, pero hemos invertido el orden de prioridades, poniendo a Dios por último y en muchos casos sacándolo de nuestras vidas, pues creemos que hemos hecho todo por nosotros mismos y no necesitamos a Dios.  Pero, la verdad es que Dios en su amor de Padre y misericordia a nosotros derrama su bendición, aunque no la merecemos, eso se llama (gracia).

El concepto de «SER ALGUIEN» que la humanidad nos ha querido empujar por ojo, boca y nariz, no tiene nada que ver con la identidad que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Su vida terrenal se resume en una sola palabra, AMOR, y su sacrificio nos ha otorgado el privilegio de ser considerados hijos y coherederos con Él. «Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria». (Romanos 8:17). Y el sufrimiento que enmarca este pasaje, tiene que ver con la advertencia que Jesús hizo, relatada en el evangelio de Mateo diciendo: «Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la encontrará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho». (Mateo 16:24-28). Quiere decir que los que viven y trabajan para Dios recibirán la recompensa que Él ha prometido, pero los que viven y trabajan para sí mismos, reciben como recompensa el fruto de lo que hacen con sus vidas y su trabajo.  En muchas ocasiones, aunque han logrado lo que se han propuesto, ese fruto acarrea sinsabores, dolores de cabeza y frustraciones, y según el pasaje, han perdido sus vidas (su salvación) porque terminan haciendo muchas cosas que no agradan a Dios y les alejan de Él, convirtiéndose en rebeldes al propósito para el cual han sido creados, vivir en Él, con Él y para Él).

Por naturaleza rechazamos vivir en ese amor que Jesús nos modeló y a cambio hemos elegido vivir en (el desamor, el odio, la amargura, la codicia, el dolor, el engaño, la tristeza, la avaricia, el egoísmo, la contienda, el amor al dinero que es idolatría, etc.), todo esto como resultado de vivir y trabajar por nuestros propios deseos, a los cuales le rendimos culto y adoración, y en los cuales desperdiciamos nuestras vidas. Si aceptáramos con humildad la identidad que Dios nos ofrece en Cristo, y decidimos dejar que Él ocupe el lugar que le corresponde, y sacamos todo lo que está ocupando su lugar en nuestro corazón, entonces todo lo que hagamos tendrá un verdadero sentido y propósito fundado en el amor de Dios.

Su palabra dice: “Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” Porque los paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas.» (Mateo 6:31-34). Cuando hacemos lo que dice su Palabra, se cumplen sus promesas en nuestras vidas, y nuestras metas, sueños y anhelos del corazón, se disuelven dentro de las metas, sueños y anhelos del corazón de Dios (su propósito) para nuestras vidas. Sólo así llegaremos a sentir una verdadera satisfacción y gozaremos de una auténtica identidad. A Él sea la gloria!

Eduardo Figueroa Aponte