LA SOBERBIA DE LA HUMANIDAD…

Es interesante cómo muchos de nosotros pretendemos agradar «adorar» a Dios mientras vivimos llenos de soberbia, ignorando lo que Dios ha dicho, porque preferimos vivir como nos place. ¿De verdad creemos que agradamos «adoramos» a Dios así? No lo creo. La obediencia es la virtud más indispensable a la hora de intentar agradar o adorar a Dios. «Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.» Mateo 16:24 (RVR1960).

No hay mayor ejemplo de obediencia que el de Jesús, quien se negó a sí mismo para hacer la voluntad del Padre como afirma la Escritura: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.» Filipenses 2:5-8 (RVR1960).  Sin embargo, la soberbia nos consume, y nos rehusamos a obedecer.

Ciertamente la humanidad tiene libre albedrío, pero si alguien pretende acercarse a Dios, y agradarle o adorarle, tiene que renunciar a la libertad que le conduce a practicar el pecado (soberbia), y convertirse en un siervo humilde y fiel que hace la voluntad de su Señor, y por eso disfrutará en plena libertad de las mejores dádivas que su Señor a reservado para todos aquellos siervos que demuestran que son fieles.  Si pretendemos ser discípulos de Jesús y aspiramos a ser como Él, entonces vivir como nos place no es una opción.  Dios vino a habitar entre nosotros para enseñarnos cómo debemos vivir conforme al origen de sus propósitos para la humanidad.  Sin embargo, nos parece poco que Dios haya decidido encarnarse en la figura de Jesús, para ser humillado y acecinado por nosotros, y a cambio Él nos ha pagado con Su perdón y nuestra salvación si nos arrepentimos, creyendo en Él y entregándonos a Él.  Sí, nos parece poco porque pretendemos seguir a Jesús mientras hacemos lo que más nos place, como dice el antiguo cliché, “sigue lo que te dicte tu corazón”.  Este cliché suena como el texto sagrado de una “religión” antropocéntrica, humanista, moderna, posmoderna y actual, pero no como un texto cristiano.  Las Escrituras establecen que seguir lo que dicta el corazón no siempre es lo más prudente o beneficioso.  En Jeremías 17:9-10 (RVR1960) dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?  Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.

Por eso, Jesús también dijo a sus discípulos:  «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.» Marcos 7:21-22 (RVR1960).  Además, el proverbista decía:  «El altivo de ánimo suscita contiendas; Mas el que confía en Jehová prosperará. El que confía en su propio corazón es necio; Mas el que camina en sabiduría será librado.» Proverbios 28:25-26 (RVR1960).  También decía:  «El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.» Proverbios 1:7 (RVR1960).  ¿Y cuál es el problema?  Que nos engañamos a nosotros mismos cuando pretendemos agradar “adorar” a Dios, si no somos capaces de renunciar a lo que más nos place, rindiendo nuestra voluntad para ejercitar la virtud de la obediencia a la voluntad de Dios, demostrando así que realmente buscamos agradarle y adorarle, como lo hizo Jesús al renunciar a sí mismo y sufrir hasta la muerte en obediencia al Padre.

Muchos dicen que esto es una tarea difícil.  Tal vez lo sea, pero más difícil fue para Jesús entregarse a la maldad de los hombres para ser humillado y acecinado, con tal de convertirse en la fuente de salvación y vida eterna para la humanidad.  Nadie ha dicho que es fácil, pero no es imposible para un corazón dispuesto a agradar a adorar a Dios, ya que Dios ha dado lo necesario para ayudarnos, como dice  2 Pedro 1:3-11 (RVR1960):  “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.  Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.  Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados.  Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás.  Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.”  Todo lo que hay que hacer es rendir nuestra voluntad, y el que cree y ha nacido de nuevo, ofrecerá su vida en sacrificio al servicio del Evangelio de Cristo, porque vive agradecido de su salvación.  La Escritura dice:  «Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.» Juan 7:37-39 (RVR1960).  Así que somos dotados con el poder del Espíritu Santo para que perseveremos, pero tenemos la responsabilidad de ser intencionales en práctica todo lo que el apóstol Pedro nos exhorta en la porción de su carta que leímos en este párrafo.

Agradar y adorar a Dios es un ejercicio espiritual que requiere el uso de la razón y una gran dosis de fe según Hebreos 4:2 (RVR1960) que dice:  “Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.”  Sólo la fe hace posible que los aspectos espirituales sean procesados por la razón, porque de otra manera, la razón no encuentra sentido a lo espiritual.  La Escritura dice:  “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” Hebreos 11:6 (RVR1960).  También dijo Jesús:  “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.  Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” Juan 4:23-24 (RVR1960).  Además se nos exhorta que:  “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.  Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.  Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” Colosenses 3:1-3 (RVR1960).  Pero como las cosas de arriba no se ven ni se oyen, no creemos lo que dice la Escritura, y por lo tanto, no obedecemos.  Además, es más fácil mantenerse enredado en las cosas perjudiciales de abajo porque alimentan los deseos insaciables de la carne, que obedecer a las Escrituras que alimentan nuestro desarrollo espiritual.

Así que no hay manera en que pretendamos agradar o «adorar» a Dios cuando no hemos rendido nuestra razón a la fe y tampoco estamos dispuestos a sacrificar lo que más nos place para ser obedientes a la voluntad de Dios, que no es otra cosa que ser transformados a imagen y semejanza de Cristo Jesús en todo, cultivando la vida espiritual que nos restaura para la verdadera vida, la vida eterna a la que seremos llevados para ser reunidos con nuestro Padre celestial.  En Marcos 14:38 (RVR1960) se nos exhorta lo siguiente:  “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.”  Por eso, si pretendemos agradar y “adorar” a Dios, la obediencia es crucial, ya que cuando desobedecemos somos considerados incrédulos. Romanos 10:16-17 (RVR 1960) dice:  “Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.”  Sucede que en este último pasaje, la palabra “obedecieron” es la traducción del concepto griego (hupakouo = obedecieron) que está relacionado al concepto griego (akouo = oír), que a la vez, es el equivalente del concepto hebreo (shama’ = oír/obedecer).  Por lo tanto, en los idiomas de la época usados en las Escrituras, tanto en el griego como en el hebreo, “oír y obedecer” son las hojas de una misma rama, básicamente una cosa implica la otra, se sobre entiende que si alguien escuchó, también obedeció.

Por todas partes las Escrituras nos guían a la búsqueda de la transformación de nuestra antigua manera de vivir, porque convertirse en un seguidor de Jesús es una decisión personal y voluntaria que tiene implicaciones serias, y cuando decidimos ser obedientes y negarnos a nosotros mismos como Él lo hizo, el Espíritu Santo de Dios toma el control de nuestra vida y nos guía y nos va transformando poco a poco a imagen y semejanza de Cristo.  Por eso dice la Escritura:  “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.”  Efesios 2:1-3 (RVR1960).  Por lo tanto, si realmente queremos agradar y adorar a Dios, si realmente queremos ser seguidores de Jesucristo, si realmente queremos escapar de la ira para los hijos desobedientes, si realmente queremos llegar a disfrutar de la vida eterna, busquemos obedecer a nuestro Padre y dejemos a un lado la soberbia.  Al igual que los padres terrenales, Dios nos exige obediencia porque nos ama, sabiendo todo lo que nos conviene y buscando evitar que seamos alejados de Él.  Además, de esa manera busca nuestra restauración para que lleguemos a ser a imagen y semejanza de Jesucristo, y llevarnos a las moradas celestiales para que vivamos por toda la eternidad en Su presencia.

Eduardo Figueroa Aponte

El sufrimiento… ¡Un proceso transformador!

El sufrimiento... ¡Un Proceso Transformador!Somos muchos los que nos hacemos esta pregunta con frecuencia: ¿por qué los seres humanos tenemos que sufrir? La gran mayoría de nosotros miramos este proceso con recelo, porque implica momentos de dolor y angustia que rehusamos atravesar, porque se nos ha inculcado que los seres humanos vienen a este mundo para ser felices. Aunque la «felicidad» no es el fin último de nuestra existencia sobre la tierra, es uno de los beneficios más codiciados en la vida, y en su búsqueda, la humanidad se ha alejado de Dios y se ha vuelto tan egoísta, que cada cual busca la suya sin importar cuánto daño le hace a su semejante. Pero le guste o no a los seres humanos, el sufrimiento es un proceso ineludible que hay que aprobar en la escuela de la vida, que aporta grandes beneficios al desarrollo de nuestro carácter. Pero, ¿qué es el sufrimiento? Con mucha frecuencia, según nuestro contexto cultural, acostumbramos a asignar nuestros propios conceptos y definiciones a las palabras. Pero cuando entramos en el análisis profundo de un tema, estamos obligados a examinar con cuidado los conceptos que dirigen nuestros planteamientos.  Por eso nos referimos al Diccionario de la Real Academia Española, que ofrece un sinnúmero de definiciones para el verbo (sufrir). De éstas hemos seleccionado las que se ajustan a nuestros planteamientos, y subrayamos las que entendemos que deben prevalecer en nuestro entendimiento del verbo (sufrir), y dice que es [Sentir físicamente un daño, un dolor, una enfermedad o un castigo; sentir un daño moral; recibir con resignación un daño moral o físico; sostener, resistir; tolerar o llevar con paciencia; permitir, consentir; satisfacer por medio de la pena; someterse a una prueba o examen; contenerse, reprimirse]. Tal vez, la mayoría de nosotros, no encontramos aquí nuestra definición (concepción) sobre el sufrimiento, pero éstas son las definiciones oficialmente relacionadas a este verbo en Latinoamérica, y encontramos en ellas la manera correcta de entender el sufrimiento.

