El deber del cristiano; ante la locura del mundo…

el-deber-del-cristiano-ante-la-locura-del-mundoEl apóstol Pablo, en su primera carta a los corintios, comenzó amonestando a esa comunidad de fe, porque había cierta rivalidad entre ellos.  Según sus planteamientos, la causa de la rivalidad yacía en que cada bautizado seguía al líder que lo bautizó y defendía la retórica del mismo. Debemos estar conscientes de que la ciudad de Corinto era una de las plazas más importantes para la exposición y exaltación del pensamiento filosófico de la época, donde cada filósofo tenía sus seguidores, y los nuevos creyentes estaban influenciados por esa modalidad. El apóstol les reprochó esta costumbre porque a quien único debían seguir y exaltar era a Cristo. Por eso dio gracias a Dios de no haber bautizado a muchos porque, a pesar de eso, había quienes decían que eran seguidores de él.

Pero queriendo reafirmar y aclarar cuál era su deber dijo: «Pues Cristo no me envió a bautizar sino a predicar el evangelio y esto sin discursos de sabiduría humana, para que la cruz de Cristo no perdiera su eficacia. Me explico: El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios.  Pues está escrito: <Destruiré la sabiduría de los sabios; frustraré la inteligencia de los inteligentes.>  ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el erudito? ¿Dónde el filósofo de esta época? ¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de este mundo? Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen. Los judíos piden señales milagrosas y los gentiles buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado. Este mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles, pero para los que Dios ha llamado, lo mismo judíos que gentiles, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana. Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse. Pero gracias a él ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría -es decir, nuestra justificación, santificación y redención- para que, como está escrito: <Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor.>» (1 Corintios 1-17:31 NVI).

Tengamos presente que aquí los judíos son el pueblo con el que Dios hizo su antiguo pacto y no recibieron a Jesús como Salvador, y los gentiles son el resto de la humanidad, o sea nosotros, que cuando aceptamos el sacrificio de Cristo, nos convertimos en beneficiarios del nuevo pacto en Su sangre. En este pasaje, el apóstol aclaró que su deber era predicar a Cristo crucificado y que el propósito del evangelio de Jesús, no tiene nada que ver con la costumbre griega de filosofar con mucha inteligencia, y ganar seguidores y aplausos.  Sino que en el mensaje que él les llevó de la cruz de Cristo, Dios quiso darse a conocer de manera muy sencilla, con pocas palabras y para la salvación de todo el que crea.  El detalle está en que muchos de los que se creen muy sabios (filosofando al estilo griego), son también muy incrédulos, y siempre buscan la manera de retar lo que otros creen y defienden, con argumentos viciados de la locura humana de este mundo y carentes de la sabiduría que viene de Dios.  El salmista dijo: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor; buen juicio demuestran quienes cumplen sus preceptos. ¡Su alabanza permanece para siempre!» (Salmos 111:10 NVI).  El proverbista también dijo: «El temor del Señor es el principio del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la disciplina.» (Proverbios 1:7 NVI).  También dijo: «Confía en el Señor de todo corazón y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos y él allanará tus sendas. No seas sabio en tu propia opinión; más bien, teme al Señor y huye del mal.  Esto infundirá salud a tu cuerpo y fortalecerá tu ser.» (Proverbios 3:5-8 NVI).

Dios nos dejó dicho que la aparente sabiduría de los hombres en este mundo se convertiría en locura, y ciertamente eso es exactamente lo que estamos viendo en este tiempo.  Así que la receta del apóstol Pablo para los que hemos creído en el mensaje de salvación, es permanecer firmes haciendo aquello para lo cual el Señor nos ha llamado, ser sus testigos.  Así lo dejó establecido Jesús antes de su ascensión al cielo en presencia de sus discípulos diciendo: «Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.» (Hechos 1:8 NVI). Por eso, nuestro deber es predicar el evangelio tal cual nos ha sido revelado en la Escritura, y esto desde cualquiera de los altares que nos provee la vida para testificar lo que Dios ha hecho en nosotros, que en ocasiones, no hace falta el uso de palabras, si nos esforzamos por imitar a Jesús. Según el apóstol, lo único indispensable para cumplir este mandato, es tener el Espíritu Santo de Dios que nos capacita para esta tarea.  A través de los siglos hemos visto cómo la intervención de la «sabiduría humana» ha servido como piedra de tropiezo para el mensaje del evangelio. Así ha quedado demostrado, cuando vemos el sinnúmero de denominaciones eclesiásticas, que en vez de unificar la iglesia, la ha dividido.  ¿No es esto lo que el apóstol Pablo le reprochó a la iglesia de Corinto?

