Catarsis… ¡Un imperativo de la tragedia!

En los últimos días, hemos estado experimentando una tragedia tras otra.  Hoy más que nunca podemos afirmar con certeza, que estamos comenzando a ver el principio de los dolores profetizado por nuestro Señor y Salvador Jesucristo cuando dijo:  «Ustedes oirán de guerras y de rumores de guerras, pero procuren no alarmarse. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin. Se levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá hambres y terremotos por todas partes.  Todo esto será principio de dolores.» (Mateo 24:6-8 NVI) El evangelio de Lucas añade:  «Habrá grandes terremotos, hambre y epidemias por todas partes, cosas espantosas y grandes señales del cielo.» (Lucas 21:11 NVI).  Más adelante dice:  «Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas. En la tierra, las naciones estarán angustiadas y perplejas por el bramido y la agitación del mar. Se desmayarán de terror los hombres, temerosos por lo que va a sucederle al mundo, porque los cuerpos celestes serán sacudidos. Entonces verán al hijo del hombre venir en una nube con poder y gran gloria. Cuando comiencen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su redención.» (Lucas 21:25-28 NVI) Es cierto que, a través de la historia, muchos han relacionado estas profecías con otros eventos parecidos.  Pero en nuestros días, hemos visto como todo esto ha comenzado a suceder a la vez.  Y qué quiero decir con esto, que Cristo regresa pronto a buscar su Iglesia.  Y tal como les advirtió a sus discípulos, nos advierte:  «Tengan cuidado, no sea que se les endurezca el corazón por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida. De otra manera, aquel día caerá de improvisto sobre ustedes, pues vendrá como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Estén siempre vigilantes, y oren para que puedan escapar de todo lo que está por suceder, y presentarse delante del Hijo del hombre.»  (Lucas 21:34-36 NVI)

Habiendo dicho esto, podemos comenzar a trabajar con el término (catarsis).  Según el Diccionario de la Real Academia Española, es el «Efecto purificador y liberador que causa la tragedia en los espectadores suscitando la compasión, el horror y otras emociones; Purificación, liberación o transformación interior suscitada por una experiencia vital profunda, Expulsión espontánea o provocada de sustancias nocivas al organismo.»  Cuando experimentamos o presenciamos eventos trágicos, nuestra humanidad es sacudida.  El dolor, la incertidumbre, la impotencia, la desesperación y la desesperanza, golpean fuertemente nuestras mentes y nuestros corazones, como parte de nuestra naturaleza humana.  También es muy natural que la primera pregunta que aparezca en nuestras mentes sea ¿por qué?  Pero, la pregunta que debemos hacernos los que hemos puesto nuestra esperanza en el Todopoderoso, es ¿para qué?  Porque si creemos las expresiones del apóstol Pablo en su carta a los romanos, cuando dijo:  «Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito» (Romanos 8:28 NVI), entonces la pregunta debe ser, ¿cuál es el bien que Dios quiere hacernos?, cuando permite que entremos en las crisis/catarsis.  Sé que para muchos resulta muy difícil entender esta realidad, pues siempre nos han querido vender que, al poner nuestra confianza en Dios, estaremos viviendo en el paraíso, pero lo cierto es que, para llegar al paraíso, primero hay que morir.  La verdad es que Jesús nos dijo:  «Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! yo he vencido al mundo.» (Juan 16:33 NVI) Y es que Él también dijo:  «Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mateo 28:20 NVI).

Así que, en medio de nuestras crisis, nuestro Señor ha prometido estar presente, pero con mucha frecuencia olvidamos acudir a Él para hallar su oportuno socorro en medio de nuestras catarsis.  Si es difícil entender y manejar las crisis para los que esperamos en Dios, para aquellos que no le han entregado sus vidas al Señor, es insoportable.  La vida me ha enseñado a mirar mis crisis con los espejuelos de la esperanza y la fe, que me permiten mirar el panorama objetivamente, y con expectación sobre lo que Dios quiere lograr en mí mientras entro en un periodo de catarsis.  La mayoría del tiempo no sabremos cuál es el propósito de cada crisis, pero habiendo superado la etapa, siempre puedo dar gracias a Dios por haberme permitido experimentar la crisis, pues me ha mostrado que, en el proceso de catarsis, ha cumplido su propósito en mí, y me ha mostrado Su gloria.  La crisis que está viviendo mi país Puerto Rico, tras el paso del huracán María, me ha pegado muy fuerte, pues amo a mi tierra con todo el corazón.  Y es que la tragedia ocurrió justo después de trasladarme a la ciudad de Boston en los Estados Unidos, para comenzar mis estudios postgraduados.  Cada vez que veo las noticias, fotos y videos en las redes sociales, que evidencian la desgarradora destrucción que ocasionó el huracán, me parten el alma de dolor y no puedo evitar el llanto.  No puedo imaginar el dolor de los que lo perdieron todo, incluyendo sus seres queridos, al igual que nuestros hermanos de Méjico con los terremotos y otras ciudades en Estados Unidos.  Lo que se vive en mi Isla es un caos que nunca imaginamos, una verdadera pesadilla, es como retroceder en el tiempo a los años 30. Pero, así como Puerto Rico logró superar la crisis de aquellos años, sin los recursos y la tecnología que hoy tenemos, lo volveremos a hacer.  Ahora, quiero invitarles a reflexionar en la pregunta, ¿para qué Dios ha permitido que suframos esta crisis?  Desde mi punto de vista, nos encontramos en medio de una catarsis nacional.  Puede que eso suene extraño, pero quiero prestarte mis espejuelos de esperanza y fe.