Por otro lado, la «felicidad» es un estado que sólo alcanza su grado superlativo y permanente cuando decidimos rendir nuestras vidas en adoración/obediencia a Dios, aunque esto no implica ausencia de sufrimiento. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la (felicidad) se define como [Estado de grata satisfacción espiritual y física; persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz; ausencia de inconvenientes o tropiezos]. De aquí también hemos subrayado la definición que debe prevalecer en nuestro entendimiento de la felicidad. Sin embargo, la humanidad define «felicidad» según el resto de las definiciones ofrecidas en el diccionario, y es por eso que también se afecta su entendimiento del sufrimiento, pues la felicidad de los seres humanos no debe estar basada en (personas, situaciones ni objetos, que producen más sufrimiento) sino, en su estado de grata satisfacción espiritual, de lo que muchos de nosotros podemos ser testigos. Así lo enseñó el apóstol Pablo en su segunda carta a los corintios, respecto a la persecución y los sufrimientos que vivían por causa del evangelio diciendo: «Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día a día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora pasamos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. Así que no nos fijamos en lo visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno.» (2 Corintios 4:16-18). Y no es que seamos insensibles al sufrimiento, es que confiamos en las promesas y los propósitos de Dios, aunque no entendamos los procesos.

Muchos viven haciendo malabares en su afán de alcanzar la supuesta «felicidad» que viven las luminarias de la alta alcurnia, que es evidentemente inalcanzable para el resto de los seres vivientes, y que tanto promueven los medios de comunicación. Sumidos en la ambición, desperdician toda su vida en trabajo forzoso y extenuante, que irónicamente, les roba el tiempo para disfrutar de lo que cosechan y cultivar el núcleo familiar, por lo que se hace imposible alcanzar la tan anhelada «felicidad», pues terminan perdiendo las cosas más importantes de la vida y que el dinero no puede comprar. En ocasiones, esto los lleva a adquirir deudas impagables debido el exceso de posesiones, que terminan robándoles el sueño, en su intento de sobreproteger lo que con tanto sacrificio han logrado. Por otro lado, hay quienes en su impotencia, terminan incurriendo en mecanismos reprochables y peligrosos, que en vez de proveerles la tan anhelada «felicidad», terminan privados de su libertad o prófugos de la justicia y sumidos en el estrés y el temor de que otros puedan arrebatarle lo que con muy poco sacrificio y de forma deshonesta han adquirido. Con todo esto, los que se esfuerzan y los que no, terminan sumidos en sufrimientos que son el resultado de malas decisiones, que se suman  a los que ofrece la escuela de la vida. Por eso debemos hacernos una pregunta obligada… ¿Realmente hay felicidad en todo eso? Hay una gran diferencia en atravesar por sufrimientos provocados por el pecado de la gente que vive alejada de Dios, por lo que no pueden ser felices; y atravesar los sufrimientos que forman parte del proceso natural de la vida, agarrados de la poderosa mano de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que nos hace vivir felices en la esperanza de su salvación y utiliza estos procesos para formar el carácter que nos lleva a parecernos cada vez más a Él.

El apóstol Pablo describe la condición del pecado en los hombres y su esperanza diciendo: «…Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…» (Romanos 2:22-24). Así que mientras vivimos alejados de Dios, estamos destituidos de Su gloria y vivimos bajo la ley del pecado, que acarrea mucho sufrimiento y dolor. Por eso envió a su Hijo Jesucristo a rescatarnos del pecado y restablecer nuestra relación con Dios, que nos devuelve una óptica correcta de la vida y la verdadera felicidad, a pesar del sufrimiento. Así el mismo Pablo lo explicó en su carta a los efesios cuando dijo: «Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor por nosotros, nos dio vida con Cristo, aun cuando estábamos muertos en pecados. ¡Por gracia ustedes han sido salvados! y en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales, para mostrar en los tiempos venideros la incomparable riqueza de su gracia, que por su bondad derramó sobre nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica.» (Efesios 2:4-10).

Es por esto que cuando rendimos nuestras vidas a la voluntad de Dios, miramos el mundo y lo que sucede en él desde otra perspectiva, pues vivimos conforme al plan de Dios y no conforme a nuestros planes. Y cuando enfrentamos situaciones difíciles, lo hacemos confiando en la buena voluntad de Dios porque «…sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo a su propósito.» (Romanos 8-28).  Y usted me dirá, pero es que yo no he sido llamado… y yo le diré, Dios le está llamando desde la primera vez que usted escuchó de Él, y hoy le está llamando por medio de esta Palabra.  La salvación es para todo aquel que crea y se arrepienta de su vida de pecado y decida caminar el resto de su vida conforme a las enseñanzas de Jesús.  Sólo así se hace posible entender que el sufrimiento es una parte esencial de la vida, pues tenemos mucho que aprender en él.

En la carta a los romanos, el apóstol Pablo nos señala cuáles son los frutos que produce el sufrimiento en aquellos que han decidido vivir sus vidas en Cristo Jesús, basado en su propia experiencia diciendo: «En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. También por medio de él, y mediante la fe, tenemos acceso a esta gracia en la cual nos mantenemos firmes. Así que nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y no sólo en esto, sino también en nuestros sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.» (Romanos 5:1-5).

En la Biblia podemos encontrar más pistas que nos llevan a entender un poco más acerca del propósito del sufrimiento como proceso transformador, especialmente en la vida de Jesús. La carta a los hebreos dice que «…vemos a Jesús, que fue hecho un poco inferior a los ángeles, coronado de gloria y honra por haber padecido la muerte. Así, por la gracia de dios, la muerte que él sufrió resulta en beneficio de todos. En efecto, a fin de llevar a muchos hijos a la gloria, convenía que Dios, para quien y por medio de quien todo existe, perfeccionara mediante el sufrimiento al autor de la salvación de ellos.» (Hebreos 2:9-10). Así que si Jesús fue perfeccionado por medio del sufrimiento, implica que, (#1) el sufrimiento tiene el propósito de llevarnos a la perfección.  También en la carta a los hebreos se nos dice lo siguiente: «En los días de su vida mortal, Jesús ofreció oraciones y súplicas con fuerte clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su reverente sumisión. Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen…» (Hebreos 5:7-9). Así que si Jesús aprendió a obedecer por medio del sufrimiento, implica que, (#2) el sufrimiento tiene el propósito de llevarnos a la obediencia.  

Por lo tanto, si el Hijo de Dios fue perfeccionado y aprendió a obedecer por medio del sufrimiento, sería ingenuo de nuestra parte pensar que nosotros, habiendo sido adoptados como hijos, no vayamos a la misma escuela y seamos probados y examinados de la misma manera que el Autor y Consumador de nuestra fe Jesucristo, que con Su sangre compró nuestra adopción y derecho hereditario.  La carta a los hebreos nos muestra el sufrimiento como un efecto de la disciplina de Dios diciendo: «En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre. Y ya han olvidado por completo las palabras de aliento que como a hijos se nos dirige: [Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama y azota a todo el que recibe como hijo]. Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. ¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos. Después de todo, aunque nuestros padres humanos nos disciplinaban, los respetábamos. ¿No hemos de someternos, con mayor razón, al Padre de los espíritus para que vivamos? En efecto nuestros padres nos disciplinaban por un breve tiempo, como mejor les parecía; pero Dios lo hace para nuestro bien, a fin de que participemos de su santidad. Ciertamente, ninguna disciplina, en el momento de recibirla, parece agradable, sino más bien penosa; sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados en ella.» (Hebreos 12:4-11).  