Esto evidencia la tendencia de los hombres a rechazar la sabiduría y disciplina de Dios, lo que nos convierte en necios que siguen la locura de los hombres, tal como lee el proverbio del capítulo uno que citamos hace un momento. Jesús nos ha dejado una gran comisión y una promesa cuando dijo: «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:18-20 NVI).  Si esto es así, entonces ¿por qué dudamos tanto y no obedecemos?  Ya Dios nos ha dicho que nos escogió a nosotros los «insensatos, débiles, lo más bajo y despreciado» para llevar el mensaje, porque la gloria debe ser única y exclusivamente para Él. Por eso frustró la sabiduría de los hombres, para que sepan que la verdadera sabiduría está en Dios. Además, en este pasaje Jesús prometió que si obedecemos a lo que se nos ha enseñado, Él estará con nosotros hasta el fin del mundo.  Entonces, ¿por qué tememos?

Así que tenemos el deber de llevar el mensaje del evangelio, hacer discípulos, bautizarlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñarles a obedecer.  Estos deberes nos acompañan a TODOS los cristianos desde que aceptamos a Jesús como Señor y Salvador nuestro, sin distinción de personas. Quiere decir, que esto no es responsabilidad únicamente de aquellos que reconocemos como líderes en la iglesia (pastores, diáconos, evangelistas y ministros de la música), es un deber de TODOS. Por lo tanto, no hay excusas, porque todo el que ha recibido a Jesús ha sido sellado con el Espíritu Santo, quien nos ciñe del poder que Él prometió para que seamos testigos.  Y aquí es necesario señalar que la palabra que se tradujo al español como «testigos», en el griego, idioma original del Nuevo Testamento, es la palabra es «μάρτυρες«, que significa (mártires).  ¿Y qué significa esto? Para dejarlo meridianamente claro, miremos la definición que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española: «Persona que padece muerte en defensa de su religión; Persona que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones; Persona que se sacrifica en el cumplimiento de sus obligaciones.»  Entonces ¿a qué nos envió Jesús? ¿A encerrarnos en nuestros templos para gozarnos de su presencia y vivir enajenados de nuestra obligación con el mundo?

NO, sino a llevar su mensaje en palabra y obra dondequiera que Él nos lleve en este mundo, cueste lo que cueste.  Sí, un cristiano debe ser capaz de proclamar su fe y dar testimonio de lo que Dios ha hecho en su vida bajo cualquier circunstancia.  Jesús padeció hasta la muerte siendo inocente, y si nos consideramos sus discípulos y aspiramos a llegar a ser como Él, entonces debemos estar dispuestos a padecer (crítica, burla, menosprecio, acoso, persecución, difamación, traición, abandono, desprecio, injusticia, engaño, maltrato, abuso, agresión, etc.) y hasta morir, porque también resucitaremos a semejanza suya, e iremos a su morada habiendo cumplido con el propósito de Dios. Así lo dejó establecido el apóstol Pablo en su carta a la iglesia de Filipos diciendo: «La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por lo contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.» (Filipenses 2:5-11 NVI). Así que ¿quiénes somos nosotros para pretender defender nuestra propia justicia cuando sufrimos por causa del evangelio? Si Dios se humilló a sí mismo para salvación nuestra, debemos ser capaces de ofrendar hasta nuestra vida si es necesario, para que Su nombre sea glorificado.  La palabra traducida al español como «siervo», en el griego es «δούλου«, que significa (esclavo).  Por lo tanto, si nos proclamamos esclavos de Jesús, como Él se hizo esclavo del Padre, nuestro deber es obedecer como todo esclavo a su señor. Sé que esta palabra puede sonar dura, pero es la verdad. El tiempo para alimentarnos de la leche se acabó, es tiempo de ser fortalecidos con alimento sólido para soportar las pruebas que se avecinan, y poder vencer.

Es por esto que el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo le dijo: «En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos. Tú, por el contrario, sé prudente en todas las circunstancias, soporta los sufrimientos, dedícate a la evangelización; cumple con los deberes de tu ministerio.» (2 Timoteo 4:1-5 NVI). Aquí el apóstol Pablo reiteró su reproche a la sabiduría humana, que reina hoy más que nunca y está dirigida a sus propios deseos, por lo que no toleran la corrección de Dios como Padre.  Este pasaje concuerda con lo que también el apóstol Pedro testificó junto a los demás apóstoles delante de las autoridades de su tiempo, que les juzgaban diciendo: «Terminantemente les hemos prohibido enseñar en ese nombre. Sin embargo, ustedes han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y se han propuesto echarnos la culpa a todos de la muerte de ese hombre. -¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!- respondieron Pedro y los demás apóstoles.» (Hechos 5:28-29 NVI). Así que aunque la locura de las autoridades de este mundo nos quiera imponer la ley del silencio, estamos obligados a cumplir con la Ley de Dios, cueste lo que cueste.

Para este tiempo fuimos llamados hermanos, la Iglesia es el cuerpo de Cristo en la tierra, y nuestro deber es continuar la obra que Él comenzó, no sólo en nuestros templos, sino dondequiera que el Señor nos permite llegar. Las señales de los tiempos anuncian que su regreso está cerca y debemos adelantar su reino en la tierra.  Jesús nos dejó este mensaje: «Por lo tanto, manténganse despiertos, porque no saben qué día vendrá su Señor. Pero entiendan esto: Si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, se mantendría despierto para no dejarlo forzar la entrada. Por eso también ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperen. <¿Quién es el siervo fiel y prudente a quien su señor ha dejado encargado de los sirvientes para darles la comida a su debido tiempo? Dichoso el siervo cuando su señor, al regresar, lo encuentre cumpliendo con su deber. Les aseguro que lo pondrá a cargo de todos sus bienes. Pero ¿qué tal si ese siervo malo se pone a pensar: «Mi señor se está demorando», y luego comienza a golpear a sus compañeros, y a comer y a beber con los borrachos? El día en que el siervo menos lo espere y a la hora menos pensada el señor volverá. Lo castigará severamente y le impondrá la condena que reciben los hipócritas. Y habrá llanto y rechinar de dientes.» (Mateo 24:42-51 NVI).  Así que proclamemos nuestra fe con gozo y sin temor, por encima de toda oposición, porque Dios recibirá toda la gloria y nosotros nuestra salvación.

El sufrimiento… ¡Un proceso transformador!

El sufrimiento... ¡Un Proceso Transformador!Somos muchos los que nos hacemos esta pregunta con frecuencia: ¿por qué los seres humanos tenemos que sufrir? La gran mayoría de nosotros miramos este proceso con recelo, porque implica momentos de dolor y angustia que rehusamos atravesar, porque se nos ha inculcado que los seres humanos vienen a este mundo para ser felices. Aunque la «felicidad» no es el fin último de nuestra existencia sobre la tierra, es uno de los beneficios más codiciados en la vida, y en su búsqueda, la humanidad se ha alejado de Dios y se ha vuelto tan egoísta, que cada cual busca la suya sin importar cuánto daño le hace a su semejante. Pero le guste o no a los seres humanos, el sufrimiento es un proceso ineludible que hay que aprobar en la escuela de la vida, que aporta grandes beneficios al desarrollo de nuestro carácter. Pero, ¿qué es el sufrimiento? Con mucha frecuencia, según nuestro contexto cultural, acostumbramos a asignar nuestros propios conceptos y definiciones a las palabras. Pero cuando entramos en el análisis profundo de un tema, estamos obligados a examinar con cuidado los conceptos que dirigen nuestros planteamientos.  Por eso nos referimos al Diccionario de la Real Academia Española, que ofrece un sinnúmero de definiciones para el verbo (sufrir). De éstas hemos seleccionado las que se ajustan a nuestros planteamientos, y subrayamos las que entendemos que deben prevalecer en nuestro entendimiento del verbo (sufrir), y dice que es [Sentir físicamente un daño, un dolor, una enfermedad o un castigo; sentir un daño moral; recibir con resignación un daño moral o físico; sostener, resistir; tolerar o llevar con paciencia; permitir, consentir; satisfacer por medio de la pena; someterse a una prueba o examen; contenerse, reprimirse]. Tal vez, la mayoría de nosotros, no encontramos aquí nuestra definición (concepción) sobre el sufrimiento, pero éstas son las definiciones oficialmente relacionadas a este verbo en Latinoamérica, y encontramos en ellas la manera correcta de entender el sufrimiento.

Por otro lado, la «felicidad» es un estado que sólo alcanza su grado superlativo y permanente cuando decidimos rendir nuestras vidas en adoración/obediencia a Dios, aunque esto no implica ausencia de sufrimiento. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la (felicidad) se define como [Estado de grata satisfacción espiritual y física; persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz; ausencia de inconvenientes o tropiezos]. De aquí también hemos subrayado la definición que debe prevalecer en nuestro entendimiento de la felicidad. Sin embargo, la humanidad define «felicidad» según el resto de las definiciones ofrecidas en el diccionario, y es por eso que también se afecta su entendimiento del sufrimiento, pues la felicidad de los seres humanos no debe estar basada en (personas, situaciones ni objetos, que producen más sufrimiento) sino, en su estado de grata satisfacción espiritual, de lo que muchos de nosotros podemos ser testigos. Así lo enseñó el apóstol Pablo en su segunda carta a los corintios, respecto a la persecución y los sufrimientos que vivían por causa del evangelio diciendo: «Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día a día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora pasamos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. Así que no nos fijamos en lo visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno.» (2 Corintios 4:16-18). Y no es que seamos insensibles al sufrimiento, es que confiamos en las promesas y los propósitos de Dios, aunque no entendamos los procesos.

Muchos viven haciendo malabares en su afán de alcanzar la supuesta «felicidad» que viven las luminarias de la alta alcurnia, que es evidentemente inalcanzable para el resto de los seres vivientes, y que tanto promueven los medios de comunicación. Sumidos en la ambición, desperdician toda su vida en trabajo forzoso y extenuante, que irónicamente, les roba el tiempo para disfrutar de lo que cosechan y cultivar el núcleo familiar, por lo que se hace imposible alcanzar la tan anhelada «felicidad», pues terminan perdiendo las cosas más importantes de la vida y que el dinero no puede comprar. En ocasiones, esto los lleva a adquirir deudas impagables debido el exceso de posesiones, que terminan robándoles el sueño, en su intento de sobreproteger lo que con tanto sacrificio han logrado. Por otro lado, hay quienes en su impotencia, terminan incurriendo en mecanismos reprochables y peligrosos, que en vez de proveerles la tan anhelada «felicidad», terminan privados de su libertad o prófugos de la justicia y sumidos en el estrés y el temor de que otros puedan arrebatarle lo que con muy poco sacrificio y de forma deshonesta han adquirido. Con todo esto, los que se esfuerzan y los que no, terminan sumidos en sufrimientos que son el resultado de malas decisiones, que se suman  a los que ofrece la escuela de la vida. Por eso debemos hacernos una pregunta obligada… ¿Realmente hay felicidad en todo eso? Hay una gran diferencia en atravesar por sufrimientos provocados por el pecado de la gente que vive alejada de Dios, por lo que no pueden ser felices; y atravesar los sufrimientos que forman parte del proceso natural de la vida, agarrados de la poderosa mano de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que nos hace vivir felices en la esperanza de su salvación y utiliza estos procesos para formar el carácter que nos lleva a parecernos cada vez más a Él.

El apóstol Pablo describe la condición del pecado en los hombres y su esperanza diciendo: «…Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…» (Romanos 2:22-24). Así que mientras vivimos alejados de Dios, estamos destituidos de Su gloria y vivimos bajo la ley del pecado, que acarrea mucho sufrimiento y dolor. Por eso envió a su Hijo Jesucristo a rescatarnos del pecado y restablecer nuestra relación con Dios, que nos devuelve una óptica correcta de la vida y la verdadera felicidad, a pesar del sufrimiento. Así el mismo Pablo lo explicó en su carta a los efesios cuando dijo: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales, para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de su gracia, que por su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.» (Efesios 2:4-10).

Es por esto que cuando rendimos nuestras vidas a la voluntad de Dios, miramos el mundo y lo que sucede en él desde otra perspectiva, pues vivimos conforme al plan de Dios y no conforme a nuestros planes. Y cuando enfrentamos situaciones difíciles, lo hacemos confiando en la buena voluntad de Dios porque «…sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo a su propósito.» (Romanos 8-28).  Y usted me dirá, pero es que yo no he sido llamado… y yo le diré, Dios le está llamando desde la primera vez que usted escuchó de Él, y hoy le está llamando por medio de esta Palabra.  La salvación es para todo aquel que crea y se arrepienta de su vida de pecado y decida caminar el resto de su vida conforme a las enseñanzas de Jesús.  Sólo así se hace posible entender que el sufrimiento es una parte esencial de la vida, pues tenemos mucho que aprender en él.

En la carta a los romanos, el apóstol Pablo nos señala cuáles son los frutos que produce el sufrimiento en aquellos que han decidido vivir sus vidas en Cristo Jesús, basado en su propia experiencia diciendo: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de él, y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes. Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.» (Romanos 5:1-5).

En la Biblia podemos encontrar más pistas que nos llevan a entender un poco más acerca del propósito del sufrimiento como proceso transformador, especialmente en la vida de Jesús. La carta a los hebreos dice que «…vemos a Jesús, que fue hecho un poco inferior a los ángeles, coronado de gloria y honra por haber padecido la muerte. Así, por la gracia de dios, la muerte que él sufrió resulta en beneficio de todos. En efecto, a fin de llevar a muchos hijos a la gloria, convenía que Dios, para quien y por medio de quien todo existe, perfeccionara mediante el sufrimiento al autor de la salvación de ellos.» (Hebreos 2:9-10). Así que si Jesús fue perfeccionado por medio del sufrimiento, implica que, (#1) el sufrimiento tiene el propósito de llevarnos a la perfección.  También en la carta a los hebreos se nos dice lo siguiente: «En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión. Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen…» (Hebreos 5:7-9). Así que si Jesús aprendió a obedecer por medio del sufrimiento, implica que, (#2) el sufrimiento tiene el propósito de llevarnos a la obediencia.  

Por lo tanto, si el Hijo de Dios fue perfeccionado y aprendió a obedecer por medio del sufrimiento, sería ingenuo de nuestra parte pensar que nosotros, habiendo sido adoptados como hijos, no vayamos a la misma escuela y seamos probados y examinados de la misma manera que el Autor y Consumador de nuestra fe Jesucristo, que con Su sangre compró nuestra adopción y derecho hereditario.  La carta a los hebreos nos muestra el sufrimiento como un efecto de la disciplina de Dios diciendo: «En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre. Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se nos dirige: [Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama y azota a todo el que recibe como hijo]. Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. ¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos. Después de todo, aunque nuestros padres humanos nos disciplinaban, los respetábamos. ¿No hemos de someternos, con mayor razón, al Padre de los espíritus para que vivamos? En efecto nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados en ella.» (Hebreos 12:4-11).  

Todo esto, amados hermanos, nos debe cambiar el panorama de lo que entendemos por sufrimiento y cómo debemos enfrentarlo. Suframos con gozo y alegría las disciplinas del Señor y dejémonos transformar por ellas para que su obra en nosotros sea completada.  La carta de Santiago nos exhorta: «Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada.» (Santiago 1:1-4). Finalizo esta reflexión con las palabras de aliento registradas en la primera carta del apóstol Pedro a las iglesias, que dice así: «¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable. Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes, a quienes el poder de Dios protege mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos. Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Asi también la fe de ustedes, que vale más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación.» (1 Pedro 1:3-9).

Eduardo Figueroa Aponte

No se trata de filosofía humana…

bible-and-cross-clip-art_613720. [downloaded with 1stBrowser]La fe cristiana no puede ser juzgada, criticada o invalidada por las interpretaciones teológicas que hacen los hombres, pues es mucho más que eso. La fe cristiana nació del evento histórico más trascendental de toda la historia de la humanidad hasta hoy, y fue profetizado muchos siglos antes de tener su cumplimiento, (La Muerte y Resurrección de Nuestro Salvador Jesucristo), que dividió la historia en antes y después de Él. La Biblia es clara y sencilla en su mensaje de Salvación. Pero todo aquel que no cree, se rehúsa a aceptar lo que Dios estableció como pecado (conducta adictiva que esclaviza y tiene consecuencias auto-destructivas de las que Dios siempre nos ha querido librar por amor a nosotros) usan toda clase de pretextos para justificar su pecado y seguir pecando deliberadamente, ignorando el grito de sus conciencias, que sin quererlo ellos, siempre les advierte de malas decisiones y sus consecuencias. Hablo por experiencia propia, pues aunque siempre creí, el pecado me mantuvo ciego.

Lo cierto es que el que siempre nos confronta con nuestra realidad de pecadores, aunque no lo queramos aceptar o reconocer, es el Espíritu Santo de Dios. Todo lo que Dios ha establecido como norma de fe y conducta es para nuestro beneficio, y no por capricho. A los que no les interesa ya Dios les ha advertido cuál será su destino. A los que creemos y aceptamos su mensaje de salvación, nos aferramos a sus promesas y procuramos obedecer sus mandamientos, demostrando así que le amamos, y experimentamos su fidelidad, pues siempre cumple lo que promete. Pero para vivir la experiencia y no sólo ver o escuchar el testimonio de otro, hay que creer “sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan” (Hebreos 11:6), “la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).

La Salvación nos es dada por fe, creyendo el mensaje con arrepentimiento y aceptando a Cristo, es así de simple. No se trata de lo que creemos porque lo hemos visto o lo que los científicos quieran “probar” especulando, pues ellos nunca han podido contestar las grandes preguntas de nuestra existencia y jamás lo harán, porque Dios es la Ciencia y nos ha dado a conocer lo necesario. Sólo con eso el hombre ha jugado a ser Dios, pero jamás lo será. La arqueología sigue validando lo que está escrito en la Biblia como historia, pues sus descubrimientos certifican lo que allí se escribió. En las profecías bíblicas, Dios nos ha dado a conocer lo que ha de suceder en los tiempos. Todo se ha estado cumpliendo y lo que falta por cumplirse llegará. No hay ninguno fiel y verdadero como Él.

Nada de lo que pensamos o creemos por interpretación propia de las Escrituras nos sirve, pues todo eso está basado en nuestras especulaciones. Lo que Dios quiso revelarnos ya está escrito y de forma literal en la Biblia, está en nosotros creerle o no. Nadie tiene por qué poner en tela de juicio lo que creemos, no sólo por fe a lo que dice la Biblia, sino por la experiencia de chocar con la presencia poderosa de Dios, que transformó mi vida cuando le entregué mi corazón humillado y decidido a apartarme del pecado, para vivir en intimidad con Él y participar del cumplimiento de sus promesas. Jamás he vivido experiencia más extraordinaria que sentirme perdonado, amado, cuidado, limpio y libre del pecado que me mantuvo preso y esclavizado, mientras vivía de espaldas a Dios. La sangre de aquel que murió por mí y por ti, Jesucristo, me limpió y me salvó para la vida eterna. Así como lo hizo en mí, también está buscando la manera de hacerlo en ti. “Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan su corazón” (Hebreos 4:7).

Eduardo Figueroa Aponte