Como país, hemos sido bendecidos en gran manera, pero esa bendición se nos subió a la cabeza, y se nos olvidó que todo lo que somos y tenemos se lo debemos a Dios, y nos hemos creído autosuficientes.  Nuestro gobierno se embriagó de poder y su arrogancia le ha llevado a pensar que Dios no es necesario y han querido marginarlo, popularizando la mal interpretada y célebre frase «debe haber total y absoluta división entre la Iglesia y el Estado.  Pero resulta que nuestra Isla está marcada de manera profética como la Isla del Cordero (Jesucristo).  Así que Dios tiene grandes propósitos con nuestro terruño.  Por nuestras malas decisiones, decidimos sacar a Dios de nuestras vidas y Él ha respetado nuestra decisión, haciéndose a un lado.  Hemos visto cómo todo nuestro esplendor se ha venido abajo, según han pasado los años.  Los servicios básicos que ofrece el gobierno, han venido colapsando por falta de mantenimiento, actualización, y malversación de fondos.  Llevamos años lidiando con el problema de nuestro estatus territorial, y con una crisis económica sin precedente, que ha hecho aumentar el desempleo, la criminalidad, la falta de recursos, etc.  Finalmente, cuando pensábamos que nos encontrábamos en el peor momento de nuestra historia, llegó la verdadera crisis que nos ha provocado entrar en catarsis.  Sí, ha llegado el momento en que, despojados de todo lo que pensamos que nos pertenecía y nos mantenía ocupados, entretenidos y alejados de Dios, ha sido quitado para que de una vez y por todas busquemos y clamemos a Aquél que puede brindarnos el oportuno socorro.  Llegó la hora de despojarnos de nuestra arrogancia, la hora de comenzar a dirigir nuestras vidas hacia lo que verdaderamente importa, la hora de vivir y amar, la hora de dejar las apariencias, la hora de interesarnos y cuidarnos los unos a los otros, la hora de quitarnos los estigmas que nos han querido poner y que ocultan quiénes somos en realidad, la hora de buscar a Dios de todo corazón.

Dios quiere hacer cumplir su propósito en nosotros, y con mano poderosa, Él quiere mostrarnos su gloria.  Por eso es importante que, en medio de nuestra catarsis, seamos sensibles a la voz de Dios como nos exhorta la Palabra «Si ustedes oyen hoy su voz, no endurezcan el corazón como sucedió en la rebelión, en aquel día de prueba en el desierto.» (Hebreos 3:8 NVI) Si depositamos nuestra plena confianza en Él, disfrutaremos del cumplimiento de sus promesas, Jesús nos enseñó: » Así que no se preocupen diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿Qué beberemos? o ¿Con qué nos vestiremos?  Los paganos andan tras todas estas cosas, pero el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.  Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas.» (Mateo 6:31-34 NVI) Esta catarsis nos ha llevado a convertirnos en el foco de las noticias internacionales, revelando la raíz de nuestro problema económico, causado por nuestro estatus relacional con los Estados Unidos.  Dios ha querido que el mundo sepa quiénes somos en esencia y nos va a hacer justicia.  Pero es necesario que nos humillemos ante Él, porque así hará brillar su gloria en nosotros y cumplirá su propósito.

Su Palabra nos confronta de la siguiente manera:  «¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios. ¿O creen que la Escritura dice en vano que Dios ama celosamente al espíritu que hizo morar en nosotros?  Pero él nos da mayor ayuda con su gracia. Por eso dice la Escritura: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes.» Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes.  Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes los inconstantes, purifiquen su corazón! Reconozcan sus miserias, lloren y laméntense. Que su risa se convierta en llanto, y su alegría en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará.» (Santiago 4:4-10 NVI) No puedo evitar pensar en la Palabra profética que Dios puso en la boca del profeta Jeremías, cuando el pueblo de Judá fue llevado cautivo a Babilonia diciendo:  «Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes -afirma el Señor-, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.  Entonces ustedes me invocarán, y vendrán a suplicarme y yo los escucharé.  Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón.  Me dejaré encontrar -afirma el Señor-, y los haré volver del cautiverio.» (Jeremías 29:11-14 NVI) «¡Ánimo Puerto Rico, el Señor nos levantará!

Eduardo Figueroa Aponte

 

Un encuentro con… El Resucitado

Hoy celebramos uno de nuestros postulados de fe más poderosos, la victoria de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sobre la muerte. La resurrección de Jesús garantiza el cumplimiento de sus promesas y es la raíz de nuestra esperanza. Por eso Pablo dijo que somos más que vencedores en (Romanos 8:37 NVI), y añadió que “ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.” Este es un postulado que solemos recitar hasta de memoria, pero, ¿realmente vivimos con la convicción y la certeza en nuestro corazón de estas palabras? Tal vez no. 

Aquellos que entienden bien la implicación de ser más que vencedores en Cristo Jesús, no viven preocupados o atemorizados por las sazones de los tiempos, porque confían plenamente en las promesas del Señor, y no en sus propias fuerzas ni en la obra de sus propias manos. Son capaces de derrotar todo temor y no se cohíben de hacer aquello para lo que han sido llamados, esto aparte de “La gran comisión”, porque saben que la gracia de Dios hará que su poder se perfeccione en sus debilidades (2 Corintios 1:9 NVI). Mientras reflexionaba en todo esto, el Espíritu me llevó a observar los acontecimientos que trascendieron la Resurrección.