Todo esto, amados hermanos, nos debe cambiar el panorama de lo que entendemos por sufrimiento y cómo debemos enfrentarlo. Suframos con gozo y alegría las disciplinas del Señor y dejémonos transformar por ellas para que su obra en nosotros sea completada.  La carta de Santiago nos exhorta: «Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada.» (Santiago 1:1-4). Finalizo esta reflexión con las palabras de aliento registradas en la primera carta del apóstol Pedro a las iglesias, que dice así: «¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable. Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes, a quienes el poder de Dios protege mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos. Esto es para ustedes motivo de gran alegría, a pesar de que hasta ahora han tenido que sufrir diversas pruebas por un tiempo. El oro, aunque perecedero, se acrisola al fuego. Asi también la fe de ustedes, que vale más que el oro, al ser acrisolada por las pruebas demostrará que es digna de aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo se revele. Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso, pues están obteniendo la meta de su fe, que es su salvación.» (1 Pedro 1:3-9).

Eduardo Figueroa Aponte

¿Fundamentalistas? Sí, todos lo somos…

Adobe SparkSí, así nos llaman ahora de forma clichosa, «fundamentalistas». Resulta que, en la actualidad, los cristianos somos los intérpretes ilusorios de un libro llamado la Biblia, lleno de «fábulas y metáforas que fomentan una cultura de carácter patriarcal, homofóbica, egoísta, discriminatoria y criminal», somos los responsables de las desgracias y tragedias del mundo, y vivimos enajenados de la realidad y en el fanatismo religioso. Esa es la definición que algunos grupos y organizaciones postmodernas le han dado a la cristiandad; nada más lejos de la realidad. Ninguna fábula o metáfora de interpretación ilusoria a logrado abarcar todos los confines de la tierra con su escritura, y ningún otra obra escritural ha llegado a ser la más traducida, impresa y vendida, ni ha transformado a millones de personas como lo ha hecho la Biblia, porque en sus páginas encontramos la poderosa y verdadera Palabra de Dios, compilada durante muchos siglos de historia. El Diccionario de la Real Academia Española registra las definiciones que por el uso ha ganado este concepto de «fundamentalismo» diciendo: «Movimiento religioso y político de masas que pretende restaurar la pureza islámica mediante la aplicación estricta de la ley coránica a la vida social; Creencia religiosa basada en una interpretación literal de la Biblia, surgida en Norteamérica en coincidencia con la Primera Guerra Mundial; Exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida.» Partiendo de esta definición, si se trata de una exigencia intransigente de sometimiento, entonces muchos de esos grupos y organizaciones también pecan de ser fundamentalistas, de hecho, todos lo somos. Entonces, «¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo y no le das importancia a la viga que tienes en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Hermano, déjame sacarte la astilla del ojo, cuando tú mismo no te das cuenta de la viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.» (Lucas 6:41-42). Una sociedad sin fundamentos ni leyes o reglas para la sana convivencia, no sería una sociedad sino, un caos. Todo en la vida tiene un principio, una base o un fundamento o cimiento, sobre el que se construye toda buena obra. Sin un fundamento, difícilmente habrá alguna estructura que se pueda mantener en pie o derecha. Tal fue la ilustración que Jesús usó con sus discípulos diciendo: «Voy a decirles a quién se parece todo el que viene a mí, y oye mis palabras y las pone en práctica: Se parece a un hombre que, al construir una casa, cavó bien hondo y puso el cimiento sobre la roca. De manera que cuando vino una inundación, el torrente azotó aquella casa, pero no pudo ni siquiera hacerla tambalear porque estaba bien construida. Pero el que oye mis palabras y no las pone en práctica se parece a un hombre que construyó una casa sobre tierra y sin cimientos. Tan pronto como la azotó el torrente, la casa se derrumbó y el desastre fue terrible.» (Lucas 6:47-49).  Moisés dijo: «Él es la roca, sus obras son perfectas, y todos sus caminos son justos. Dios es fiel; no practica la injusticia. Él es recto y justo. Actuaron contra él de manera corrupta; para vergüenza de ellos, ya no son sus hijos; ¡son una generación torcida y perversa! ¿Y así le pagas al Señor pueblo tonto y necio? ¿Acaso no es tu Padre, tu Creador, el que te hizo y te formó?» (Deuteronomio 32:4-6). Por eso muchas naciones han tenido a bien fundamentar sus estructuras gubernamentales en la Palabra de Dios, la Biblia, fuente inagotable de principios y valores que garantizan el bienestar de las naciones.

El fundamento de la Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) está revelado en la Biblia, la cual registra los testimonios del pueblo que Dios escogió, Israel, para darse a conocer al mundo y anunciar el nacimiento de un Salvador (nuestra Roca) que pagaría el precio por nuestros pecados para darnos vida eterna, Jesucristo. Y esta verdad no es una interpretación ilusoria o ingenua de la Iglesia, pues la Iglesia tuvo su origen en Israel y se ha expandido sobre toda la tierra tal y como predijo Jesús: «Y este evangelio del reino se predicará en todo el mundo como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin.» (Mateo 24:14). Al día de hoy, la veracidad de la Biblia ha sido confirmada y está siendo reconfirmada constantemente por los historiadores y la ciencia, a través de los descubrimientos geológicos, arqueológicos y de la NASA, que validan cada vez más las historias milenarias registradas en ella. Así que más allá de un «fundamentalismo religioso», la Iglesia y su interpretación literal de la Biblia está tomando más fuerza que nunca antes, aunque el mundo quiera o no creer en ella. Además, cual reloj suizo, estamos viendo el cumplimiento de acontecimientos mundiales que están profetizados en la Biblia como señales de los últimos tiempos. Muchos rechazan o repudian las verdades de esta Escritura Sagrada porque, aunque en su interior creen que Dios existe, prefieren despilfarrar su vida en los efímeros placeres de la carne y el mundo. Así evitan asumir alguna responsabilidad que les prive de los deseos insaciables del pecado, que a sabiendas o sin saber les llevan a la autodestrucción y les convierte en enemigos de Dios, tal y como dice la carta de Santiago: «¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios.» (Santiago 4:4). Pues bien, no se han ensañado contra la Iglesia sino contra Dios, tal y como dijo Jesús: «El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió.» (Lucas 10:16). ¿Eso quieren, ser enemigos de Dios? ¡Pues adelante¡ Nadie los detiene.  Pero el fin se acerca, y hoy Dios les da la oportunidad de arrepentirse y volverse a Él para que sean salvos, queda poco tiempo.

No obstante, la encomienda de Dios para la Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) es proclamar lo que Dios ha dicho, aunque a la gente no le guste ni le interese, pues Jesús dijo: «…Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:18-20). El apóstol Pablo reiteró esta encomienda a uno de sus ayudantes diciendo: «En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos. Tú, por lo contrario, sé prudente en todas las circunstancias, soporta los sufrimientos, dedícate a la evangelización; cumple con los deberes de tu ministerio.» (2 Timoteo 4:1-5). Además dijo Jesús: «…Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado.» (Marcos 16:15-16). Y esto es lo que hacemos, obedecer a nuestro Líder, Maestro, Salvador y Dios, no actuamos por meras interpretaciones «fundamentalistas». Aunque todos estos preceptos sean para nosotros los que formamos la Iglesia, a todos los que están fuera de ella les mortifica escucharlos porque: «Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón.» (Hebreos 4:12).

Así que la Palabra de Dios convence a los seres humanos de su pecado y por eso muchos no la quieren escuchar. Así que todo el que haya escuchado el mensaje del evangelio y crea pero no obedezca, o no crea, no tendrá excusa cuando Dios lo lleve a su presencia para ser juzgado. Hay sectores de la Iglesia que deberían reconocer que a través de la historia, sus antepasados y algunos que, por falta de herramientas y conocimiento o humildad perpetúan los errores del pasado al día de hoy, fracasaron y fracasan en el manejo de ciertos asuntos dogmáticos y doctrinales que deben ser revisados y corregidos a la luz del conocimiento y las nuevas herramientas de interpretación bíblica que hoy tenemos. La Biblia es clara y precisa en dichos asuntos, pero el fracaso está en que algunos se rehúsan a adquirir un mayor conocimiento y entendimiento de las Sagradas Escrituras, pues tienen una falsa percepción de que niegan su fe al considerar nuevos postulados que ponen en entredicho lo que aprendieron y han enseñado por mucho tiempo. El orgullo y la falta de humildad no les permite aceptar que se han equivocado.  Pero es de humanos errar hermanos, no sean estorbo y tropiezo para lo que Dios quiere hacer en este tiempo. La carta de Santiago dice: «Pero él nos da mayor ayuda con su gracia. Por eso dice la Escritura: Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes. Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes los inconstantes, purifiquen su corazón! Reconozcan sus miserias, lloren y laméntense. Que su risa se convierta en llanto, y su alegría en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará.» (Santiago 4:6-10).

No obstante la gran mayoría del (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) la Iglesia de este tiempo, cuenta con una generación mucho más madura espiritualmente, y muy bien documentada por sus estudios académicos formales en teología y Biblia, para manejar con mucha responsabilidad y sabiduría todos los asuntos dogmáticos y doctrinales de la Iglesia, siempre buscando ser dirigidos por el Espíritu Santo de Dios. Ésta generación ha reconocido que la Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) ha errado en algunos de esos aspectos, y hoy procura no caer en los mismos errores del pasado, para que la Iglesia sea pertinente en su contexto históricosocial. Pues aunque la proclamación del evangelio ha ganado muchas almas para Cristo (esto por obra del Espíritu Santo y no de los hombres), las duras exigencias dogmáticas que la Iglesia impuso a sus miembros en algunos sectores, terminaron siendo piedra de tropiezo. Y es que muchos de los dogmas que estas iglesias impusieron en la antigüedad, buscaban resolver ciertos conflictos y cumplieron su propósito en su tiempo. Pero al día de hoy, esas dogmáticas no resuelven nada y causan muchos conflictos que terminan confundiendo y apartando a la gente de la Iglesia. Pero la falta de humildad de algunos les lleva a seguir promoviéndolas. La Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) es un organismo vivo que debe evolucionar y adaptarse a los tiempos, para ser más efectiva y pertinente en la proclamación del mensaje del evangelio, esto sin cambiar la centralidad de su mensaje, debe estar siempre lista y ávida para transicionar, y así mantenerse viva y creciendo.

Claro, hay que hacerlo con mucho cuidado y discernimiento del Espíritu Santo, pues hay una línea muy fina y peligrosa en ese asunto de evolucionar y transicionar, pero no por eso vamos a estancarnos en el proceso y debemos procurar que nuestra predicación de la Palabra de Dios permanezca intachable. Pues muchos en medio de la transición han cruzado esa línea y han terminado negando su fe y convirtiéndose en el cumplimiento profético de las palabras de Jesús cuando dijo: «Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los cardos? Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, y un árbol malo no puede dar fruto bueno. Todo árbol que no da buen fruto se corta y se arroja al fuego. Así que por sus frutos los conocerán.» (Mateo 7:15-20). Éstos son los que hacen que paguemos los justos por pecadores. El apóstol Pedro también habló de ellos cuando dijo: «En el pueblo judío hubo falsos profetas, y también entre ustedes habrá falsos maestros que encubiertamente introducirán herejías destructivas, al extremo de negar al mismo Señor que los rescató. Esto les traerá una pronta destrucción. Muchos los seguirán en sus prácticas vergonzosas, y por causa de ellos se difamará el camino de la verdad. Llevados por la avaricia, estos maestros los explotarán a ustedes con palabras engañosas. Desde hace mucho tiempo su condenación está preparada y su destrucción los acecha.» (2 Pedro 2:1-3).

¿No es esto lo que estamos viendo con mucha frecuencia en este tiempo? La humanidad juzga y penaliza a toda la Iglesia por los actos vergonzosos de estos falsos profetas que tienen mucha exposición, y hacen toda una propaganda mediática para menoscabar el testimonio de la Iglesia. A que no hacen lo mismo reconociendo la inmensa labor misionera, humanitaria y social que ella ha aportado por siglos a las naciones. Para todos ellos, así ha dicho Jehová de los ejércitos: «¡Ay de los que arrastran iniquidad con cuerdas de mentira, y el pecado con sogas de carreta! Dicen: ¡Que Dios se apresure, que apresure su obra para que la veamos; que se acerque y se cumpla el plan del Santo de Israel, para que lo conozcamos! !Ay de los que llaman a lo malo bueno y lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay de los que se consideran sabios, de los que se creen inteligentes! ¡Ay de los valientes para beber vino, de los valentones que mezclan bebidas embriagantes, de los que por soborno absuelven al culpable y le niegan sus derechos al indefenso¡ Por eso así como las lenguas de fuego devoran la paja y el pasto seco se consume en las llamas, su raíz se pudrirá y, como polvo, se disipará su flor. Porque han rechazado la ley del Señor Todo Poderoso y han desdeñado la palabra del Santo de Israel.» (Isaías 5:18-25).

Aquí entra en función el mal social que nos caracteriza, de siempre resaltar y perpetuar los errores del pasado de otros, y obviar los procesos evolutivos con todas las buenas obras y beneficios significativos que estos han aportado a la sociedad posteriormente. Así pasa cuando algunos quieren abrirse paso con agendas ocultas e imponerse, pues la mejor manera de hacerlo es, sacando al sol todos los trapos sucios de los otros y exhibirse como víctimas. Luchan por sus «derechos» pretendiendo quitarle los derechos a otros, violan las leyes pretendiendo establecer otras que supriman las establecidas y someter a otros con ellas, exigen tolerancia siendo intolerantes, exigen respeto mientras se burlan y ridiculizan faltando el respeto, exigen que no se les discrimine pero ellos sí pueden discriminar, denuncian que son perseguidos mientras ellos son perseguidores, acusan a muchos de fundamentalistas cuando ellos son los primeros, etc. Pero como dijo Jesús, el árbol se conoce por su fruto. El ladrón juzga por su condición. No hay un acercamiento sincero de aquellos que buscan su lugar en la sociedad para discutir ideas con respeto y buscar soluciones para el bienestar de todos. Imperan los acuerdos entre particulares, y a puertas cerradas, para infiltrar e imponer a la fuerza los caprichos de algunos que pretenden afectar las masas de forma indiscriminada con la imposición de sus absurdos. Tal es el caso de la ley aprobada para autorizar a los individuos «transgéneros» al uso del baño donde mejor entiendan que les define. Géneros humanos sólo hay dos, hombre y mujer, y lo que los define es su sexo físico y no su sexualidad mental. ¿Dónde está el sentido común? Las enfermedades sociales lo han extinguido. No hay nada más absurdo que esto, y ha quedado demostrado con los últimos incidentes que han puesto en peligro la seguridad y el bienestar, especialmente de las niñas; que usando el baño para sus necesidades fisiológicas, se han visto acosadas por depravados sexuales que aprovechan esta ley para cometer sus fechorías. Le han otorgado derechos a unos, violando los derechos de otros y poniendo en riesgo su seguridad.

La Iglesia de este tiempo no pretende inhibir los «derechos» de nadie, pero tampoco estamos dispuestos a ceder los nuestros. No aceptaremos ni acataremos la imposición de cambios a la práctica de nuestra fe, pues es ilegal y atenta contra la separación de Iglesia y Estado. Pero aún si lograran legalizar ciertos cambios y trataran de imponernos prácticas contrarias a nuestra fe, no las acataremos, pues la Biblia dice que: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.» (Hechos 5:29) y aunque tengamos que sufrir los abusos e injusticias, lo haremos con gozo y alegría, porque Jesús dijo: «Dichosos ustedes cuando los odien, cuando los discriminen, los insulten y los desprestigien por causa del Hijo del hombre. Alégrense en aquel día y salten de gozo pues miren que les espera una gran recompensa en el cielo. Dense cuenta que los antepasados de esta generación trataron así a los profetas.» (Lucas 6:22-23). La Iglesia está presta a recibir a todo el que la necesite y brindar la ayuda que esté a nuestro alcance. Está más que dispuesta para sentarse a dilucidar ideas y aportar posibles soluciones que otorguen beneficios y derechos a todos en la sociedad, pues somos parte de ella y buscamos el bienestar común, además, nos asiste ese derecho.

Seguimos llevando el mensaje que proclamó Jesús, que vino a sufrir y a morir por TODOS, y «…que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo. Así dice la Escritura: Todo el que confíe en él no será jamás defraudado.» (Romanos 10:9-11). Pero también es necesario arrepentirse y confesarle a Dios nuestros pecados y dejarlos:«Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón.» (Proverbios 28:19). Jesús dijo: «Todos los que el Padre me da vendrán a mí; y al que a mí viene, no lo rechazo. Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el día final. Porque la voluntad de mi padre es que todo el que conozca al Hijo y crea en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final.» (Juan 6:37-40). Así que, más allá que un mero «fundamentalismo religioso» la Iglesia (cuerpo de Cristo y pueblo de Dios) con sus defectos y virtudes por estar formada de humanos, lleva siglos haciendo lo que Dios le ha encomendado, aunque muchos no crean ni le interese ser parte de ella. Pero el mundo será juzgado en poco tiempo y Dios sigue esperando que la humanidad se arrepienta y regrese a Él, pues fue creada para habitar con Él por la eternidad, y pagará a cada uno conforme a sus actos y sus decisiones aquí en la tierra.

Eduardo Figueroa Aponte

Implicaciones de ser discípulo…

Adobe Spark (2)¿Qué significa ser discípulo? Según el Diccionario de la Real Academia Española significa: «Persona que aprende una doctrina, ciencia o arte bajo la dirección de un maestro; Persona que sigue la opinión de una escuela, aun cuando viva en tiempos muy posteriores a los maestros que la establecieron.» Muchas de esas escuelas nacen de mitos o raíces filosóficas y especulativas. Pero el cristianismo es una escuela que no puede compararse con ellas, pues está basada en hechos verídicos que cambiaron el curso de la historia.  Contrario a las escuelas filosóficas de antaño, especialmente las griegas, que otorgaban a sus discípulos gran prestigio y renombre, la escuela del cristianismo no concede ningún «glamour»a sus discípulos. Y es que ser discípulo de Jesucristo implica renunciar a nuestro libre albedrío y someternos a su voluntad.  No son muchos los que están dispuestos a esto, pero así lo dejó establecido cuando dijo: “Luego dijo Jesús a sus discípulos: —Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará.”  (Mateo 16: 24-25)

Las palabras de Jesús a sus discípulos tienen un carácter profético, pues son la revelación de Dios que envuelve una enseñanza, que no fue exclusiva para aquellos doce, sino que sus palabras están vestidas de eternidad y también fueron dirigidas a sus futuros discípulos, nosotros. Cuando hemos conocido la revelación de Dios por su Palabra, reconocemos que Él tiene un plan, y ese plan fue diseñado exclusivamente para nosotros (nuestra salvación por medio de Jesucristo). Sin embargo, por lo general los seres humanos tendemos a gestionar nuestros propios planes, y con toda probabilidad éstos sólo son para nuestro beneficio y también nos llevan a la perdición, porque pocas veces o ninguna, incluimos a Dios en ellos. Y es que estamos más ocupados trabajando por lo terrenal y pasajero, que por lo espiritual y eterno. Con mucha regularidad osamos en cuestionarle y reclamarle a Dios, cuando nuestras circunstancias no se parecen a los resultados que esperamos de nuestros planes. Pero, ¿tuvo Dios participación en el desarrollo de nuestros planes? ¿Hemos prestado atención al plan que Dios ha revelado a nuestras vidas? Cuando nuestros planes no guardan relación con el plan de Dios, con toda probabilidad experimentaremos circunstancias difíciles. Dios las permitirá, pues con ellas logrará que regresemos a Él, para mostrarnos el camino que nos llevará al cumplimiento de su plan en nosotros. ¿Y qué nos pedirá el Padre? Que sigamos a aquel que nos ha mostrado el camino, nuestro Maestro y Redentor Jesucristo. Por eso en las palabras que Él dirigió a sus discípulos, he identificado tres elementos del carácter que deben desarrollar aquellos que quieran convertirse en verdaderos discípulos de Jesús.  Estos elementos nos llevarán a ser como nuestro Maestro, para cumplir con el plan del Padre. 

Elemento #1 (LA OBEDIENCIA) «Si alguien quiere ser mi discípulo…» ¿Qué es obedecer? Es cumplir la voluntad de quien manda. Jesús utiliza esta premisa para plantear algunas condiciones. El que quiere ser discípulo de Jesús, aunque haya sido llamado por Él: 1- Tiene que decidirlo libre y voluntariamente; 2- Tiene que estar atento para entender y seguir las instrucciones del Maestro; 3- El buen discípulo demuestra que es apto poniendo en práctica lo que su Maestro le ha enseñado. Entonces, ¿qué sucede cuando obedecemos las órdenes del Maestro? En la carta a los Romanos el apóstol Pablo nos ilustra diciendo: «¿Acaso no saben ustedes que, cuando se entregan a alguien para obedecerlo, son esclavos de aquel a quien obedecen? Claro que lo son, ya sea del pecado que lleva a la muerte, o de la obediencia que lleva a la justicia. Pero gracias a Dios que, aunque antes eran esclavos del pecado, ya se han sometido de corazón a la enseñanza que les fue transmitida”. (Romanos 6:16). Aquí el apóstol Pablo expone uno de los principios básicos y cualitativos (una cualidad) necesarios para el ministerio, obedecer. Esto es un deber, no es opcional. El autor de la carta a los Hebreos nos presenta este deber poniendo a Jesús como ejemplo, al decir: «Aunque era Hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección, llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen…”. (Hebreos 5:8-9). Por eso nosotros, siendo hijos por adopción, nuestro Padre permitirá que el sufrimiento sea el instrumento que nos enseñe a obedecer y nos lleve a la perfección, a semejanza de nuestro Maestro. El apóstol Pedro también confirma este hecho diciendo: “Ahora que se han purificado obedeciendo a la verdad y tienen un amor sincero por sus hermanos, ámense de todo corazón los unos a los otros”. (1 Pedro 1:22). En el evangelio de Juan, leemos en palabras de Jesús: “Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa”. (Juan 15:10-11). En el libro de Apocalipsis también encontramos la exhortación a la obediencia: “¡En esto consiste la perseverancia de los santos, los cuales obedecen los mandamientos de Dios y se mantienen fieles a Jesús!” (Apocalipsis 14:12). Entonces, ¿por qué la obediencia es tan importante? En la Biblia encontramos que toda la creación obedece los mandamientos de Dios, los cielos, vientos, el mar, los animales, los espíritus malignos, TODO. Pero la desobediencia de Lucifer ocasionó su expulsión del reino de los cielos e hizo uso de artimañas para hacer que los hombres, la máxima creación de Dios por ser a su imagen y semejanza, también fueran expulsados del paraíso. Así que no cabe duda de que un elemento necesario en el carácter para ser discípulo de Jesús, es la OBEDIENCIA.

Elemento #2 (EL SACRIFICIO) «Tiene que negarse a sí mismo…» ¿Qué es sacrificio? Es un acto de abnegación (renunciar voluntariamente a los propios deseos, pasiones o intereses, en favor de otros) inspirado por la vehemencia (ardor y llenura de pasión) del amor. Jesús les dio una orden que Él mismo pondría en función muy pronto, al negarse a sí mismo, para padecer en la cruz, dando su vida por amor a nosotros. Si a Jesús que es nuestro maestro le costó la vida someterse al plan y al propósito de Dios, a nosotros sus discípulos también nos va a costar. En la carta a los Filipenses el apóstol Pablo resume este hecho de forma poderosa diciendo: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!”. (Filipenses 2:5-8). 

Hagamos un paréntesis para reconocer esta instrucción de «negarse a sí mismo», mirando tres potenciales candidatos a ser discípulos de Jesús. Los primeros dos los encontramos en el evangelio de Mateo cuando leemos lo siguiente: “Se le acercó un maestro de la ley y le dijo: —Maestro, te seguiré a dondequiera que vayas. —Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos —le respondió Jesús—, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza. Otro discípulo le pidió: —Señor, primero déjame ir a enterrar a mi padre. —Sígueme —le replicó Jesús—, y deja que los muertos entierren a sus muertos.” (Mateo 8: 19-22). El primero, como maestro de la ley, debe estar dispuesto a sacrificar sus comodidades y lujos, y vivir siendo suplido con lo necesario. Debe entender que al seguir a Jesús enfrentará dificultades. Por eso en el evangelio de Juan encontramos que Jesús les dijo: “Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo”. (Juan 16:33). El segundo ha sido llamado por Jesús y está muy dispuesto, pero indeciso y preocupado por las cosas de este mundo. Jesús le establece un nuevo orden de prioridades, el reino de Dios es primero y el de la tierra después. No quiere decir que se olvide de su padre, pero él ha vivido ocupándose toda su vida por el reino terrenal y ha descuidado el reino celestial. Dios no le privará de cumplir su deber con su padre a su tiempo, y proveerá de recursos para que esté bien atendido mientras trabaja para las cosas eternas.  Por eso Jesús también les dijo: “Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” (Mateo 6:33) 

El tercero es el joven rico del evangelio de Marcos, que acercándose a Jesús y postrándose ante Él le preguntó sobre lo que debía hacer para ganar la vida eterna. Jesús le recordó los mandamientos y el joven asegura haber cumplido con ellos, entonces “Jesús lo miró con amor y añadió: —Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme. Al oír esto, el hombre se desanimó y se fue triste porque tenía muchas riquezas”. (Marcos 10:21-22) Y más adelante Pedro pregunta y Jesús responde: “—¿Qué de nosotros, que lo hemos dejado todo y te hemos seguido? —comenzó a reclamarle Pedro. —Les aseguro —respondió Jesús— que todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos, recibirá cien veces más ahora en este tiempo (casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones); y en la edad venidera, la vida eterna”. (Marcos 10:28-30). Aquí Jesús no está condenando al joven por ser rico, pues no hay nada de malo en que trabajemos y ganemos el pan con el sudor de nuestra frente y seamos bendecidos con abundancia de pan y disfrutemos de ella, pues es un mandato de Dios. Pero en el caso del joven rico, (que es el caso de muchos de aquellos que alcanzan tal abundancia de pan) «sus riquezas» se convirtieron en su dios, y la respuesta de Jesús le confrontó con la realidad de su corazón. En el evangelio de Mateo Jesús ordena: «No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten  a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.» (Mateo 6:19-21).

En el Antiguo Testamento de la Biblia, el sacrificio de animales (siendo el ganado sinónimo de abundancia) era un acto de gratitud y adoración a Dios. Pero en la actualidad nuestro sacrificio debe manifestarse de otra manera, pues los (lujos y los placeres, siendo el sinónimo de abundancia) son los que deben ser sacrificados en un acto de gratitud y adoración a Dios, especialmente cuando éstos ocupan la mayor parte de nuestro tiempo y esfuerzo. En la Biblia encontramos al rey Salomón, de quien se dice que no hubo ninguno ni habrá otro como él sobre la tierra en sabiduría y en riquezas. Muchos afirman que él es el autor del libro de Eclesiastés, en el que reflexiona acerca de su vida, ya en una etapa avanzada en edad, y allí encontramos que exclama lo siguiente: «Me engrandecí en gran manera, más que todos los que me precedieron en Jerusalén; además la sabiduría permanecía conmigo. No le negué a mis ojos ningún deseo, ni a mi corazón privé de placer alguno, sino que disfrutó de todos mis afanes. ¡Sólo esto saqué de tanto afanarme! Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era absurdo, un correr tras el viento, y que ningún provecho se saca en esta vida.» (Eclesiastés 2:9-11). Ciertamente esta declaración expone el corazón de un hombre que reconoce que todo lo que hizo por satisfacer los anhelos de su corazón, nunca llegaron a satisfacerle del todo, pues en medio de todo eso, descubrió que había provocado un vacío, cuando todos sus afanes terminaron por estrangular su relación con Dios.  Por eso Jesús dijo: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.» (Mateo 6:24).  

Decía el Dr. Samuel Solivan, el teólogo exponente en una conferencia sobre discipulado a la que asistí, que hay una gran diferencia entre ser un discípulo y ser un seguidor de Jesús. En los tiempos que Jesús desarrolló su ministerio en la tierra, tuvo muchos seguidores (multitudes), pero pocos discípulos.  Y es que en el entorno judío los discípulos y los seguidores escogían a sus maestros. Pero, Jesús rompió con ese paradigma, pues era él quien escogía y llamaba a sus discípulos. La mayoría de sus seguidores terminaron apartándose de Él, cuando fueron confrontados con los requisitos y valores necesarios para entrar en el reino de Dios. Sólo los discípulos tuvieron el carácter necesario para continuar el ministerio de Jesús, una vez Él fue llevado al cielo luego de su resurrección. Si Jesús nos ha llamado, es porque ha visto en nosotros candidatos para ser sus discípulos. Pero es necesario soltar y entregar nuestras agendas para que Dios las diseñe y las dirija. Hay que evitar tener el corazón dividido entre las cosas de este mundo y las del reino de Dios. Todo esto cuesta. Aunque nuestros planes sean buenos, los planes de Dios siempre son mejores y perfectos, pues están amarrados a su propósito. Por eso, otro elemento necesario en el carácter para ser discípulo de Jesús, es el SACRIFICIO. 

Elemento #3 (ENTREGA) «Tomar su cruz y seguirme…» ¿Qué es entrega? Es atención, interés, esfuerzo en apoyo a una o varias personas, a una acción o a un ideal. No existe un mayor ejemplo de entrega que la vida misma de Jesús. La Biblia nos muestra a un Jesús enfocado y apasionado desde su niñez, por hacer cumplir el propósito del Padre, y entregó todo su ser por amor a nosotros. Muchas veces nos envolvemos en tantas cosas para la obra del Señor, que no sacamos el tiempo necesario para atender el plan diseñado por el Padre para nosotros. En esas cosas desarrollamos una zona tan cómoda, de la cual no queremos salir, y terminamos perdiendo el enfoque y olvidando el propósito para el cual fuimos llamados. Al Maestro le costó cargar su cruz (de forma metafórica y literal) y cumplir con el propósito del Padre. A nosotros, si somos buenos discípulos, también nos tiene que costar. ¿Cuál es la cruz que nos toca tomar? Debemos rendir/entregar nuestras vidas a los pies del Padre, para que por Él abunde nuestro amor por el prójimo, y así como Jesucristo rindió su vida por nosotros, podamos rendir las nuestras por el prójimo. Así cumplimos el propósito del Padre. Y podemos pensar que ya le hemos entregado nuestras almas al Padre por medio de Jesús, pero hay algo más… con frecuencia nos reservamos mucho de nuestras vidas que hay que rendir. Rendir nuestras vidas implica (sujetarnos, someternos, obligarnos, dar fruto, ser útiles) al propósito del Padre, no al nuestro. ¿Qué significa “Tomar su cruz” para todo el que quiera ser discípulo de Jesús? La respuesta la encontramos en la entrega que Jesús demuestra en varios pasajes bíblicos que exponen la pasión con la que sigue su plan de trabajo:  

“No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos sino a darles cumplimiento”. (Mateo 15:17). Cuando trabajamos por cumplir lo que dice la escritura de nosotros, enfrentaremos críticas y falsas acusaciones, esto es parte de la cruz que nos toca tomar, pues Jesús cargó con ella durante todo su ministerio.  Así quedó demostrado en los evangelios cuando Jesús se sentó a comer con gente que no gozaba de muy buena reputación: “Cuando los fariseos vieron esto, les preguntaron a sus discípulos: —¿Por qué come su maestro con recaudadores de impuestos y con pecadores? Al oír esto, Jesús les contestó: —No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. Pero vayan y aprendan lo que significa: <Lo que pido de ustedes es misericordia y no sacrificios.  Porque no he venido a llamar a justos sino a pecadores.>” (Mateo 9:11-13)  El evangelio de Lucas añade «No he venido a llamar a justos sino a pecadores .»(Lucas 5:32). Pecamos por omisión cuando nos cohibimos de hacer lo que el Espíritu Santo nos inspira, sólo porque otros pueden malinterpretar lo que hacemos. Jesús hizo lo que había que hacer impulsado por el propósito del Padre, no por lo que otros pudieran pensar. A veces nos desvivimos más por guardar nuestro testimonio o nos escudamos detrás de él para librarnos de nuestras responsabilidades, en vez de trabajar por aquello para lo cual fuimos llamados.  El testimonio que damos al mundo es muy importante, pero más importante es hacer la voluntad de Dios aunque otros no lo entiendan. Con regularidad podríamos pensar: (…que no me vean entrando aquí; y qué pasaría si me ven hablando con tal o cual persona, me van a criticar si me ven pasando por tal lugar; si me ven con esta gente y se lo dicen al pastor me van a poner en disciplina, etc.) Es hora de dejar atrás los prejuicios que buscan la aprobación de los hombres y comenzar a trabajar en la obra que se nos encomendó y agradar a Dios. Si usted está haciendo la voluntad de Dios guiado por el Espíritu Santo, que no le importe lo que piensen los demás, cargue su cruz con gozo, alegría y entrega, porque la única opinión que cuenta, es la del Padre que nos envió y Él nos exaltará. 

Como parte de la cruz que llevaremos, enfrentaremos conflictos y oposición en todos los escenarios de nuestras vidas, aun dentro de la iglesia y nuestras familias. Bajo estas circunstancias probamos nuestro carácter, nuestra fe y entrega, cuando avanzamos firmes hacia la meta sin importar lo que se presente en el camino. Así lo expuso Jesús cuando dijo: “»No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada. Porque he venido a poner en conflicto al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra; los enemigos de cada cual serán los de su propia familia”. »El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que la pierda por mi causa, la encontrará.” (Mateo 10:34-38). Y no es que Jesús haya venido literalmente a traer la espada, es que su venida provocó todos estos conflictos. Como discípulos de Jesús, nos tocará soportar los resultados de esos conflictos, tomando decisiones duras y renunciando a los impulsos que provocan nuestros sentimientos, para hacer la voluntad del Padre. Así lo hizo Jesús antes de su captura para ser juzgado y oró al Padre: «Yendo un poco más allá, se postró sobre su rostro y oró: Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.» (Mateo 26:39).  

