«El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.» (1 Juan 4:8). Este versículo bíblico explica la médula de todos nuestros problemas sociales. Muchos profesan amar a los suyos, así que creen en el amor y viven tratando de cultivarlo y disfrutarlo aunque el amor es algo que no se puede ver. Sin embargo, como no ven a Dios, no creen en Él, no lo profesan, ni tratan de cultivar su relación con Él, por lo tanto tampoco pueden disfrutarla, aunque Dios es el origen mismo del amor. Pero como todo en nuestras vidas, buscamos apropiarnos y practicar lo que nos conviene y nos gusta. Así que las cosas que no nos gustan, aunque nos convienen, las rechazamos. Nos pasa con nuestros padres. Nos encanta que nos amen, nos mimen y nos provean todo lo que nos gusta y necesitamos; pero detestamos que nos corrijan y nos pongan límites, aunque esos límites sean impuestos para protegernos porque nos aman. Así mismo nos pasa con Dios. Nuestro Creador y Padre celestial nos impuso límites que nunca debimos pasar, pues Él, que todo lo sabe, quiso protegernos de todos los males que hoy nos aquejan. Pero queremos disfrutar su amor, recibiendo todo lo que Él nos da y le pedimos, pero no queremos saber de sus correcciones y límites, que son producto de su amor por nosotros.
Vivimos en la era en que la humanidad pretende redefinir todas las cosas absolutas en cosas relativas. De aquí nacen un sinnúmero de planteamientos filosóficos individualistas, que carecen de toda razón lógica y credibilidad, pues no cuentan con el apoyo de investigaciones serias que validen la efectividad de dichos planteamientos. Pero el tiempo se ha encargado de evidenciar que donde quiera que se ha aceptado e implantado la práctica de dichos planteamientos, éstos han provocado serias dificultades en la sociedad que ni siquiera los gobiernos saben cómo manejarlas. Y sólo así porque sí pretenden imponer sus filosofías como verdades absolutas que deben ser aceptadas y respetadas e impuestas al resto de la humanidad. Son planteamientos basados en sentimientos pasionales y deseos frívolos producto del pensamiento individualista/egoísta, que aunque puede ser auto-destructivo, se convierte en el capricho de algunos que reclaman tener «derecho» aunque en nada aporte a la estabilidad social, la sana convivencia y el bien común. Por eso hoy encontramos a muchos enredados entre tanta multiplicidad de pensamientos, porque no practican el análisis responsable de todo lo que escuchan o leen, recibiendo y apoyando cualquier cosa que les parezca bien o les convenga, aun cuando no conocen su procedencia, propósito y consecuencias.
Es importante analizar las situaciones de la vida detenidamente, pues son fundamentales para nuestro crecimiento personal y el desarrollo de nuestro carácter y buen juicio, especialmente cuando esas situaciones rompen con nuestros esquemas. En vez de preguntarnos el ¿porqué? de las cosas, debemos preguntarnos ¿para qué? esas cosas. Pero preferimos optar por lo más fácil, dejarnos llevar por la corriente y no hacernos pregunta alguna. Nadie quiere asumir posturas responsables, dicen: «prefiero evitar situaciones, eso es muy problemático…»; pero es honesto. No existe el sano juicio para el análisis de las cosas. Hoy día la honestidad es enemiga de la lealtad. Diferir del otro con respeto es sinónimo de enemistad. «Si no estás conmigo, estás contra mí.» Exigimos tolerancia y equidad cuando no somos capaces de ofrecerlas, ni tratamos a los demás como queremos que nos traten. No obstante, impera la falta de respeto y la burla. Ante opiniones encontradas, en el mejor de los casos, guardamos silencio para evitar el drama o preferimos ser hipócritas y así congraciarnos con todo el mundo, y nos dejamos arrastrar por la corriente, apoyando cualquier cosa, aunque en realidad no estemos de acuerdo y no tengamos idea hacia dónde nos arrastrará tal corriente.
Pero claro, resulta más fácil repetir lo que otro dijo, especialmente cuando nos exime de toda responsabilidad con Dios y con los demás, y nos abre las puertas para dar rienda suelta a nuestro instinto animal (irracional) y los más bajos deseos egocentristas, (hagamos todo lo que nos gusta y está prohibido) esto sin medir consecuencias. Si se ha prohibido, es porque de alguna manera se ha probado que las consecuencias de eso que se ha prohibido son fatales, especialmente si la prohibición proviene de la Palabra de Dios, la Biblia. En la carta a los Romanos el apóstol Pablo plantea lo siguiente «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, agradable y perfecta.» (Romanos 12:2). Todo lo que Dios ha dado por mandato, lo dio por amor a nosotros, sabiendo que nosotros éramos capaces de hacernos daño a nosotros mismos si no teníamos reglas a seguir. Pero todo aquel que no cree en Dios, y todo el que «cree» pero no le obedece, menosprecia Su amor.
De aquí nace el rechazo y el repudio a los cristianos, pues aunque el mundo no lo reconozca ni lo acepte, los que profesamos y creemos que Dios ha revelado en la Biblia como mandato y normas a seguir para que vivamos vidas plenas, ha sido la estructura que ha permitido que la humanidad trascienda en su existencia, pues de otra manera, ya nos hubiéramos auto-destruido. Pero como todo lo que Dios ha dicho, hoy día representa «fanatismo, fundamentalismo religioso, violación de derechos civiles, crimen de odio, etc.» pues hay que erradicar el cristianismo. Sí, ahora quieren restringir nuestro derecho constitucional a la libertad de culto, criminalizar nuestra fe, prohibirnos la libertad de expresión, y perseguirnos hasta que decidamos abandonar nuestra fe. Todo esto porque queremos obedecer el mandato de Dios, de predicar su evangelio a toda criatura, nos convertimos en obstáculo y barrera que detiene la práctica de todo lo que Dios ha prohibido, que resulta muy placentero a los caprichos individuales, pero que al fin y al cabo terminarán por destruir la humanidad. Pero no debe sorprendernos a los que estudiamos y conocemos las Sagradas Escrituras, pues en ellas encontramos que Jesús nos advirtió lo siguiente:

Es evidente que tras el paso de los años, la buena convivencia, los principios, valores y costumbres que permitieron el buen funcionamiento de las sociedades, han ido sucumbiendo. Esto ante las emergentes políticas de convivencia de la postmodernidad, que como epidemias infecciosas y virales, van intoxicando las sociedades del mundo, que hoy convulsa y comienza a dar síntomas de mortandad. Lo más trágico de todo, es que estas epidemias producen un efecto embriagante que inhibe los sentidos y la razón de los más sabios, al punto de convertirlos en necios, aún dentro de la Iglesia. Son como ríos irrefrenables que al acumular las incesantes lluvias, se llevan todo lo que encuentran a su paso con la fuerza de sus corrientes. De esto nos advirtió el apóstol Pablo diciendo: «Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio según las normas de esta época, hágase ignorante para así llegar a ser sabio. Porque a los ojos de Dios la sabiduría de este mundo es locura. Como está escrito: «Él atrapa a los sabios en su propia astucia»; y también dice: «El Señor conoce los pensamientos de los sabios y sabe que son absurdos.»». (1 Corintios 3:18-20).
Si no le damos la oportunidad a Dios de manifestarse en nuestras vidas por fe, jamás podremos experimentar las grandes cosas que Él ha dispuesto para los que en Él creen y le aman. Pero creer no es suficiente. Dios demanda de nosotros tomar una decisión. ¿Que cuál es? Reconocer y confesar (expresar, declarar) que Jesús es nuestro Señor y Salvador y entregarle nuestra vida en ofrenda y gratitud por su sacrificio en la cruz por nosotros. Tenemos que renunciar a nuestro YO, nuestra VOLUNTAD, nuestro LIBRE ALBEDRÍO y someternos al PLAN perfecto que Él diseñó para aquellos que le DEMUESTRAN su amor. La Biblia dice: