
En los últimos días, hemos estado experimentando una tragedia tras otra. Hoy más que nunca podemos afirmar con certeza, que estamos comenzando a ver el principio de los dolores profetizado por nuestro Señor y Salvador Jesucristo cuando dijo: «Ustedes oirán de guerras y de rumores de guerras, pero procuren no alarmarse. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin. Se levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá hambres y terremotos por todas partes. Todo esto será principio de dolores.» (Mateo 24:6-8 NVI) El evangelio de Lucas añade: «Habrá grandes terremotos, hambre y epidemias por todas partes, cosas espantosas y grandes señales del cielo.» (Lucas 21:11 NVI). Más adelante dice: «Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas. En la tierra, las naciones estarán angustiadas y perplejas por el bramido y la agitación del mar. Se desmayarán de terror los hombres, temerosos por lo que va a sucederle al mundo, porque los cuerpos celestes serán sacudidos. Entonces verán al hijo del hombre venir en una nube con poder y gran gloria. Cuando comiencen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su redención.» (Lucas 21:25-28 NVI) Es cierto que, a través de la historia, muchos han relacionado estas profecías con otros eventos parecidos. Pero en nuestros días, hemos visto como todo esto ha comenzado a suceder a la vez. Y qué quiero decir con esto, que Cristo regresa pronto a buscar su Iglesia. Y tal como les advirtió a sus discípulos, nos advierte: «Tengan cuidado, no sea que se les endurezca el corazón por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida. De otra manera, aquel día caerá de improvisto sobre ustedes, pues vendrá como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Estén siempre vigilantes, y oren para que puedan escapar de todo lo que está por suceder, y presentarse delante del Hijo del hombre.» (Lucas 21:34-36 NVI)
Habiendo dicho esto, podemos comenzar a trabajar con el término (catarsis). Según el Diccionario de la Real Academia Española, es el «Efecto purificador y liberador que causa la tragedia en los espectadores suscitando la compasión, el horror y otras emociones; Purificación, liberación o transformación interior suscitada por una experiencia vital profunda, Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo.» Cuando experimentamos o presenciamos eventos trágicos, nuestra humanidad es sacudida. El dolor, la incertidumbre, la impotencia, la desesperación y la desesperanza, golpean fuertemente nuestras mentes y nuestros corazones, como parte de nuestra naturaleza humana. También es muy natural que la primera pregunta que aparezca en nuestras mentes sea ¿por qué? Pero, la pregunta que debemos hacernos los que hemos puesto nuestra esperanza en el Todopoderoso, es ¿para qué? Porque si creemos las expresiones del apóstol Pablo en su carta a los romanos, cuando dijo: «Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Romanos 8:28 NVI), entonces la pregunta debe ser, ¿cuál es el bien que Dios quiere hacernos?, cuando permite que entremos en las crisis/catarsis. Sé que para muchos resulta muy difícil entender esta realidad, pues siempre nos han querido vender que, al poner nuestra confianza en Dios, estaremos viviendo en el paraíso, pero lo cierto es que, para llegar al paraíso, primero hay que morir. La verdad es que Jesús nos dijo: «Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33 NVI) Y es que Él también dijo: «Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:20 NVI).
Así que, en medio de nuestras crisis, nuestro Señor ha prometido estar presente, pero con mucha frecuencia olvidamos acudir a Él para hallar su oportuno socorro en medio de nuestras catarsis. Si es difícil entender y manejar las crisis para los que esperamos en Dios, para aquellos que no le han entregado sus vidas al Señor, es insoportable. La vida me ha enseñado a mirar mis crisis con los espejuelos de la esperanza y la fe, que me permiten mirar el panorama objetivamente, y con expectación sobre lo que Dios quiere lograr en mí mientras entro en un periodo de catarsis. La mayoría del tiempo no sabremos cuál es el propósito de cada crisis, pero habiendo superado la etapa, siempre puedo dar gracias a Dios por haberme permitido experimentar la crisis, pues me ha mostrado que, en el proceso de catarsis, ha cumplido su propósito en mí, y me ha mostrado Su gloria. La crisis que está viviendo mi país Puerto Rico, tras el paso del huracán María, me ha pegado muy fuerte, pues amo a mi tierra con todo el corazón. Y es que la tragedia ocurrió justo después de trasladarme a la ciudad de Boston en los Estados Unidos, para comenzar mis estudios postgraduados. Cada vez que veo las noticias, fotos y videos en las redes sociales, que evidencian la desgarradora destrucción que ocasionó el huracán, me parten el alma de dolor y no puedo evitar el llanto. No puedo imaginar el dolor de los que lo perdieron todo, incluyendo sus seres queridos, al igual que nuestros hermanos de Méjico con los terremotos y otras ciudades en Estados Unidos. Lo que se vive en mi Isla es un caos que nunca imaginamos, una verdadera pesadilla, es como retroceder en el tiempo a los años 30. Pero, así como Puerto Rico logró superar la crisis de aquellos años, sin los recursos y la tecnología que hoy tenemos, lo volveremos a hacer. Ahora, quiero invitarles a reflexionar en la pregunta, ¿para qué Dios ha permitido que suframos esta crisis? Desde mi punto de vista, nos encontramos en medio de una catarsis nacional. Puede que eso suene extraño, pero quiero prestarte mis espejuelos de esperanza y fe.
Como país, hemos sido bendecidos en gran manera, pero esa bendición se nos subió a la cabeza, y se nos olvidó que todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios, y nos hemos creído autosuficientes. Nuestro gobierno se embriagó de poder y su arrogancia le ha llevado a pensar que Dios no es necesario y han querido marginarlo, popularizando la mal interpretada y célebre frase «debe haber total y absoluta división entre la Iglesia y el Estado. Pero resulta que nuestra Isla está marcada de manera profética como la Isla del Cordero (Jesucristo). Así que Dios tiene grandes propósitos con nuestro terruño. Por nuestras malas decisiones, decidimos sacar a Dios de nuestras vidas y Él ha respetado nuestra decisión, haciéndose a un lado. Hemos visto cómo todo nuestro esplendor se ha venido abajo, según han pasado los años. Los servicios básicos que ofrece el gobierno, han venido colapsando por falta de mantenimiento, actualización, y malversación de fondos. Llevamos años lidiando con el problema de nuestro estatus territorial, y con una crisis económica sin precedente, que ha hecho aumentar el desempleo, la criminalidad, la falta de recursos, etc. Finalmente, cuando pensábamos que nos encontrábamos en el peor momento de nuestra historia, llegó la verdadera crisis que nos ha provocado entrar en catarsis. Sí, ha llegado el momento en que, despojados de todo lo que pensamos que nos pertenecía y nos mantenía ocupados, entretenidos y alejados de Dios, ha sido quitado para que de una vez y por todas busquemos y clamemos a Aquél que puede brindarnos el oportuno socorro. Llegó la hora de despojarnos de nuestra arrogancia, la hora de comenzar a dirigir nuestras vidas hacia lo que verdaderamente importa, la hora de vivir y amar, la hora de dejar las apariencias, la hora de interesarnos y cuidarnos los unos a los otros, la hora de quitarnos los estigmas que nos han querido poner y que ocultan quiénes somos en realidad, la hora de buscar a Dios de todo corazón.
Dios quiere hacer cumplir su propósito en nosotros, y con mano poderosa, Él quiere mostrarnos su gloria. Por eso es importante que, en medio de nuestra catarsis, seamos sensibles a la voz de Dios como nos exhorta la Palabra «Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan el corazón como sucedió en la rebelión, en aquel día de prueba en el desierto.» (Hebreos 3:8 NVI) Si depositamos nuestra plena confianza en Él, disfrutaremos del cumplimiento de sus promesas, Jesús nos enseñó: » Así que no se preocupen diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿Qué beberemos? o ¿Con qué nos vestiremos? Los paganos andan tras todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas.» (Mateo 6:31-34 NVI) Esta catarsis nos ha llevado a convertirnos en el foco de las noticias internacionales, revelando la raíz de nuestro problema económico, causado por nuestro estatus relacional con los Estados Unidos. Dios ha querido que el mundo sepa quiénes somos en esencia y nos va a hacer justicia. Pero es necesario que nos humillemos ante Él, porque así hará brillar su gloria en nosotros y cumplirá su propósito.