En (Juan 21:15), el Resucitado se le apareció por tercera vez a sus discípulos. Allí el apóstol Pedro fue confrontado con una pregunta, justo antes de ser llamado al ministerio: ¿Me amas? La pregunta reiterada de Jesús y las respuestas de Pedro, fueron el escenario que el Resucitado utilizó para cualificar la verdadera demostración de nuestro amor a Dios, la obediencia a su voluntad. Así quedó registrado en (1 Juan 5:3-4 NVI) donde dice: “En esto consiste el amor a Dios: en que obedezcamos sus mandamientos. Y estos no son difíciles de cumplir,  porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.”

Por eso, cuando vencemos al mundo, a semejanza de Jesús, demostramos nuestro amor a Dios, porque hemos obedecido y damos testimonio de nuestra fe. Pedro dejó sus redes allí para seguir a Jesús, aceptando su llamado a ser pescador de hombres y a apacentar a sus corderos y ovejas, sabiendo que ese llamado le costaría la vida. Pero así demostró que su amor a Dios era verdadero. ¿Estamos conscientes de que demostrar nuestro amor por Jesús en este tiempo nos puede costar hasta la vida? A Pedro le costó la suya, y debemos estar dispuestos a que nos cueste la nuestra.

No obstante, el Resucitado nos está invitando a que ofrendemos nuestra vida en sacrificio vivo, como quedó registrado en el evangelio de Mateo al decir: “Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz (sacrificio) y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; (vivir la vida como nos gusta y nos conviene es un desperdicio) pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará (vivir conforme a la voluntad “agradable y perfecta” de Dios es nuestro ensayo para entrar a la vida eterna).  ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida?” (Mateo 16:24).

Se pierde la vida cuando no buscamos vivirla conforme al propósito de Dios. Debemos estar dispuestos a abandonarlo todo para que Él haga su voluntad en nosotros y se cumplan sus propósitos; sabiendo que ya somos más que vencedores y seremos resucitados y transformados a semejanza del Señor, que es nuestra esperanza. En su carta a los Efesios, Pablo dijo: “Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios, sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos. Por tanto, no sean insensatos sino entiendan cuál es la voluntad del Señor.” (Efesios 5:15:-17).

Todos hemos recibido al menos un don (regalo de Dios, no nuestro) (1 Corintios 7:7 NVI), y es nuestra responsabilidad descubrirlo y cultivarlo, y que su fruto redunde en la edificación de la iglesia y para la gloria de Dios. Sin embargo, algunos dones están implicados en llamados de Dios que cuestan, y Dios se encarga de que sus portadores así lo entiendan. Por eso, muchos tienden a relegar sus llamados, y a ocultar sus dones, despreciando el depósito que Dios puso en ellos, huyendo de las dificultades y el sufrimiento que estos pueden causar, aunque este sufrimiento sea la herramienta más poderosa de Dios para perfeccionarnos. Eso fue lo que afirmó el autor de Hebreos al decir: “Aunque era hijo, mediante el sufrimiento aprendió a obedecer; y consumada su perfección llegó a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen…” (Hebreos 5:8-9 NVI).

Así que encontrarnos con el Resucitado y decidir seguirle tiene sus implicaciones. Nos costará renunciar a nuestra voluntad, costará obediencia para hacer lo que Dios nos ha dicho, aunque los demás no lo entiendan y recibamos rechazos y hasta penalidades; eso también costará soledad; costará esperar con paciencia sabiendo que Dios obra para bien y hará como Él quiere, no necesariamente como esperamos, porque sus propósitos son más altos que los nuestros; y muchas cosas más que sólo llegan a aceptarse, entenderse y superarse cuando caminamos en fe, sabiendo que veremos su gloria. “¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios? (Juan 11:40 NVI).

Unámonos a los motivos de oración que el apóstol Pablo presentó por los colosenses, pero en primera persona plural: “Pidamos que Dios nos haga conocer plenamente su voluntad con toda sabiduría y comprensión espiritual, para que vivamos de manera digna del Señor, agradándole en todo. Esto implica dar fruto en toda buena obra, crecer en el conocimiento de Dios y ser fortalecidos en todo sentido con su glorioso poder. Así perseveraremos con paciencia en toda situación, dando gracias con alegría al Padre.” (Colosenses 1:9-12).

  • Oremos para que el Espíritu Santo imprima sobre toda su Iglesia la convicción y la certeza de que ya somos más que vencedores por Cristo en el amor de Dios. Que su perfecto amor eche fuera todo temor provocado por las dificultades de estos tiempos, para que podamos gozarnos sirviendo a los propósitos de Dios.
  • Oremos para que podamos descubrir todos los dones que Dios ha depositado en nosotros, y que su Espíritu nos llene de unción, confianza y denuedo para usarlos en la edificación de la Iglesia, mientras somos transformados en el poder de Dios, que se perfecciona en nuestras debilidades, y que Dios reciba toda la gloria.
  • Oremos por corazones humillados y capaces de renunciar a voluntades, aspiraciones, sueños y anhelos, para aceptar con humildad los llamados de Dios, para hacer su voluntad y demostrarle nuestro amor cueste lo que cueste.
  • Oremos para que Dios transforme nuestra percepción del sufrimiento, y aprendamos a disfrutar los procesos que Él usa para perfeccionarnos.
  • Oremos por aquellos que han aceptado sus llamados y han renunciado a todo en obediencia al Señor, los misioneros. Que el favor de Dios sobre abunde sobre todos ellos en sabiduría y discernimiento, para que sean efectivos en medio de la crisis humanitaria que azota a tantos países en este tiempo. Que todos los que sufren y sobreviven la crisis puedan ser alcanzados por el consuelo, la esperanza y la paz del evangelio de Jesús. Que todo cristiano pueda brillar como luz del mundo y sazonar como sal de la tierra. Que Dios abra puertas, y provea los recursos necesarios para que el evangelio sea proclamado en todo el mundo.
  • Oremos para que Dios nos haga sensibles la necesidad (espiritual, material, física, etc.), no sólo de personas ajenas a nuestro entorno, sino comenzando por nuestras familias y nuestra comunidad de fe. Que podamos ser compasivos y empáticos en sus necesidades, y ayudarles conforme a nuestros recursos.
  • Oremos por comunión, que podamos compartir como una gran familia, que Dios deshaga todo espíritu de segregación, y compartamos en el verdadero amor de Cristo. Que seamos inclusivos con todos los que Dios añada a su Iglesia día a día, y desarrollen sentido de pertenencia como parte de la gran familia de la fe, para que crezcan y se desarrollen al máximo y produzcan frutos de justicia para agradar a Dios.

Eduardo Figueroa Aponte

Si Dios te ha elegido, no huyas…

si-dios-te-ha-elegido-no-huyasEn la historia de Dios, los profetas siempre han jugado un papel protagónico. Y es que por medio de ellos, se propuso revelar a su pueblo los acontecimientos que han de tener lugar en el futuro inmediato, cercano o lejano. Estas revelaciones pueden ser motivadas por varias razones: la apostasía y un llamado al arrepentimiento; anuncio de condenación a los enemigos de Dios; el anuncio del cumplimiento de lo que Él había advertido que acontecerá a los desobedientes; y el cumplimiento de las bendiciones que han de manifestarse por causa de sus promesas. Sin embargo, el ministerio de los profetas del Antiguo Testamento nunca fue tarea fácil.  El contexto histórico bajo el cual se desarrollaron estos ministerios, era uno lleno de peligros, especialmente por el riesgo de perder la vida, mientras se estaba cumpliendo con un mandato (voluntad) de Dios. Para esto, había que tener agallas, y sobre todo amar a Dios de todo corazón, que implica (obediencia). No obstante, aunque realmente amemos a Dios de todo corazón y seamos obedientes, nuestra humanidad nos traiciona y terminamos en desobediencia, especialmente cuando tenemos miedo, o porque lo que Dios quiere que hagamos no se parece a lo que realmente quisiéramos hacer.

Tal fue el caso del profeta Jonás, a quien Dios escogió para llevar su mensaje de condenación, contra la maldad del rey de Asiria, quien había levantado su voz con blasfemia y vituperio contra Jehová y se atrevió a tomar las ciudades fortificadas de Judá. Jonás no vio con buenos ojos esta encomienda, pues sabía que mensaje podía provocar el arrepentimiento de los habitantes de Nínive y que Dios los perdonara.  Y es que el más grande deseo de Jonás era que ellos fueran destruidos a causa de su maldad. Las motivaciones de Jonás estaban enraizadas en el legalismo religioso que caracterizaba a los judíos, que no les permitía entender el amor y la misericordia de Dios para con todos (sus adversarios), cuando ellos mismos en muchas ocasiones fueron perdonados por su rebeldía y maldad. Por eso tampoco entendieron que la misericordia de Dios se hizo manifiesta y extensiva al mundo, en la salvación consumada por Jesucristo, tras su sacrificio en la cruz del Calvario. Además de darle la oportunidad a los habitantes de Nínive de arrepentirse, Dios estaba confrontando al profeta con su talón de Aquiles.

El libro del profeta Jonás, no es otra cosa que la manifestación de la misericordia de Dios. Comienza ordenando al profeta que pregone la condenación que vendría sobre los habitantes de Nínive por su maldad, pero debemos entender que, cuando Dios anuncia condenación por medio de los profetas, siempre está ofreciendo una oportunidad para el arrepentimiento. Es por eso que Jonás decidió desobedecer el mandato, puesto que conociendo el “modus operandi” de Dios, prefirió no ser partícipe de la benevolencia de Jehová con los ninivitas, y decidió “huir” de su presencia. Bien debió saber Jonás que no hay forma de huir de la presencia de Dios, pero al parecer, su sed de venganza y su coraje contra los ninivitas era tal, que antes de ser canal de bendición, prefería la muerte y tal vez por eso decidió desobedecer. Y como Dios respeta nuestras decisiones, le dio espacio para que lidiara con su rabieta y se enfrentara las consecuencias de ella.

Según vemos en Jonás, el rencor es un sentimiento que alimenta la soberbia, disminuye nuestro discernimiento espiritual y nos aleja de la voluntad de Dios. A su vez, esto nos lleva a tomar decisiones motivadas por razones incorrectas que acarrean consecuencias nefastas. Entonces, al igual que el profeta, cuando nos encontramos en un callejón sin salida y presos de nuestras rebeliones, decidimos clamar a Dios e implorar por su misericordia, la misma que no queremos ejercitar con nuestros semejantes. Sin embargo, en medio de nuestro merecido infortunio, Dios atiende nuestro clamor y se apresta a salvarnos y liberarnos, como resultado de su gran amor. Sólo así aprendemos la obediencia a la voluntad de Dios, y terminamos haciendo aquello que Él nos ha encomendado. No obstante, aun cuando hemos decidido someternos a su voluntad, al igual que Jonás, muchas veces terminamos contendiendo con Dios porque hace lo que quiere, y no lo que nosotros queremos. Pero es que no acabamos de entender que los designios de Dios son perfectos y que Él obrará conforme a su propósito y para su gloria. Por eso, como Jonás, somos insertados por Dios en un escenario que nos confrontará una vez más con nuestro talón de Aquiles, para que trabajemos con él y no sea obstáculo al propósito de Dios.  Después de todo, ser elegido por Dios para que ejecutemos sus planes, es un privilegio, y sólo puede acarrear bendición.

A groso modo, hemos analizado la historia que comprende el libro de Jonás. Pero dedicaré las siguientes líneas al estudio detallado de los diez versículos que comprenden el capítulo tres. Es en este capítulo, donde luego de haber sido vomitado por el gran pez que Dios preparó para Jonás, éste decidió ir a proclamar el mensaje que Dios le dio, mediante el cual los ninivitas se arrepintieron y Dios se retractó de hacerles el mal que había dicho que les haría, porque los perdonó. Para estos efectos, estaremos utilizando la versión Reina Valera (RVR60) de la Biblia.

Los primeros dos versículos dicen así: “1 Vino palabra de Jehová por segunda vez a Jonás, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré”. Esta es la segunda ocasión que Jonás recibe el mandato, puesto que la primera vez él decidió desobedecer y “huir” de la presencia de Jehová. Es curioso que el relato no da detalles del mensaje que Jonás debía proclamar y da a entender que en el momento preciso, Dios iba a darle a conocer su mensaje. Podríamos inferir que Dios sabía que si Jonás llegaba a conocer el mensaje desde ese momento, podía prejuiciarse y arrepentirse de llevar acabo la voluntad de Dios. Y es que según Walton, Matthews y Chavalas (2004), “el viaje desde Jope (donde creemos que el pez dejó a Jonás) hasta Nínive era de unos 935 km. Por lo general, las caravanas viajaban entre 35 y 40 km por día para completar el viaje en aproximadamente un mes” (Walton, 2004, p. 888). Como humanos, somos muy propensos a repetir nuestros errores, pues el deseo de nuestra carne siempre estará contra el espíritu y viceversa, para que no hagamos lo que queremos, según Gálatas 5:17. Jamieson, Fausset y Brown (2003), Dios no le dio el mensaje en esta ocasión, porque “esto es para mostrar cuán libremente se da a sí mismo, en el espíritu de la obediencia incondicional, para hablar todo lo que a Dios plazca” (Jamieson, Fausset, & Brown, 2003, pp. 1,032). El caso es que esta vez, Jonás decidió obedecer.

Continúa el versículo tres diciendo: “Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová. Y era Nínive ciudad grande en extremo, de tres días de camino”. Algunos afirman, que “Jonás predicó en Nínive a la fuerza” (La Casa de la Biblia, 1997, p. 344). Sin embargo, su oración o cántico de gratitud a Dios, desde el vientre del gran pez por su salvación, infiere un cambio de actitud por su arrepentimiento. Los tres días de camino que le tomaría a Jonás recorrer la ciudad con su mensaje, debió incluir todos los lugares públicos de la ciudad, gran parte de las doce zonas de puertas y las zonas del templo, en las mejores horas para hacer anuncios importantes (Walton, 2004, p. 888). Es interesante el planteamiento suspicaz de Schokel (1980), al expresar que “surge un paralelismo: los tres días o jornadas de recorrido a pie con los tres días en el monstruo. ¿Tiene la ciudad algo de monstruosa, capaz de devorar al profeta?, ¿O sólo parece el ser grande (el adjetivo favorito del libro)? (Schokel & Sicre Díaz, 1980, p. 65). Y es que a Nínive se le ha conocido como una ciudad espeluznante, principalmente por sus crueldad y opresión.

Sigue el relato en el versículo 4 al decir: “Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida.” Vale la pena hacer un paréntesis aquí para contrastar el versículo anterior, que afirma que se necesitaban tres días para recorrer Nínive, a diferencia de éste, que establece que Jonás predicó camino de un día. Y es que según Wenham, Motyer, Carson y France (2003), en Nínive “se necesitaban tres días para que un forastero hiciera una visita apropiada”, ésta visita incluiría cierta burocracia aplicada a embajadores y visitantes reales, que en el caso de Jonás se gestionó sólo la parte del primer día del programa como embajador, pues los profetas representaban a un dios, y disfrutaban de cierta inmunidad diplomática (Wenham, Motyer, Carson, & France, 2003, pp. 1,831).

Así que según lo antes expresado, debemos entender que los tres días mencionados implicaban los procesos burocráticos de las visitas oficiales, y no que la ciudad tuviera tal extensión territorial que tomara tres días de camino. Pero en cuanto al mensaje que pregonó Jonás, es curioso que en el relato no se registre el momento en que Dios le reveló tal mensaje al profeta. Pero no es menos curioso que el cumplimiento de su profecía debía tener lugar en cuarenta días. Según Henry (1999) “Cuarenta días es mucho tiempo para que el justo Dios demore juicios, pero es poco para que un pueblo impío se arrepienta y se reforme (Henry, 1999, p. 710).

Pero hace mucho sentido la interpretación de Schokel al decir que “La última palabra del mensaje, “arrasada” o destruida, despierta un eco conocido en el término con que los profetas se refieren a Sodoma y Gomorra, y los recuerdos inducen al sentido de catástrofe, mientras Jonás resulta un poco como Abrahán; ¿Habrá escapatoria? ¿Habrá cincuenta justos?…” (Schokel & Sicre Díaz, 1980, p. 66). Así que bien pudiera ser ésta la razón por la cual los ninivitas creyeron a Dios y se arrepintieron, como vemos en el versículo cinco que dice: “Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos”. Ciertamente debieron estar consientes de lo que afirma Schokel, además de la experiencia que vivieron cuando acamparon en contra del rey Ezequías en Jerusalén, en la que fueron heridos de muerte miles de soldados asirios por el ángel de Jehová, por lo que el restante de ellos se volvieron a Nínive junto a su rey Senaquerib. También se dice que los asirios habían experimentado circunstancias terribles que pudieron haber influido en su arrepentimiento, a saber: “la invasión por un enemigo, un eclipse total de sol; hambruna y una epidemia; y una inundación grave” (Wenham, Motyer, Carson, & France, 2003, pp. 1,832). Así que según esto debían estar algo sensibles y a la vez temerosos de volver a sufrir, o más bien desaparecer.

Así que tal amenaza proveniente del Dios de Israel debió sacudir al rey de Nínive, para provocar lo que quedó registrado en el los versículos del seis al ocho, que dice: “Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. E hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?”. Es interesante la reacción del rey al recibir la noticia, pues estaba muy consciente de la maldad y la violencia que dominaban su ciudad, y aunque el mensaje nunca denunció cosa alguna por el cual vendría la destrucción, ciertamente debían estar conscientes de su injusta manera de vivir.

Seguramente, era la primera vez que un Dios, les enviaba una sentencia de muerte y decidieron humillarse delante de Él, auscultando la posibilidad de apaciguar la ira del Dios de Israel. Y la mejor forma de hacerlo, era la que conocían como parte de las costumbres de los pueblos de la época. Por lo tanto, esto representa un verdadero acto de arrepentimiento y acto de fe, pues decidieron abandonar sus malas prácticas y apartarse de sus malos caminos, sometiendo hasta a los animales a la humillación, aun cuando no tenían base o fundamento alguno que les motivara a esto (Jamieson, Fausset, & Brown, 2003, pp. 1,033). Seguramente esta experiencia servía de enseñanza, como sugiere Young (1977), cuando dice que “la misión de Jonás sirve para hacerles ver a los Israelitas el hecho de que la salvación de Jehová no era exclusiva para una nación. Israel era el siervo que había de llevar el conocimiento de Jehová al mundo” (Young, 1997, p. 282).

Por eso encontramos en el versículo diez un revés a los deseos de Jonás, al registrar que los ninivitas son perdonados por Dios cuando dice: “10 Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo”. Éste fue el desenlace que tanto temió Jonás que fuera el resultado de su predicación, pues el esperaba que Nínive fuera condenada. Pero aquí se hace realidad el planteamiento del salmista cuando dijo: “al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17). Y es que como dice Drane (2004), el mensaje sería un correctivo del exclusivismo de muchos judíos, que al igual que Jonás, estaban dispuestos a distanciarse con tal de no compartir su fe con otros, prefiriendo la destrucción de los no judíos antes que el arrepentimiento que le proporcionara la bendición divina (Drane, 2004, p. 205).

Pese a la respuesta de los ninivitas, no debe tomarse por hecho que ellos hayan cambiado sus dioses. Esto afirman Walton, Matthews y Cavalas, al decir que “los ninivitas no se deshicieron de sus ídolos, ni mostraron gran inclinación a reemplazar a sus dioses por el Yahvé de Israel. Reconocer el poder de un determinado dios no era igual a aceptarlo como su dios único y exclusivo” (Walton, 2004, p. 889). Pero Jamieson, Fausset y Bronw afirman que “el que Dios salvara a Nínive, con las primeras señales de su arrepentimiento, alienta al penitente tímido, y enseña de antemano que la sentencia de Israel, efectuada poco después ha de atribuirse, no a la falta de voluntad para perdonar de parte de Dios, sino a la propia obstinada impenitencia de ellos”. (Jamieson, Fausset, & Brown, 2003, p. 1034). Schokel concuerda con ellos pero añade un argumento interesante al decir que Dios puede cambiar si el hombre cambia, lo que se dice de Israel vale también para los paganos (Schokel & Sicre Díaz, 1980, p. 361). Ciertamente el perdón de Dios para los ninivitas envuelve una enseñanza formidable de la misericordia de Dios, ratificada en el capítulo final, en el que Dios le recrimina a Jonás su actitud.

Ya hemos considerado cada uno de los versículos del capítulo tres del libro de Jonás. Recapitulando en los hallazgos de nuestra investigación:

  • Vimos que Jonás, habiendo experimentado una situación traumática que casi le cuesta la vida, entiende que no es posible huir de Dios, y arrepentido, en esta ocasión prefiere ser obediente a su voluntad. Y esto, sin haber recibido el mensaje que debía llevar, pues Dios se lo haría saber en algún momento.
  • A Jonás le esperaba un largo camino, y debía estar dispuesto a obedecer, cualquiera que fuera el mensaje. De haberlo conocido de antemano, tal vez corría el riesgo de prejuiciarse y volver a tomar una decisión equivocada, guiada por sus sentimientos y no conforme al propósito de Dios.
  • Se considera que existe cierto paralelismo entre la descripción de la ciudad y los tres días de camino, con su anterior experiencia en el vientre del gran pez.
  • En cuanto al mensaje, resalta la intencionalidad del plazo de cuarenta días para el cumplimiento de la profecía, que a todas luces grita la misericordia de Dios en la oportunidad para arrepentirse.
  • La pronta respuesta de los ninivitas es relacionada con el resultado de la afrenta sufrida por el ejército asirio cuando se levantó con arrogancia ante Judá, además de varias experiencias traumáticas que como ciudad habían vivido.
  • La penitencia de ayuno de hombres y animales, y el vestirse de cilicio y ceniza, revela la forma en que se humillaban los pueblos antiguos, buscando el favor de sus dioses. En este caso, ante la amenaza del Dios de Israel, esperaban tener una oportunidad dentro del plazo establecido.
  • Dios los perdonó y no fueron destruidos, lo que sirve de moraleja al pueblo de Dios, que creían tener un Dios exclusivo que sólo los debía salvar a ellos, pero el deber de ellos como pueblo era dar a conocer al Dios que salva a las naciones.