El evangelio de Lucas muestra a Jesús suprimiendo sus deseos de ver el castigo que sufrirán los enemigos del Padre, y decidió esperar pacientemente el tiempo designado, soportando su angustia y sufriendo la prueba para dar cumplimiento al propósito del Padre. “He venido a traer fuego a la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! Pero tengo que pasar por la prueba de un bautismo, y ¡cuánta angustia siento hasta que se cumpla!” (Lucas 12:49-50). Esto contrasta con la cultura de escape que se ha desarrollado dentro de muchos sectores de la iglesia, que escudándose en la esperanza de que Jesucristo regresa pronto, se han sentado a orar por que regrese ya y no mueven un dedo por cumplir con su propósito y responsabilidad aquí en la tierra hasta que Él venga. Pero mediante una parábola Jesús dijo: «Dichoso el siervo cuyo señor, al regresar, lo encuentra cumpliendo con su deber.» (Lucas 12:43). La entrega de nuestro Maestro se vio reflejada en su constante énfasis de cumplir con la agenda que trajo desde el cielo, interrumpiendo así todo lo que estuviera deteniendo su ministerio. El evangelio de Marcos lo registra narrando: «Jesús respondió: —Vámonos de aquí a otras aldeas cercanas donde también pueda predicar; para esto he venido». «Jesús andaba de un lugar para otro buscando cumplir el propósito del Padre.» (Marcos 1:38)  Si el mensaje de Jesús fue rechazado (especialmente por sus líderes religiosos), ¿por  qué muchas veces pretendemos medir el éxito de nuestras campañas de evangelización, por la aceptación te tenga el mensaje o la cantidad de personas que lo aceptaron? La realidad es que siempre habrán personas y grupos que nos rechacen, nuestra responsabilidad es anunciar el mensaje del evangelio, y el Espíritu Santo se encarga de convencerlos. Jesús le reprochó este hecho a sus líderes religiosos diciendo: “Yo he venido en nombre de mi Padre, y ustedes no me aceptan; pero si otro viniera por su propia cuenta, a ése sí lo aceptarían”.  (Juan 5:43). Así que es de esperarse que a nosotros tampoco nos crean. La vida de nuestro Maestro estuvo llena de retos, peligros, rechazos y persecuciones, que pueden hacer renunciar al más santo. A esto se refirió Jesús cuando dijo “Tome su cruz y sígame”, porque si pretendemos ser buenos discípulos de Jesús, tendremos que ser entrenados y probados igual que Él, para que se cumpla el propósito del Padre. Todo esto demuestra que definitivamente uno de los elementos necesarios en el carácter para ser discípulo de Jesús es ENTREGA.

Nadie dijo que seguir a Jesús es fácil. Pero lastimosamente, por muchos años la Iglesia ha proyectado la vida cristiana como una sociedad en la cual se predica teología de mantenimiento, con tal de no perder su feligresía. Pero la Palabra de Dios nos ha confrontado con 3 elementos que han estado ausentes en nuestro carácter como cristianos: OBEDIENCIA, necesaria para seguir instrucciones, aprender y poner en práctica la enseñanza del Maestro; SACRIFICIO, necesario para llegar a cumplir el propósito y llegar a la meta establecida en el plan del Padre. ENTREGA, necesaria para trabajar con la mirada puesta en el propósito y plan del Padre, sin desmayar ante la adversidad hasta que Él venga. Y aunque nadie dijo que era fácil, vale la pena ser discípulo de Jesús, pues nuestro Maestro ha prometido diciendo:

>  “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”.  (Mateo 28:18-20) 
>  «…en este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33)

>  “Al que salga vencedor le daré derecho a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios”.  (Apocalipsis 2:7) 

“…se vestirá de blanco. Jamás borraré su nombre del libro de la vida…” (Apocalipsis 3:5)
>  «…le daré el derecho de sentarse conmigo en mi trono…» (Apocalipsis 3:21)
Después de considerar todas esta cosas… ¿Consideras que eres discípulo de Jesús, o eres un seguidor? Dios nos ha llamado a ser discípulos no seguidores.  Anímate, nuestra recompensa nos espera en la presencia del Rey de Reyes y Señor de Señores!  A Él toda la gloria.  
 
Eduardo Figueroa Aponte

En "Coma" el Amor Verdadero…

Adobe Spark (5)«El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.» (1 Juan 4:8). Este versículo bíblico explica la médula de todos nuestros problemas sociales. Muchos profesan amar a los suyos, así que creen en el amor y viven tratando de cultivarlo y disfrutarlo aunque el amor es algo que no se puede ver.  Sin embargo, como no ven a Dios, no creen en Él, no lo profesan, ni tratan de cultivar su relación con Él, por lo tanto tampoco pueden disfrutarla, aunque Dios es el origen mismo del amor.  Pero como todo en nuestras vidas, buscamos apropiarnos y practicar lo que nos conviene y nos gusta.  Así que las cosas que no nos gustan, aunque nos convienen, las rechazamos. Nos pasa con nuestros padres.  Nos encanta que nos amen, nos mimen y nos provean todo lo que nos gusta y necesitamos; pero detestamos que nos corrijan y nos pongan límites, aunque esos límites sean impuestos para protegernos porque nos aman. Así mismo nos pasa con Dios.  Nuestro Creador y Padre celestial nos impuso límites que nunca debimos pasar, pues Él, que todo lo sabe, quiso protegernos de todos los males que hoy nos aquejan.  Pero queremos disfrutar su amor, recibiendo todo lo que Él nos da y le pedimos, pero no queremos saber de sus correcciones y límites, que son producto de su amor por nosotros.

Vivimos en la era en que la humanidad pretende redefinir todas las cosas absolutas en cosas relativas. De aquí nacen un sinnúmero de planteamientos filosóficos individualistas, que carecen de toda razón lógica y credibilidad, pues no cuentan con el apoyo de investigaciones serias que validen la efectividad de dichos planteamientos. Pero el tiempo se ha encargado de evidenciar que donde quiera que se ha aceptado e implantado la práctica de dichos planteamientos, éstos han provocado serias dificultades en la sociedad que ni siquiera los gobiernos saben cómo manejarlas. Y sólo así porque sí pretenden imponer sus filosofías como verdades absolutas que deben ser aceptadas y respetadas e impuestas al resto de la humanidad. Son planteamientos basados en sentimientos pasionales y deseos frívolos producto del pensamiento individualista/egoísta, que aunque puede ser auto-destructivo, se convierte en el capricho de algunos que reclaman tener «derecho» aunque en nada aporte a la estabilidad social, la sana convivencia y el bien común. Por eso hoy encontramos a muchos enredados entre tanta multiplicidad de pensamientos, porque no practican el análisis responsable de todo lo que escuchan o leen, recibiendo y apoyando cualquier cosa que les parezca bien o les convenga, aun cuando no conocen su procedencia, propósito y consecuencias.

Es importante analizar las situaciones de la vida detenidamente, pues son fundamentales para nuestro crecimiento personal y el desarrollo de nuestro carácter y buen juicio, especialmente cuando esas situaciones rompen con nuestros esquemas. En vez de preguntarnos el ¿porqué? de las cosas, debemos preguntarnos ¿para qué? esas cosas. Pero preferimos optar por lo más fácil, dejarnos llevar por la corriente y no hacernos pregunta alguna. Nadie quiere asumir posturas responsables, dicen: «prefiero evitar situaciones, eso es muy problemático…»; pero es honesto. No existe el sano juicio para el análisis de las cosas. Hoy día la honestidad es enemiga de la lealtad. Diferir del otro con respeto es sinónimo de enemistad. «Si no estás conmigo, estás contra mí.» Exigimos tolerancia y equidad cuando no somos capaces de ofrecerlas, ni tratamos a los demás como queremos que nos traten. No obstante, impera la falta de respeto y la burla.  Ante opiniones encontradas, en el mejor de los casos, guardamos silencio para evitar el drama o preferimos ser hipócritas y así congraciarnos con todo el mundo, y nos dejamos arrastrar por la corriente, apoyando cualquier cosa, aunque en realidad no estemos de acuerdo y no tengamos idea hacia dónde nos arrastrará tal corriente. 

Pero claro, resulta más fácil repetir lo que otro dijo, especialmente cuando nos exime de toda responsabilidad con Dios y con los demás, y nos abre las puertas para dar rienda suelta a nuestro instinto animal (irracional) y los más bajos deseos egocentristas, (hagamos todo lo que nos gusta y está prohibido) esto sin medir consecuencias.  Si se ha prohibido, es porque de alguna manera se ha probado que las consecuencias de eso que se ha prohibido son fatales, especialmente si la prohibición proviene de la Palabra de Dios, la Biblia. En la carta a los Romanos el apóstol Pablo plantea lo siguiente «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente.  Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, agradable y perfecta.» (Romanos 12:2).  Todo lo que Dios ha dado por mandato, lo dio por amor a nosotros, sabiendo que nosotros éramos capaces de hacernos daño a nosotros mismos si no teníamos reglas a seguir.  Pero todo aquel que no cree en Dios, y todo el que «cree» pero no le obedece, menosprecia Su amor.

De aquí nace el rechazo y el repudio a los cristianos, pues aunque el mundo no lo reconozca ni lo acepte, los que profesamos y creemos que Dios ha revelado en la Biblia como mandato y normas a seguir para que vivamos vidas plenas, ha sido la estructura que ha permitido que la humanidad trascienda en su existencia, pues de otra manera, ya nos hubiéramos auto-destruido.  Pero como todo lo que Dios ha dicho, hoy día representa «fanatismo, fundamentalismo religioso, violación de derechos civiles, crimen de odio, etc.» pues hay que erradicar el cristianismo. Sí, ahora quieren restringir nuestro derecho constitucional a la libertad de culto, criminalizar nuestra fe, prohibirnos la libertad de expresión, y perseguirnos hasta que decidamos abandonar nuestra fe.  Todo esto porque queremos obedecer el mandato de Dios, de predicar su evangelio a toda criatura, nos convertimos en obstáculo y barrera que detiene la práctica de todo lo que Dios ha prohibido, que resulta muy placentero a los caprichos individuales, pero que al fin y al cabo terminarán por destruir la humanidad. Pero no debe sorprendernos a los que estudiamos y conocemos las Sagradas Escrituras, pues en ellas encontramos que Jesús nos advirtió lo siguiente:

«Se levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá hambres y terremotos por todas partes. Todo esto será apenas el comienzo de los dolores. Entonces los entregarán a ustedes para que los persigan y los maten, y los odiarán todas las naciones por causa de mi nombre. En aquel tiempo muchos se apartarán de la fe; unos a otros se traicionarán y se odiarán; y surgirá un gran número de falsos profetas que engañarán a muchos. Habrá tanta maldad que el amor de muchos se enfriará, pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo. Y este evangelio del reino se predicará en todo el mundo como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin.» (Mateo 24:7-14). Todo se está cumpliendo al pie de la letra, el fin se acerca!
Además, para los cristianos, todas estas cosas deben ser motivo de alegría y gozo, y no de aflicción, pues anuncian que se acerca el cumplimiento de las promesas en las que tenemos puesta nuestra esperanza.  Jesucristo habló de todas estas cosas a sus discípulos diciendo: «Dichosos ustedes cuando los odien, cuando los discriminen, los insulten y los desprestigien por causa del Hijo del hombre. Alégrense en aquel día y salten de gozo pues miren que les espera una gran recompensa en el cielo.  Dense cuenta que los antepasados de esta gente trataron así a los profetas.» (Lucas 6:22-23).
Analicemos una frase que tomó mucha fuerza recientemente: «Love Wins». Ésta frase se hizo viral en las redes sociales en los días en que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, aprobó el matrimonio entre parejas del mismo sexo en nombre del amor.  Sin embargo, el matrimonio es una institución sagrada establecida por Dios entre el hombre y la mujer. Pero, aquellos que rechazan las correcciones y límites que impuso Dios por amor, quieren prostituir lo sagrado, legalizando una relación que Dios ha prohibido, imponiendo su supuesto «derecho/conveniencia». La realidad es que la definición que el mundo le ha dado al amor ha sido viciada y no tiene nada que ver con el verdadero amor. Por eso muchos no entienden el sacrificio que Jesucristo hizo al derramar su sangre por nosotros en la cruz, clavando nuestra maldad en ella y reconciliándonos al amor del Padre. Toda nuestra culpa le fue atribuida a Él. Ésta ha sido la manifestación más excelsa del amor de Dios por su máxima creación, la humanidad. Es el evento más trascendental ocurrido en toda la historia, al punto que hoy se divide en antes y después de Cristo.
Les invito a reflexionar en la verdadera definición del amor, que dice así: «El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.» (1 Corintios 13:4-7).
Habiendo leído esta definición; ¿Realmente podemos decir que amamos? Cuando TODOS hayamos entendido lo que es el verdadero amor y reine la paz y el respeto entre todas las esferas sociales, entonces podremos decir «Love Wins»…
Eduardo Figueroa Aponte

Un Llamado a Despertar…

biblencross. [downloaded with 1stBrowser]Somos muchos los que nos hemos desvivido luchando por alcanzar nuestras metas, sueños y anhelos del corazón, y así poder ocupar un lugar respetable ante la sociedad. ¿Y qué hay de malo en eso? Nada. Pero la verdadera pregunta es: ¿De qué sirve todo eso? La gran realidad es que si Dios no ocupa el primer lugar en nuestras vidas, todo lo que hagamos es en vano, según fue establecido en el el libro de los Salmos «Si el Señor no edifica la casa en vano trabajan los que la edifican.  Si el Señor no guarda la ciudad en vano vigila el guardia.  En vano se levantan de madrugada y van tarde a reposar comiendo el pan con dolor; porque a su amado dará Dios el sueño».  (Salmos 127:1-2).  

Muchos hemos alcanzado ya varias de esas metas, sueños y anhelos del corazón, a veces poniendo a Dios en el último lugar y la mayoría de las veces sin contar con Él. Cuando hemos alcanzado el objetivo, surgen otras dos preguntas: ¿Esto era todo? y ¿Ahora que? Ya logré todo lo que me propuse pero no me siento satisfecho ni completo. ¿Por qué? Porque el lugar que le pertenece a Dios en nuestros corazones, está vacío u ocupado por otras cosas que se han convertido en los dioses que dirigen nuestras vidas (la casa, el carro, los viajes, el trabajo, los estudios, los deportes, los títulos, el poder, la fama, el dinero, etc,). Todo esto es bueno y no hay nada malo en disfrutarlo, pero hemos invertido el orden de prioridades, poniendo a Dios por último y en muchos casos sacándolo de nuestras vidas, pues creemos que hemos hecho todo por nosotros mismos y no necesitamos a Dios.  Pero, la verdad es que Dios en su amor de Padre y misericordia a nosotros derrama su bendición, aunque no la merecemos, eso se llama (gracia).

El concepto de «SER ALGUIEN» que la humanidad nos ha querido empujar por ojo, boca y nariz, no tiene nada que ver con la identidad que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Su vida terrenal se resume en una sola palabra, AMOR, y su sacrificio nos ha otorgado el privilegio de ser considerados hijos y coherederos con Él. «Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria». (Romanos 8:17). Y el sufrimiento que enmarca este pasaje, tiene que ver con la advertencia que Jesús hizo, relatada en el evangelio de Mateo diciendo: «Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la encontrará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho». (Mateo 16:24-28). Quiere decir que los que viven y trabajan para Dios recibirán la recompensa que Él ha prometido, pero los que viven y trabajan para sí mismos, reciben como recompensa el fruto de lo que hacen con sus vidas y su trabajo.  En muchas ocasiones, aunque han logrado lo que se han propuesto, ese fruto acarrea sinsabores, dolores de cabeza y frustraciones, y según el pasaje, han perdido sus vidas (su salvación) porque terminan haciendo muchas cosas que no agradan a Dios y les alejan de Él, convirtiéndose en rebeldes al propósito para el cual han sido creados, vivir en Él, con Él y para Él).

Por naturaleza rechazamos vivir en ese amor que Jesús nos modeló y a cambio hemos elegido vivir en (el desamor, el odio, la amargura, la codicia, el dolor, el engaño, la tristeza, la avaricia, el egoísmo, la contienda, el amor al dinero que es idolatría, etc.), todo esto como resultado de vivir y trabajar por nuestros propios deseos, a los cuales le rendimos culto y adoración, y en los cuales desperdiciamos nuestras vidas. Si aceptáramos con humildad la identidad que Dios nos ofrece en Cristo, y decidimos dejar que Él ocupe el lugar que le corresponde, y sacamos todo lo que está ocupando su lugar en nuestro corazón, entonces todo lo que hagamos tendrá un verdadero sentido y propósito fundado en el amor de Dios.

Su palabra dice: “Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” Porque los paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas.» (Mateo 6:31-34). Cuando hacemos lo que dice su Palabra, se cumplen sus promesas en nuestras vidas, y nuestras metas, sueños y anhelos del corazón, se disuelven dentro de las metas, sueños y anhelos del corazón de Dios (su propósito) para nuestras vidas. Sólo así llegaremos a sentir una verdadera satisfacción y gozaremos de una auténtica identidad. A Él sea la gloria!

Eduardo Figueroa Aponte