Su Palabra nos confronta de la siguiente manera: «¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios. ¿O creen que la Escritura dice en vano que Dios ama celosamente al espíritu que hizo morar en nosotros? Pero él nos da mayor ayuda con su gracia. Por eso dice la Escritura: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes.» Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes. Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes los inconstantes, purifiquen su corazón! Reconozcan sus miserias, lloren y laméntense. Que su risa se convierta en llanto, y su alegría en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará.» (Santiago 4:4-10 NVI) No puedo evitar pensar en la Palabra profética que Dios puso en la boca del profeta Jeremías, cuando el pueblo de Judá fue llevado cautivo a Babilonia diciendo: «Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes -afirma el Señor-, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. Entonces ustedes me invocarán, y vendrán a suplicarme y yo los escucharé. Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón. Me dejaré encontrar -afirma el Señor-, y los haré volver del cautiverio.» (Jeremías 29:11-14 NVI) «¡Ánimo Puerto Rico, el Señor nos levantará!
Eduardo Figueroa Aponte

Somos muchos los que nos hacemos esta pregunta con frecuencia: ¿por qué los seres humanos tenemos que sufrir? La gran mayoría de nosotros miramos este proceso con recelo, porque implica momentos de dolor y angustia que rehusamos atravesar, porque se nos ha inculcado que los seres humanos vienen a este mundo para ser felices. Aunque la «felicidad» no es el fin último de nuestra existencia sobre la tierra, es uno de los beneficios más codiciados en la vida, y en su búsqueda, la humanidad se ha alejado de Dios y se ha vuelto tan egoísta, que cada cual busca la suya sin importar cuánto daño le hace a su semejante. Pero le guste o no a los seres humanos, el sufrimiento es un proceso ineludible que hay que aprobar en la escuela de la vida, que aporta grandes beneficios al desarrollo de nuestro carácter. Pero, ¿qué es el sufrimiento? Con mucha frecuencia, según nuestro contexto cultural, acostumbramos a asignar nuestros propios conceptos y definiciones a las palabras. Pero cuando entramos en el análisis profundo de un tema, estamos obligados a examinar con cuidado los conceptos que dirigen nuestros planteamientos. Por eso nos referimos al Diccionario de la Real Academia Española, que ofrece un sinnúmero de definiciones para el verbo (sufrir). De éstas hemos seleccionado las que se ajustan a nuestros planteamientos, y subrayamos las que entendemos que deben prevalecer en nuestro entendimiento del verbo (sufrir), y dice que es [Sentir físicamente un daño, un dolor, una enfermedad o un castigo; sentir un daño moral; recibir con resignación un daño moral o físico;
Son muchos los que asistiendo a iglesias cristianas y aun sin asistir a ellas se autodenominan cristianos, sólo porque creen en Dios y en su Hijo nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Y no es que esto esté mal, pero no está bien del todo, pues la ecuación no es tan sencilla como decir (1+1=2). Ser cristiano implica mucho más que eso. Y es que con frecuencia podemos escuchar a muchos decir: «Yo creo en Dios pero no soy fanático…». Precisamente ése es el problema, que no se trata de ser fanático o no, se trata de que si crees en Dios, Él espera que le obedezcas, y así demuestras que verdaderamente le amas. Jesús dijo: «Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos.» (Juan 14:15). La carta a los hebreos expone esa obediencia a sus mandamientos en la relación que hay entre los padres y los hijos diciendo: «Hijo mío, no tomes a la ligera la disciplina del Señor ni te desanimes cuando te reprenda, porque el Señor disciplina a los que ama, y azota a todo el que recibe como hijo. Lo que soportan es para su disciplina, pues Dios los está tratando como a hijos. ¿Qué hijo hay a quien el padre no disciplina? Si a ustedes se les deja sin la disciplina que todos reciben, entonces son bastardos y no hijos legítimos.» (Hebreos 12:5-8). Con frecuencia encontramos a muchos «cristianos» pretendiendo vivir una doble vida, la secular y la cristiana. El verdadero cristiano está llamado a vivir una sola vida, una que glorifique el Nombre del Señor en todo, como testimonio de que le ha permitido a Dios reinar en su mente y su corazón para ser transformado a semejanza de Jesús.