El mensaje del capítulo tres del libro de Jonás, nos confronta con nuestra naturaleza humana, que tiende a rehusarse a la voluntad de Dios, porque con regularidad no se parece a lo que nosotros queremos o esperamos. La realidad es que cuando esa naturaleza nos domina, estamos teniendo serios problemas en nuestra relación con Dios. La mayoría de las veces que esto pasa, es que no hemos decidido negarnos a nosotros mismos, postrando todo lo que somos y lo que tenemos a los pies de la cruz, para que Él nos dirija, trace nuestro camino y haga cumplir su propósito en nosotros. Por eso, Dios permite que nos rodeen las tempestades en las que decidimos navegar, porque la furia de ellas nos recuerdan que sin Él nada somos, y que en Él hay plenitud de gozo y delicias a su diestra para siempre.

Muchas veces nos sentamos a esperar que Dios nos de todos los detalles de lo que será nuestro caminar en Él, cuando la mayoría del tiempo no nos conviene saberlo. Sin saber los detalles somos expertos poniéndole trabas a Dios en el plan que a diseñado para nosotros, imagínense si llegamos a saberlo todo… Lo ideal es renunciar al yo, y ponernos en las manos de Dios para que nos use como Él quiera. No son pocas las veces que Dios nos envía a lugares a los que no queremos ir, o a personas con las que no quisiéramos tratar. Pero lo hace para que derrotemos los límites que con frecuencia ponemos en nuestras mentes y corazones, que son piedras de tropiezo en la transformación que Él quiere hacer en nosotros y en el plan de trabajo donde nos quiere insertar. Nada puede hacer a los hombres más felices que vivir en el centro de la voluntad de Dios. Pero esto implica el abandonar nuestros viejos prejuicios y estar dispuestos a trabajar con las nuevas herramientas que Dios quiere poner a nuestra disposición. Él quiere depositar el vino nuevo en odres nuevos. Fuimos llamados para ser instrumentos y servir al plan de Dios, no a servirnos conforme al nuestro. Dios está buscando adoradores que le adoren en espíritu y en verdad, aquellos que no sean piedras de tropiezo y sí instrumentos de bendición.

Eduardo Figueroa Aponte

Referencias

Drane, J. (2004). Introducción al Antiguo Testamento. Barcelona, España:           Editorial Clie.

Henry, M. (1999). Comentario Bíblico de Matthew Henry . Terrassa, Barcelona: Editorial CLIE.

Jamieson, R., Fausset, A. R., & Brown, D. (2003). Comentario Exegético Explicativo de la Biblia Tomo I: El Antiguo Testamento. El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones.

La Casa de la Biblia. (1997). Comentario al Antiguo Testamento II. Navarra, España: Editorial La Casa de la Biblia.

Schokel, A., & Sicre Díaz, J. L. (1980). Profetas II; Ezequiel * Doce Profetas Menores * Daniel * Baruc * Carta de Jeremías. Madrid, España: Ediciones Cristiandad.

Walton, M. C. (2004). Comentario del Contexto Cultural de la Biblia Antiguo Testamento. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Wenham, Motyer, Carson, & France. (2003). Nuevo Comentario Bíblico Siglo Veintiuno. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

Young, E. J. (1997). Una Introducción al Antiguo Testamento. Grand Rapids, Michigan: Editorial Wm B. Eerdmans Publishing Co.

 

¡Victoria! En Medio del Caos que nos Asedia…

bible-clip-art-234545. [downloaded with 1stBrowser]Es evidente que tras el paso de los años, la buena convivencia, los principios, valores y costumbres que permitieron el buen funcionamiento de las sociedades, han ido sucumbiendo. Esto ante las emergentes políticas de convivencia de la postmodernidad, que como epidemias infecciosas y virales, van intoxicando las sociedades del mundo, que hoy convulsa y comienza a dar síntomas de mortandad. Lo más trágico de todo, es que estas epidemias producen un efecto embriagante que inhibe los sentidos y la razón de los más sabios, al punto de convertirlos en necios, aún dentro de la Iglesia.  Son como ríos irrefrenables que al acumular las incesantes lluvias, se llevan todo lo que encuentran a su paso con la fuerza de sus corrientes. De esto nos advirtió el apóstol Pablo diciendo: «Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio según las normas de esta época, hágase ignorante para así llegar a ser sabio. Porque a los ojos de Dios la sabiduría de este mundo es locura. Como está escrito: «Él atrapa a los sabios en su propia astucia»; y también dice: «El Señor conoce los pensamientos de los sabios y sabe que son absurdos.»». (1 Corintios 3:18-20). 

Pero como dice el libro de Proverbios: «El ingenuo cree todo lo que le dicen; el prudente se fija por dónde va. El sabio teme al Señor y se aparta del mal, pero el necio es arrogante y se pasa de confiado». (Proverbios 14:15-16). Ciertamente entre muchos gobernantes y poderosos ya no hay temor de Dios, y procuran que sus súbditos tampoco teman a Dios, para poder manipularlos en el cumplimiento de sus agendas personales. Por eso, encontramos que en todos aquellos que se rebelan contra Dios, se cumple lo que también dijo el apóstol Pablo en la carta a los Romanos: «A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles. Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la impureza sexual, de modo que degradaron sus cuerpos los unos con los otros. Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Amén. Por tanto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas. En efecto, las mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que van contra la naturaleza. Así mismo los hombres dejaron las relaciones naturales con la mujer y se encendieron en pasiones lujuriosas los unos con los otros. Hombres con hombres cometieron actos indecentes, y en sí mismos recibieron el castigo que merecía su perversión. Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no sólo siguen practicándolas sino que incluso aprueban a quienes las practican». (Romanos 1: 21-32)

Sí, esta es la razón por la cual estamos viviendo un CAOS como sociedad alrededor del mundo. Por eso hoy tenemos que lidiar con razonamientos oscurecidos que surgen de la rebeldía contra Dios, como la «perspectiva de género» y las «orientaciones sexuales». Es el afán desmedido de querer cambiarlo todo según los antojos y caprichos de algunos sin medir las consecuencias y los daños que puedan causar esos cambios al resto de la humanidad. Sí, tal es el caso de las farmacéuticas que lanzan productos al mercado que, sin conocer sus efectos a largo plazo, matan a la gente lentamente, al igual que la industria agrícola con sus alimentos genéticamente modificados. Pero como es más importante suplir las necesidades del gobierno y las industrias, que mercadean con la salud y el dolor del pueblo, qué importa. Así también hacen con todo lo que proponen como leyes en estos días, todas sirven a los grandes intereses del capitalismo desmedido. Unos pocos se hacen más ricos y poderosos mientras disfrutan de los manjares del placer y la opulencia, mientras el resto se hace cada vez más pobre, con una pésima calidad de vida, en la que el acceso a los servicios para suplir sus necesidades básicas son cada vez menos accesibles. Es una agenda a la cual los pueblos se anexan inevitablemente sin entender que están siendo manipulados y explotados con un solo propósito, perpetuar el poder de los poderosos.
Mejor no lo pudo haber precisado Juan Valera, cuando dijo:
«La postmodernidad nos ha venido legando el derrumbe de todos los sistemas filosóficos, políticos, morales y religiosos que han servido de baluarte durante la época moderna, (desde el Renacimiento del siglo XVI, hasta la década de los ochenta en el siglo XX). Ha producido la pérdida de horizontes y referentes en todos los órdenes de la vida. La desorientación en cuanto a todo, favorece un vacío existencial, que a su vez y por reacción provoca cuatro características principales de la sociedad postmoderna: hedonismo (el placer por el placer), individualismo (yo me basto), narcisismo (yo soy el centro del mundo) y relativismo (todo vale, no hay verdades absolutas). En el ámbito religioso se produce una extraña simbiosis, por un lado la secularización lo impregna todo, pero a la vez la sociedad postmoderna carente de ilusiones y esperanza, necesita nuevos ídolos e ideologías que no tengan nada que ver con las religiones y creencias tradicionales. De esta manera y paradójicamente, a la secularización tradicional, le precede por un lado, la sacralización de eventos socioculturales, y por otro el auge de movimientos filosófico religiosos de raíz oriental. La apatía social y la negación de las creencias tradicionales y del cristianismo histórico, deja un hueco que revela su importancia, pero que exige nuevas formas de culto. De esta manera nacen las modernas religiones de la música, el culto al cuerpo o el deporte. El Doctor Antonio Cruz, hablando de la música rock, dice: «Se caracteriza por el elevado grado de ritualismo que se origina en sus conciertos. En algunos momentos de estas actuaciones, el ceremonial, buscado y deseado tanto por los músicos como por los espectadores, llega a ser casi religioso… Los conciertos de rock son los cultos grupales de la postmodernidad en los que se sacralizan las propias relaciones sociales.»».

Pero, ¿qué nos dice la Palabra de Dios? «El temor del Señor es el principio del conocimiento: Los necios desprecian la sabiduría y la disciplina». (Proverbios 1:7). «El principio de la sabiduría es el temor del Señor; buen juicio demuestran quienes cumplen sus preceptos…». (Salmos 111:10). Así que como cristianos, debemos resistir el torrente provocado por las fuertes lluvias y mantenernos nadando en contra de esa corriente, y avanzando por los caminos más angostos y difíciles. Porque aunque a nadie le gusta avanzar a través de ellos, son los más seguros y nos garantizan que nuestro esfuerzo valdrá la pena, cuando hayamos llegado a la menta y disfrutemos de la dulce victoria que permanecerá para siempre, nuestra salvación. Así lo planteó Jesús en el relato del evangelio de Mateo diciendo: «Entren por la puerta estrecha. Porque es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la destrucción y muchos entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida y son pocos los que la encuentran». (Mateo 7:13-14).  En su carta a los Romanos, el apóstol Pablo también nos exhorta «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su  mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta». (Romanos 12:2). También el apóstol Pedro nos advierte «Por eso dispónganse para actuar con inteligencia; tengan dominio propio; pongan su esperanza completamente en la gracia que se les dará cuando se revele Jesucristo. Como hijos obedientes, no se amolden a los malos deseos que tenían antes, cuando vivían en la ignorancia.  Más bien, sean ustedes santos en todo lo que hagan, como también es santo quien los llamó; pues está escrito: «Sean santos, por que yo soy Santo»».  (1 Pedro 13-16). Por lo tanto, si vivimos centrados en la voluntad de Dios, podremos avanzar en medio del caos que nos asedia, disfrutando el paisaje y confiados en que Dios nos guiará y nos ayudará a llegar hasta la menta. Somos el cuerpo de Cristo y Él es la cabeza, por eso dijo a sus discípulos «Yo les he dicho estas cosas para en en mí hallen paz.  En el mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo». (Juan 16:33).

Eduardo Figueroa Aponte