Nos ha tocado vivir en la era más activa del terrorismo, en todo el sentido de la palabra. ¿Y qué es terrorismo? El diccionario de la Real Academia Española lo define como: «Dominación por terror; Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror; Actuación criminal de bandas organizadas, que reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretenden crear alarma social con fines políticos.» Así que según esta definición, el terrorismo no es solamente un acto violento perpetrado por individuos para provocar terror (método expeditivo de represión revolucionaria o contrarrevolucionaria) y la pérdida de vidas inocentes con fines «religiosos»; sino que todo aquel que pretende dominar, aterrorizar y alarmar a la sociedad de forma organizada e indiscriminada es un terrorista. Por lo tanto, según esta definición, podríamos clasificar a los gobiernos, las más grandes empresas y a muchos de los medios de comunicación como las bandas organizadas más sobresalientes entre los terroristas más influyentes de este tiempo porque a pesar de que no se caracterizan por fines religiosos «ni provocan la pérdida de vidas inocentes con violencia física, (aunque en algunos caso sí)», quieren dominar, aterrorizar y alarmar a la sociedad de forma indiscriminada y sensacionalista, sembrando incertidumbre y temor para tener control de ella. Pero, ¿qué dice la Biblia acerca del temor? En la primera carta de Juan encontramos lo siguiente: «…Dios es amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. Ese amor se manifiesta plenamente entre nosotros para que en el día del juicio comparezcamos con toda confianza, porque en este mundo hemos vivido como vivió Jesús. En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero.» (1 Juan 4:16-19). Así que los que hemos sido perfeccionados en el amor de Dios y vivimos esforzándonos por imitar la vida de Jesús, no debemos vivir en temor y no esperamos castigo, pues su sangre nos limpia de todo pecado, nos ha dado salvación y vendrá a buscarnos para que reinemos con Él en las moradas celestiales para siempre. Ésta es Su promesa, y es nuestra esperanza. En esa misma carta de Juan más adelante dice: «En esto consiste el amor de Dios; en que obedezcamos sus mandamientos. Y éstos no son difíciles de cumplir, porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el hijo de Dios?» (1 Juan 5:3-5). Por eso somos más que vencedores y no hay por qué vivir con temor por mucho que soplen los vientos del terror, pues debemos vivir confiando en las promesas de Dios, que son nuestra esperanza.
La vida y la muerte son dos verdades absolutas, de las que por siglos los seres humanos hemos filosofado hasta el cansancio. Sin embargo, nadie ha podido descifrar de forma absoluta, los procesos esenciales que envuelven estas dos verdades. Sólo sabemos lo que vemos y experimentamos. Nadie sabe con certeza en qué momento exacto entra el aliento de vida en la gestación de los seres humanos, ni cuándo se apartará ese aliento de nuestro cuerpo para que se concrete nuestra muerte. No obstante, hace dos mil años, nació Uno que dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida, le contestó Jesús. Nadie llega al Padre sino por mí.» (Juan 14:6). La vida es un regalo de Dios y la muerte es la consecuencia del pecado. En su carta a los romanos, el apóstol Pablo les dijo: «Cuando ustedes eran esclavos del pecado, estaban libres del dominio de la justicia. ¿Qué fruto cosechaban entonces? ¡Cosas que ahora los avergüenzan y que conducen a la muerte! Pero ahora que han sido liberados del pecado y se han puesto al servicio de Dios, cosechan la santidad que conduce a la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor.» (Romanos 6:20-23). Así que fuimos creados para vivir en la eternidad en comunión con Dios, pero por nuestra rebelión (pecado), fuimos destituidos de su gloria. Así también lo establece la carta a los romanos diciendo: «Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron. Antes de promulgarse la ley, ya existía el pecado en el mundo. Es cierto que el pecado no se toma en cuenta cuando no hay ley; sin embargo, desde Adán hasta Moisés la muerte reinó, incluso sobre los que no pecaron quebrantando un mandato, como lo hizo Adán, quien es figura de aquel que había de venir. Pero la transgresión de Adán no puede compararse con la gracia de Dios. Pues si por la transgresión de un solo hombre murieron todos, ¡cuánto más el don que vino por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, abundó para todos! Tampoco se puede comparar la dádiva de Dios con las consecuencias del pecado de Adán. El juicio que lleva a la condenación fue resultado de un solo pecado, pero la dádiva que lleva a la justificación tiene que ver con una multitud de transgresiones. Pues si por la transgresión de un solo hombre reinó la muerte, con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo.» (Romanos 5:12-17).
«El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.» (1 Juan 4:8). Este versículo bíblico explica la médula de todos nuestros problemas sociales. Muchos profesan amar a los suyos, así que creen en el amor y viven tratando de cultivarlo y disfrutarlo aunque el amor es algo que no se puede ver. Sin embargo, como no ven a Dios, no creen en Él, no lo profesan, ni tratan de cultivar su relación con Él, por lo tanto tampoco pueden disfrutarla, aunque Dios es el origen mismo del amor. Pero como todo en nuestras vidas, buscamos apropiarnos y practicar lo que nos conviene y nos gusta. Así que las cosas que no nos gustan, aunque nos convienen, las rechazamos. Nos pasa con nuestros padres. Nos encanta que nos amen, nos mimen y nos provean todo lo que nos gusta y necesitamos; pero detestamos que nos corrijan y nos pongan límites, aunque esos límites sean impuestos para protegernos porque nos aman. Así mismo nos pasa con Dios. Nuestro Creador y Padre celestial nos impuso límites que nunca debimos pasar, pues Él, que todo lo sabe, quiso protegernos de todos los males que hoy nos aquejan. Pero queremos disfrutar su amor, recibiendo todo lo que Él nos da y le pedimos, pero no queremos saber de sus correcciones y límites, que son producto de su amor por nosotros.
Es evidente que tras el paso de los años, la buena convivencia, los principios, valores y costumbres que permitieron el buen funcionamiento de las sociedades, han ido sucumbiendo. Esto ante las emergentes políticas de convivencia de la postmodernidad, que como epidemias infecciosas y virales, van intoxicando las sociedades del mundo, que hoy convulsa y comienza a dar síntomas de mortandad. Lo más trágico de todo, es que estas epidemias producen un efecto embriagante que inhibe los sentidos y la razón de los más sabios, al punto de convertirlos en necios, aún dentro de la Iglesia. Son como ríos irrefrenables que al acumular las incesantes lluvias, se llevan todo lo que encuentran a su paso con la fuerza de sus corrientes. De esto nos advirtió el apóstol Pablo diciendo: «Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio según las normas de esta época, hágase ignorante para así llegar a ser sabio. Porque a los ojos de Dios la sabiduría de este mundo es locura. Como está escrito: «Él atrapa a los sabios en su propia astucia»; y también dice: «El Señor conoce los pensamientos de los sabios y sabe que son absurdos.»». (1 Corintios 3:18-20).
Si no le damos la oportunidad a Dios de manifestarse en nuestras vidas por fe, jamás podremos experimentar las grandes cosas que Él ha dispuesto para los que en Él creen y le aman. Pero creer no es suficiente. Dios demanda de nosotros tomar una decisión. ¿Que cuál es? Reconocer y confesar (expresar, declarar) que Jesús es nuestro Señor y Salvador y entregarle nuestra vida en ofrenda y gratitud por su sacrificio en la cruz por nosotros. Tenemos que renunciar a nuestro YO, nuestra VOLUNTAD, nuestro LIBRE ALBEDRÍO y someternos al PLAN perfecto que Él diseñó para aquellos que le DEMUESTRAN su amor. La Biblia dice: